dimarts, 12 de maig de 2020

ONCE DE MAYO, DESESCALADA

Fase 1, día 1º. En Xàtiva tuvimos la dicha ayer de comenzar un tiempo nuevo, después de un largo período de reclusión domiciliaria. Gracias a Dios, con el esfuerzo de todos, hemos podido gozar de esta modesta libertad de poder movernos, encorsetados todavía, pero fuera de las cuatro paredes en las que hemos vivido confinados desde el 12 de Marzo. Durante este tiempo hemos podido rezar, leer o entretenernos viendo televisión; hemos salido al balcón para aplaudir a sanitarios y miembros de la seguridad del estado; hemos podido participar virtualmente en la eucaristía, gracias a la 8 Mediterráneo, a 13TV todos los días, o en la 2 de TVE, los domingos. Pero no podíamos comulgar si no era espiritualmente. Verdaderamente, sentíamos ya necesidad de poder acercarnos presencialmente a la iglesia y ver restablecida la gracia de recibir a Jesús. Ayer, día 11 de Mayo, dos meses después de la clausura, en los distritos beneficiados por la normativa estatal, entre ellos Xàtiva, abrieron las puertas los templos bajo estricta vigilancia y con sensibles limitaciones en el aforo. Asistí a la misa de las ocho de la tarde en San Francisco, donde celebró el Sr. Abad, D. José Canet. Les confieso que tenía verdadero deseo de participar en la eucaristía y lo hice en compañía de unas cincuenta personas (no las conté, pero si en este templo estaba autorizada la asistencia de sesenta fieles, no creo equivocarme por mucho siendo así que tan sólo había tres o cuatro bancos de la entrada vacíos.
De una parte, pues, alegría de reemprender la mini-normalidad vía espiritual; de otra sorpresa con tinte de decepción y sensación de soledad. Allí éramos, ya digo, medio centenar de personas; pero es que el Sr. Abad nos informó de que en la Colegiata, por la mañana a las 10, eran veinticinco. Yo, iluso de mí, pensaba que este primer día iba a quedarse en la calle alguna gente deseosa de visitar el Santísimo y recibirlo; de rezarle a María y presentarle sus penas o clamar por nuestra salud y la de toda España. Pero, ya ven, tal vez sabedores de los estrictos límites impuestos o aún con el miedo al contagio en el cuerpo, lo cierto es que se cerraron las puertas al comenzar la celebración como está mandado, pero nadie se quedó fuera. En la misa no hubo homilía; la comunión la dio una de las señoras investidas como ministro del sacramento, porque el celebrante no podía hacerlo dada su edad. Terminamos con el Regina Coeli, a media voz por causa del embozo obligatorio, aunque con el corazón encogido por aquel doble sentimiento: la alegría de haber recibido palabra y pan de vida; tristeza por el encorsetamiento restrictivo y el ambiente temeroso ante el rigor del aislamiento en la bancada por la señalización impermeabilizadora de cualquier contacto e incluso por la señalización en el suelo indicando la separación exigible en la deambulación.
Y no puedo pasar por alto la decepcionante impresión que me causó, tanto antes como después de la misa, observar cómo en los establecimientos hosteleros abiertos en la alameda, se contravenían todas las normas vigentes al respecto de la ocupación de las terrazas. Ahí no hubo miedo de contagios, la clientela se sentó codo con codo, como cualquier día normal de la vieja normalidad. Sin embargo, en la Colegiara por la mañana, hubo inspección; por la tarde no la hubo en San Francisco, pero el rigor fue absoluto. En los bares, ahí, la policía ni apareció. Y la gente, a sus anchas, con su irresponsabilidad a cuestas, con una tremenda laxitud en la observancia de las franjas horarias todavía en vigor y con total desprecio del uso de la mascarilla, siendo así, como estamos cansados de oír que son el distanciamiento y la mascarilla los medios más eficaces para evitar rebrotes. Es lo que hay. Rogaremos a Jesús Nazareno y a nuestra Madre de la Seo por la cordura y por la salud. Gracias por vuestra atención. Miguel Mira.

