dimarts, 9 d’agost de 2016

TRAS UN LARGO COMPAS DE ESPERA



MARE DE DÉU DE LA SÈU

Por Miguel Mira Manzanaro


            No estaba en mi  ánimo escribir comentario alguno sobre nuestras fiestas patronales, en particular sobre la Patrona. De una parte, por cierta sequedad ante la terca realidad de este pueblo al que el Canónigo Hinojosa llamó soñador en la hermosa letra del himno a la Mare de Deu y que, ustedes me perdonarán, más bien parece somnoliento e indolente.
            Ya sé que para ser un buen cristiano, para ser un buen católico, no es imprescindible asistir a todas las procesiones que se celebren; pero hemos llegado a un punto en que podríamos preguntarnos si vale la pena sacar a las  semidesiertas calles de la ciudad  la imagen de la Virgen,  en cuyo recorrido se encuentra con tantas puertas cerradas (incluso las de una iglesia parroquial, totalmente mudas sus campanas…) el cinco de agosto. Para mí, resulta decepcionante comprobar que año tras año la participación de los setabenses vaya cayendo en picado.

He dicho que no quería volver al asunto, porque con transcribir la crónica del año pasado bastaba; pero concurren hechos que me parece oportuno reseñar y comentar:
San Félix. Patrón de Xàtiva. Por iniciativa del Sr. Abad, salió su imagen en procesión, precediendo a la Virgen de la Seo, después de varios lustros de paciente espera en la soledad de su altar,  gracias a la colaboración de los festeros del barrio de su nombre, sobre ruedas, en andas prestadas. Hay que dar gracias a esas personas que mantienen la devoción en aquel vecindario, y a quienes no relevó nadie en la llevanza de nuestro Patrón (que yo sepa, solo una persona se brindó a  un relevo). Digo yo que Sant Feliu   quedaría  maravillado al verse precedido por poco más de tres docenas de personas y seguido de otras tantas falleras, que –en realidad- no iban por acompañarle a él, sino a la Virgen, solo que les dijeron que ese era el lugar en que debían situarse.
            Voy a abstenerme de comentar otros detalles: castellets, moixaranga…, porque, sin querer, ya me he pasado de la raya, siendo así que mi intención al ponerme a escribir era, en verdad, ceñirme, aparte de la presencia de la imagen de San Félix en la procesión, a un acto concreto, que debiendo considerarse normal, fue, sin embargo,  extraordinario: Don José Canet, Abad de la Colegiata, invitó a D. Manuel Soler, que lo fue durante dieciséis años, a participar en las solemnidades de nuestros patronos. Digo que este gesto de normalidad, ha llegado después de un par de décadas: largo compás de espera ¿no les parece?  De ahí lo extraordinario. Uno de los actos en que debía participar, aparte de haber concelebrado en la Ermita el día uno y en la Misa Solemne el cinco, era la Santa Misa del tercer día del novenario, corriendo a su cargo la predicación.
            Y así fue. D. Manuel ejerció de celebrante principal y concelebró D. José, el Sr. Abad.
A mí no me sorprendió lo que ocurrió, porque sabía que iba a suceder: oímos un sermón acorde a la palabra proclamada, profundo, directo, claro, interpelante, vehementemente pronunciado, que a nadie dejó indiferente.  Usó dos puntos de apoyo en esta ocasión, de los que gusta repetir: la experiencia de aquel filósofo que al contemplar el tranquilo discurrir de las transparentes aguas de un arroyo y el límpido  lecho de brillantes guijarros, tomando uno en sus manos, se preguntó si  al igual que tenía su superficie mojada, también su interior estaría empapado; y, partiéndolo en dos, pudo constatar que estaba completamente seco; y también refirió  aquel encuentro entre Madre Teresa y D. Helder Cámara, en Sao Paulo, cuando preguntado por ella sobre qué iba a decir a los  miles de personas congregadas en el estadio de Maracaná, él le contestó que pediría a Dios que le permitiera sacar de su interior todo cuanto de Dios llevaba dentro. 
            Sobre estos dos puntos de apoyo y la referencia a nuestra Madre de la Seo, se podría resumir la reflexión en una seria llamada a nuestra responsabilidad como cristianos, ya que mal se puede evangelizar, mal se puede hablar de Dios, si de Dios no estamos llenos.
            Valga como referencia este pobre resumen de tan denso e importante sermón; tampoco era mi intención transcribirlo a pesar de su importancia. El principal motivo de sentarme ante el teclado y hablar de una extraordinaria normalidad, nace de un deseo de dejar constancia de algún modo, aunque tan modesto como nuestro blog, de haber vuelto justamente las aguas a su cauce; y estoy convencido de que así lo sintió D. Manuel, como todos los presentes en el acto pudieron comprobar a partir del momento en que se acercó al ambón desde el que tantas veces predicó, después de demasiado tiempo… Apenas  pronunció el primer saludo, ya se le quebró la voz; esa voz emocionada, que, a corazón abierto, proclamó su firme llamada a la plenitud del espíritu, a la comunión con Cristo y con la Santísima Mare de Déu de la Sèu; pero esa voz que, de trecho en trecho, perdía su modulación a causa del nudo que se formaba en su garganta y que movió a buena parte de los presentes a enjugar sin disimulo alguna que otra sentida lágrima. Y es que sus recuerdos, nuestros recuerdos, la memoria de tantos años de trabajo en lo que era una parroquia viva, activa, evangelizadora, con carencias, sí, pero con tesón y voluntad de servicio, se nos venía a la mene a cada quiebro de la voz rotunda de un hombre de Dios, de un hombre bueno, de un  hombre que gozó en su ministerio en esta ciudad, pero que también sufrió lo  indecible...
Y con una sincera amabilidad, al finaliza la eucaristía, el Sr. Abad, D. José Canet, supo agradecer públicamente la presencia de D. Manuel, le ofreció públicamente esa gratitud y declaró para él abiertas de par en par las puertas de casa, las puertas de la Colegiata, recalcando por dos veces: ¡porque se le quiere! con lo que arrancó un fuerte y prolongado aplauso de los presentes; pero la emoción ya fue incontenible cuando, al volver el Abad a la sede, le ofreció su fraternal abrazo, bajo la mirada cariñosa de la Virgen nuestra Madre, que, no me lo nieguen ustedes porque todos lo vimos, les sonrió.
            Por circunstancias familiares, es posible que no pueda asistir a diario a la novena; pero no me hubiera perdonado el faltar el domingo pasado a un acto de justicia que llegó después de tantos compases de espera.