dimecres, 15 d’abril de 2020

EMAÚS

Miércoles de la Octava de Pascua.
La liturgia de hoy nos regala un pasaje del Evangelio de Lucas, que siempre me ha emocionado: el de los discípulos de Emaús. El asombro de aquellos hombres que pensaban de Jesús les iba a quitar de encima el yugo de los opresores romanos e instaurar el nuevo Reino; es decir, de aquellos sencillos pescadores, hombres de pueblo que fueron seducidos por las palabras del Maestro, pero que no habían entendido nada; que desertaron en el Huerto de los Olivos, que se juntaban en una casa con las puertas cerradas porque tenían miedo, al amparo, eso sí, de María, la Madre, que nunca les dejó. Aquellos que no reaccionaron hasta la sacudida impactante del Espíritu Santo Paráclito… Y estos dos que se volvían a casa decepcionados contándose las cuitas de los últimos días, y, sin duda, pensando qué iban a hacer a partir de entonces, porque lo delas mujeres, eso que se decía sobre la resurrección ¡Cómo iban a creérselo! Una mujer, ya ves, cuando su palabra en aquella sociedad hebrea no tenía más valor que el rebuzno de un asno… Y, como acostumbra, Jesús sale al encuentro…, y no le reconocen… Pero, sin embargo, les ardía el corazón cuando les explicaba las escrituras y les hacía ver su torpeza, su “necedad” (si tomamos al pie de la letra lo que dice Lucas). Tal remoción estaba sufriendo su espíritu que me imagino cómo fue su reacción cuando aquellos dos pensaban que aquel hombre que les hablaba con tanto cariño e interés pasaba de largo… ¡No, ni hablar…! ¡Quédate con nosotros, que anochece! No querían para ellos la noche; querían la luz que aquel transeúnte emanaba sobre sus embotadas conciencias. Señor, queremos creer, paro ¿cómo puede ser lo que nos cuentan? No creo que pintor alguno pueda plasmar en un cuadro las caras de Cleofás y del otro discípulo cuando el caminante tomó pan, lo bendijo y se lo dio… El asombro fue indescriptible. Le conocieron al partir el pan… Y salieron corriendo a anunciar al resto del grupo que era verdad, Cristo había resucitado.
Pienso cuántas veces Cristo camina a nuestro lado y no nos enteraos de la película. Pienso en su cercanía que ciertamente algunas veces echamos en falta pero no alanzamos a saber por qué. Pienso, no obstante, que más de una vez le hemos dicho: quédate conmigo, que anochece, que lo veo todo negro, que no veo la salida a mi problema, como si alguna vez Él nos hubiera dejado tirados… Me pregunto si cuando nos damos cuenta de su presencia ante el pan que parte ante nuestros ojos somos capaces de salir corriendo para hacer saber urbi et orbi que ¡¡Cristo ha resucitado!! Y veo que muchas veces, permanecemos en el sepulcro y no pasamos del Viernes Santo. Y le pido a aquel caminante de Emaús que no se canse, que siga en mi compañía, que siga explicándome las profecías, que no deje que anochezca en mi interior, que siga dándome de ese pan único y partido a fin de que jamás se borre su imagen de mi alma; y que sea capaz de transmitir siempre a los demás que Cristo está con nosotros, que permanecerá hasta el final de los tiempos; pero si Él cuanta con nosotros, nosotros debemos contar con Él. Saludos, M. Mira

dilluns, 13 d’abril de 2020

EN LA OCTAVA DE PASCUA
Pasó ya de largo el silencio de Cristo en el Sábado de Gloria; todavía resuena el grito unánime ¡¡GLORIA!! del Domingo de Resurrección y entramos en la octava, cuando ya llevamos un mes de confinamiento forzoso propter nostra salutem… Estos días pasados también en silencio propiciaron reflexiones íntimas, propósitos, esperanzas y, en suma, acción de gracias porque somos objeto de la tutela de Cristo, con la cobertura del manto de Nuestra Señora, por la asistencia en la distancia de nuestros hijos, ángeles de la guarda por delegación…, con el soporte del Ángel cuya sombra sentimos proyectada largamente en nuestra casa. Pero hoy, lunes de la octava de Pascua, en la confianza de ese ¡¡Alegraos!! De Jesús a las Santas Mujeres en la mañana del domingo y con la esperanza de continuar recibiendo tanto beneficio, he pensado sentarme de nuevo a escribir unas líneas a las que trasladar algunas impresiones personales más que crónicas de actos a título informativo. Así, debo confesar la impresión que me causó el Vía Crucis del Viernes Santo en la Plaza de San Pedro. La enorme explanada desértica, con una iluminación indirecta desde el suelo y la imprescindible para situar al Santo Padre y el sacerdote que le ayudaba. Un breve cortejo de seis u ocho personas que se turnaban llevando una cruz desnuda y recorriendo el itinerario que marcaba las catorce estaciones. Era inevitable penetrar en aquella soledad, asumir el relato fragmentado en los catorce pasos y sentir como un escalofrío interior cuando las meditaciones que se leyeron eran manifestaciones de reclusos desde su internamiento o de personas que prestaban su servicio en la cárcel. Allí también se llega a conocer a Cristo en circunstancias tan distintas a nuestra vida en libertad, aunque hoy lo sea “vigilada” por esta situación sanitaria. El Papa Francisco es muy dado a estas experiencias. Nos sacude con fuerza para que despertemos de nuestro letargo, a la vez que nos mueve a participar cabe la gente desfavorecida, marginada, en nuestras periferias. No sé si he definido bien cómo sobre un escenario aparentemente desértico, se anegó de Dios a manos llenas… Y me vi pequeño e insignificante, a la vez que agradecido por el regalo de aquellos testimonios inesperados y sorprendentes. Otra cosa que me satisfizo y me produjo una notable sensación de paz fue la sobriedad en las celebraciones desde la capilla vaticana de la Cátedra de San Pedro, en el ábside de la basílica. La inmensidad del templo vacío, pudo transmitir sensación de frialdad mientras las cámaras recorrían los espacios espectaculares del recinto. Sin embargo, legados al punto elegido por Su Santidad para la liturgia, desaparecía cualquier sensación de incómoda soledad. Y ello a pesar de que a Francisco le bastó en cada uno de los actos que se transmitían desde allí un diácono (de voz tan espléndida como espesa era su barba), el sacerdote que le auxiliaba según la ocasión, los lectores, el turiferario, y la presencia de un pequeño grupo de ocho o diez personas (dos por banco, un solo cardenal entre ellos), sin duda residentes en el Vaticano, “petrinos!” en el argot local, aparte de ocho cantantes (¡y qué cantantes!) con su director. Una insignificancia si los situamos en aquel espacio tan inmenso. Y no solo eso. Ni un error, ni un paso mal dado, ni un gesto que se saliera de tono. Sobriedad, cercanía, sencillez y el Papa, como siempre, claro, diáfano en sus homilías, fijando los puntos de reflexión, casi siempre en tres ideas precisas y desarrolladas en no más de diez minutos. En ninguna de las ocasiones que puse la tele y sintonicé aquellas celebraciones (Ramos, Cena del Señor, Oficios del Viernes y Vigilia Pascual) sentí necesidad de mirar el reloj ni me preocupó el tiempo que durasen los santos oficios. Me daba igual, porque no desaproveché ni un solo segundo.
Les confieso que esa intimidad fue para mí esencial, un regalo que me introdujo en la Pascua del Señor, dándome ánimo para seguir el camino a recorrer este año sea lo que fuere lo que nos depare la pandemia. Eso sí, pidiendo a Dios que nos libre cuanto antes de bicho tan impertinente. Saludos cordiales, M. Mira

dijous, 9 d’abril de 2020

JUEVES SANTO







            El Jueves Santo, para todos los católicos, es un día de devoción y sentimiento irrenunciable por todo cuanto representa: Eucaristía, Sacerdocio, Traición, Humillaciones…, pero también lección de humildad en el lavatorio, de conformidad con la voluntad del Padre, de donación absoluta, de amor infinito. En fin, de una intensa meditación ante tan sublime misterio.
            Pero, además, para los Hermanos Portadores y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, es día de arraigo en la expresión externa de nuestra fe, que intentamos de todo corazón que lo sea con sinceridad consecuente, cuando salimos a la calle con nuestra imagen titular, ante la atenta mirada de Jesús, estés donde estés,
cargado con la pesada cruz de nuestras faltas grandes o pequeñas…
            Y esa plástica representación  se contempla en la Segunda Estación del Vía Crucis.
            Por ello, me ha parecido apropiado copiar aquí el poema de Gerardo Diego que se corresponde con esa Estación, por dar virtual vida a nuestra Procesión de Penitencia, secularmente celebrada cada Jueves Santo en nuestra Ciudad.



Jerusalén arde en fiestas. 
Qué tremenda diversión 
ver al justo de Sión 
cargar con la cruz a cuestas. 
Sus espaldas curva, prestas 
a tan sobrehumano exceso, 
y, olvidándose del peso 
que sobre su hombro gravita, 
con caridad infinita 
imprime en la cruz un beso. 

Tú el suplicio y yo el regalo. 
Yo la gloria y Tú la afrenta 
abrazado a la violenta 
carga de una cruz de palo. 
Y así, sin un intervalo, 
sin una pausa siquiera, 
tal vivo mi vida entera 
que por mí te has alistado 
voluntario abanderado 
de esa maciza bandera. 




Con todo afecto, Miguel Mira




dimecres, 8 d’abril de 2020

OCHO DE ABRIL




            Retrospectiva en el Martes Santo de 2020

            Vaya por delante una particular consideración respecto a las sagradas imágenes de Nuestra Señora de la Esperanza y el Santísimo Cristo de la Buena Muerte.
            Ocasionalmente, en algún momento concreto, suelo oir Misa en la iglesia de La Merced y Santa Tecla. Tengo costumbre de entrar por la puerta derecha y volverme hacia el paso de Cristo, para mí también como un “stábat mater”, y decirle: Señor aquí estoy. Al terminar el culto, procuro salir por la puerta contraria para rezarle un Ave María a Nuestra Señora de la Esperanza, ya sola, sepultado que fue su divino Hijo.
            Pues bien, no me resultan ajenos los hechos y la historia de tan apreciados pasos y recuerdo algunos que ante este confinamiento restrictivo me trasladan a los años setenta del pasado siglo y me apetece explicarles.
            Como ustedes saben, desde el fallecimiento de D. Gregorio Molina Ribera y a consecuencia de la situación crítica de la Papelera de San Jorge, durante unos años dejaron de procesionar las imágenes que con su mecenazgo se incorporaron a la Semana Santa de Xàtiva. Nuestra Señora de la Esperanza y el Santísimo Cristo de la Buena Muerte quedaron depositados en la fábrica y nuestro Martes y Viernes Santo privados de la veneración de tan emblemáticos pasos.
            Coincidiendo con la reforma parcial del sistema de presidencia fija de la Hermandad de Cofradías, acordada en  12 de Marzo de 1.979, comenzó el turno por antigüedad, correspondiendo la presidencia efectiva de la Hermandad a la Congregación del Santísimo Ecce Homo, en  la persona del recordado D. José Luís Calatayud Bas, que tomó posesión el día 7 de Mayo siguiente.
            Ya en ese momento, además del deseo de relanzar la Hermandad por encima de la endémica inercia  reinante, había inquietud por recuperar la imágenes “de Don Gregorio” a fin de reincorporarlas a la Semana Santa. El Sr. Calatayud y también D. José Balaguer, presiente del Santo Sepulcro, mantuvieron algún contacto con los herederos de aquél, y tengo constancia de una reunión de la Junta Rectora de fecha 13 de Junio de 1.979, en la que actué como secretario en ausencia del titular, de haber comparecido en representación de la Cofradía de Jesús de la  Buena Muerte, D. Augusto Ballester Medina y, literalmente, en el acta se dice:
            “D. Augusto Ballester dijo a los concurrentes que por parte de la familia Molina-Albero, propietaria de las imágenes, no había inconveniente alguno en cederlas a la Iglesia y especialmente a la Parroquia de la Merced, a la que desde que D. Gregorio Molina fundara la Cofradía, asistían para los cultos de la Semana Santa y desde la que se procesionaban el martes y el viernes Santos. Estimaba, no obstante, que el hacerse cargo de dichas imágenes no se halla exento de dificultades por el tamaño de las carrozas, por estar en muy deficiente situación los motores , porque todos los ornamentos que llevan consigo ocupan mucho lugar y porque sacar en procesión dichas imágenes cuesta mucho dinero.”
            A la vista de esta buena disposición, se acordó ponerlo en conocimiento del párroco y recabar su consentimiento y se designaron dos representantes que actuaran como testigos en el acta de cesión, si llegara el caso.
            No tengo constancia de que, sin perjuicio de la conformidad del Sr. Cura, se llevara a efecto la firma de ningún acta de cesión.
            El 13 de mayo de 1.981 tomó posesión de la presidencia de la Hermandad D. José Balaguer García en representación del Santo Sepulcro y éste, en reunión de 11 de Marzo de 1.982, conjuntamente con el Sr. Santonja, informaron de que las gestiones con la familia Molina Albero, resultando haberse encontrado algunas dificultades que habían venido retrasando la posible solución, pero que no desistían de proseguir esperanzados en la gestión, dándoseles un voto de confianza.
            Si bien no tengo constancia escrita desde esa fecha del resultado de las gestiones, sí que me consta por mi relación de amistad con el Sr. Balaguer que las conversaciones eran constantes y no encontraban obstáculos con algunos miembros de la familia, pero sí oposición por otros, aunque, finalmente, con la implicación personal de D. Augusto Ballester y de D. Julián Bizarro (en representación de Da. Pilar y Da. Nieves Molina, respectivamente) y sin oposición de D. Gregorio Molina Albero, se consiguió que las imágenes de que hablamos se volvieran a procesionar en la Semana Santa  de 1.982.
            Hicieron su entrada, no me consta la fecha, por la Alameda para dirigirse a la Colegiata y fueron precedidas por la banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja. Puede suponerse la expectación despertada y el sentimiento de satisfacción de los miembros de la Hermandad, en especial de los Sres. Santonja y Balaguer, y también del Sr. Abad, D. Manuel Soler, al recibir en la Colegiata tan preciados pasos. Estos se colocaron en las dos primeras capillas, entrando a la Seo, a la derecha y, animados los antiguos trabajadores de la Papelera de San Jorge, asistió un buen acompañamiento en las procesiones de ese año. Al terminar la Semana Santa, las imágenes quedaron en la Colegiata; pero la idea de la familia Molina-Albero, como ya se ha dicho, tenía intención de depositarlas definitivamente en La Merced, con una salvedad por parte de Da. María, que quería devolverlas a la fábrica. Consta en el acta antes citada, por informe del Sr. Santonja y mío que tal dilema se pudo resolver, aunque no se dice cómo. Pero se lo aclaro: Redacté un compromiso, según el cual los familiares que sufragaran el traslado podrían llevárselas a lugar que prefiriesen. Da. María nos lo firmó de pie en el zaguán de su casa, en una hoja de papel timbrado de cincuenta céntimos, que por cierto no sé si se conserva.
            Ya saben ustedes que desde el verano de 1.982 están en Santa Tecla… Blanco y en botella…
            Anoche, Martes Santo de 2020, como todas las demás cofradías, solo pudieron procesionar “in pectore” o virtualmente, como prefieran; pero muchos, sin duda, nos acordamos de rezarle un Ave María a la Virgen y un Padrenuestro al Cristo, con la esperanza de alcanzar el final de este confinamiento con su ayuda.
           
            Con todo cariño, Miguel Mira.

dimarts, 7 d’abril de 2020

SIETE DE ABRIL


UN SALUDO EMOCIONADO

            Hoy, Martes Santo, mi intención era publicar unos recuerdos dedicados a la Hermandad de la Santa Cena, que anoche, en circunstancias normales hubiera celebrado su procesión de traslado, siendo clavario mi amigo Vicente Victoria; pero, aun no renunciando a ello, estas notas las insertaré de este primer escrito titulado “El Obispo de Buenos Aires”.
            ¿Por qué va a ser así? Porque se trata de una felicitación que al cumplir mis primeros ochenta y un años me ha enviado mi también amigo Francisco José Perales Ferre; me ha impactado y emocionado su contenido y le debo manifestar mi sincero y afectuoso agrade cimiento.
Dice así:
El Obispo de Buenos Aires.
            Al Còr de la Generalitat y a la Orquestra de València (antes Orquesta Municipal de Valencia) nos correspondió participar en la parte musical de la Misa de clausura   del Encuentro de las Familias celebrado en Valencia en Julio del año 2006. Aún recuerdo la reunión con el maestro israelí Yaron Traub, entonces  director titular de la orquesta, en la que me pidió  ayuda, desesperado,  porque no sabía qué hacer. Solamente le habían pedido que tocara un “Ave María” que iba a componer para la ocasión José María Cano, amigo personal del Presidente Camps, y que iba a cantar Montserrat Caballé. Tranquilicé al maestro e hicimos la selección musical tomando como base  la “Misa de la Coronación” de Mozart y añadiendo otras piezas, entre las que recuerdo el “Ave Verum” y el “Aleluya” del “Mesías” de Haendel.  Yaron, más tranquilo, me hizo una petición antes de despedirnos: “Paco, ¿estarás cerca de mí durante la misa para decirme cuando tengo que empezar cada pieza? Recuerda que no soy católico”. “No te preocupes maestro, le respondí, yo te ayudaré”.
            Unas semanas más tarde, ya cerca de la celebración, hicimos los ensayos conjuntos. El coro y la orquesta estaban muy bien  preparados. La víspera de la Misa tuvimos  un ensayo general horroroso en el mismo escenario donde iba a tener lugar la misa: calor sofocante, músicos y cantantes del coro, vestidos de concierto, quejándose por todo; turnos de maquillaje mal organizados, interminables pruebas  de TV y de sonido con mucha incompetencia; mucha gente dando órdenes a gritos sin ningún respeto por la música y los músicos. Al final, hicimos nuestro trabajo, pasamos toda la música sin detenernos, de un tirón, como en un ensayo general normal, y nos fuimos a casa después de sufrir aquella guerra de órdenes y contraórdenes, con los nervios de los organizadores a flor de piel.
Llegado el día, a petición mía, al maestro Traub y a mí nos colocaron sendos asientos para durante la Misa  justo detrás de los violines primeros y delante mismo de un buen grupo de cardenales  y obispos entre los que reconocí a Don Carlos Amigo, entonces Cardenal Arzobispo de Sevilla. La orquesta y el coro estaban situados a la izquierda del altar a escasos quince o veinte metros del Papa Benedicto XVI. Los prelados situados al final de la primera fila estaban pegados al  grupo de sopranos y tenores y a los violines segundos. Puede percatarme de que ¡estaban encantados disfrutando de la música como si ellos mismos formaran parte del coro y la orquesta!. Yo había leído que el Papa tenía a Mozart por su compositor predilecto y por eso sugerí al maestro Traub la Misa de la Coronación. Recuerdo que nada más finalizar el Gloria, el Papa se giró ligeramente hacia todos nosotros  y esbozó una leve sonrisa de complicidad  que no pasó desapercibida para músicos ni cantantes. El maestro Traub no se dio cuenta porque estaba bajando de la tarima para tomar asiento a mi lado,  pero, una vez sentado, le di ligeramente con el codo y le dije, en voz baja, “Yaron, esto va bien”.
Una vez terminada la Misa, uno de los cardenales se acercó a mí y me preguntó muy amablemente, en castellano, de dónde eran el coro y la orquesta. Le respondí que éramos de Valencia, y conversamos unos minutos. Me preguntó por el director y le contesté que era el maestro titular de la orquesta y que era israelí. También se interesó por el coro y, cuando le informe de que yo era su director, me dijo: “Tengo un regalo para usted y para el director de la orquesta. ¿Se lo podría entregar? Es un rosario para cada uno de ustedes” y, a continuación, me entregó dos pequeños estuches que llevaban impreso el escudo del Papa Benedicto,   que había sacado de una cartera de mano. Después de darle las gracias le pregunté: Monseñor ¿vive  usted en el Vaticano? “No, vengo de Argentina; soy el obispo de Buenos Aires, ¿Ha estado usted alguna vez allí?” me preguntó.  “No, nunca”, respondí y recuerdo perfectamente que me dijo: “Aquello es muy lindo. Dios les bendiga.”. Le di las gracias, nos dimos la mano y nos despedimos.
Recuerdo que  regresé a Xàtiva muy tarde, en tren, porque era imposible llegar a Valencia en coche y RENFE había dispuesto trenes especiales durante la noche, como en Fallas. En la estación del Norte me encontré  con Julio Bellver, Miguel Esparza, Paco García y sus respectivas esposas, que también habían estado en la misa. Al llegar a casa, mis padres estaban durmiendo. A la mañana siguiente,  les conté cómo había ido la misa, que ellos habían visto por televisión,  y les enseñé el rosario que me había regalado el Obispo de Buenos Aires. Mi padre pensaba que el escudo era el del obispo, pero yo le dije que era el del Papa Benedicto. “¿ Y cómo se llama ese obispo?” recuerdo que me preguntó mi padre;  “pues no lo sé”, respondí.
Un poco más tarde lo busqué en internet y le dije a mi padre: “Se llama Jorge Mario Bergoglio. Muy amable, cercano y muy simpático”. Mi padre sentía gran afecto por el arzobispo de Sevilla y por eso intenté saludarlo pero, al contrario que el obispo de Buenos Aires, me pareció algo distante y opte por no decirle nada.
El nombre del obispo de Buenos Aires y su simpatía se quedaron grabados en mi mente. Imagínate, Miguel, mi sorpresa cuando el Cardenal protodiácono y camarlengo Jean-Louis Tauran anunció el nombre del nuevo Papa ¡Pero si es el Obispo de Buenos Aires…! Rápidamente fui a buscar el rosario con la alegría de saber que aquel  obispo, él único de todos los que había allí que vino a interesarse por el coro y la orquesta, era el nuevo Papa y que ese rosario había pasado con sensible afecto de sus manos a las mías en ocasión tan singular…





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LUNES SANTO 2020

            Tradicionalmente, es el día de la Santa Cena, es decir, cuando su Hermandad sale a la calle y recorre parte del arrabal, o sea, la antigua judería, y parte de la Xàtiva que se contiene en los lindes de la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced. La imagen de la Santa Cena, con su simpático y fiel perrito a los pies de la mesa, no siempre ha recorrido el mismo itinerario. Cuando fue adquirida bajo el mecenazgo de las Señoras del Palasiet, llegaba por la calle de Moncada hasta la esquina del entonces Banco Hispano Americano y Fuente del León, para pasar cerca de las instalaciones de la empresa “Selgas” de la que aquellas señoras eran principales accionistas. Llegó un momento en que, fallecidas las citadas bienhechoras y su administrador en Xàtiva, la Hermandad tuvo serios problemas para mover el sistema tractor y sus directivos (yo presencié la conversación)  buscaron amparo ante uno de los directores de la empresa, en busca de ayuda, naturalmente, sin obtener satisfacción. Decepcionados, no tuvieron más remedio que sacar fuerzas de flaqueza e ingeniárselas para conseguir su objetivo. Lo consiguieron con tenacidad, mucha lotería, y la colaboración de otro industrial de la ciudad. Pero la Santa Cena ya no volvió a pasar más por delante de “Selgas” en su procesión de “traslado” del Lunes Santo.
            A petición de la directiva, cuando en la iglesia de Los Santos Juanes, su sede, hubo de realizar obras de envergadura en su techumbre (llovía más dentro que fuera del templo) y la imagen debía ser guardada en otro lugar. Teniendo en cuenta que por nuestra parte habíamos tenido depositada en la casa-palacio de la familia De Diego, les aconsejé que hablaran con la recordada Da. Francisca Martínez  de Diego,  su dueña y, como era de esperar, no puso ningún inconveniente. Al igual que tuvieron en aquel otro momento cabida el Nazareno y la Borriquilla, se le asignó un espacio en el amplio patio de entrada, junto al jardín, y allí fue depositada la Santa Cena durante el tiempo que duraron las obras.
            Saqué un montón de fotografías y desde mi cámara las pasé a un CD y hubiera querido publicar algunas; pero aun     que conservo el disco, mi ordenador dice que no lo reconoce, y me resulta imposible publicar ese reportaje. Lo siento.
            Quiero darle la enhorabuena a Vicente, aunque sea virtualmente. Dios dirá al año que viene; pero lo que importa es alejar al bicho maldito de nuestras vidas y reanudar la vida normal. Seguiremos confiando en la misericordia de Jesús y seguiremos rezando durante cada día por nosotros y por cuantos necesitan de nuestra oración. Hoy en concreto, recordando, como haremos el Jueves Santo, la cantidad de mensajes que contiene este pasaje evangélico y, en particular, la institución de la eucaristía.
  Aunque sea anecdótico, el pan del que comieron los discípulos viene representado en esta imagen emblemática de la parroquia de los Santos Juanes por los “panquemaos” que aparecen colocados en cada uno de los platos que tienen delante, que eran sufragados por una señora ya fallecida: Da. Carmen Conejero, q.e.p.d., tan gratamente recordada desde la Hermandad de Portadores de Jesús Nazareno, y cuya tradición va a seguir manteniendo su hija Amparo, también nazarena, como toda la familia. Con el amor con que nos consta que se hace tal obsequio, queremos corresponder desde aquí a la comunión que debe haber entre las hermandades y cofradías de la Semana Santa, como nos requirió el Obispo Auxiliar de Valencia, D. Arturo Ros, en la Misa del encuentro interdiocesano.
            Todos estamos confinados, incluso nuestras imágenes. Tenemos todo un año para tratar de progresar en nuestra vida de fe y dar testimonio de ella a tiempo y a destiempo.
            Cordialmente, como decíamos los cursillistas de cristiandad: ¡Cristo y yo, mayoría absoluta!  Imaginaos todos juntos…
           
            Vuestro, Miguel Mira