dimecres, 31 de desembre del 2025

COMO DECÍAMOS AYER...

 

IN PRINCIPIO…

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            Espero que haya sido feliz la entrada en este recién estrenado 2026, en el que, si Dios quiere y os parece bien continuaremos  ofreciendo las reflexiones de nuestro amigo y colaborador D. Joaquín Núñez. Me ha remitido el comentario correspondiente al primer domingo del año (II de Navidad), en el que se repite el prólogo del Evangelio de San Juan (1, 1-18).  “In principio erat verbo…etc.”, cuyo texto no voy a reproducir, ya que, de una parte está inserto en la entrada del día de Navidad; y, de otra, porque, ya me advirtió el reverendo que solo iba a reflexionar sobre la parte final, cuando el evangelista dice: “Vino a los suyos y los suyos no los recibieron”. Así pues, paso directamente al

Comentario

 

             “Vino a los suyos y los suyos no los recibieron”, “pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.”

   Todos sabemos que Jesús mismo nos dijo que había sido enviado a los de su raza, a los de su pueblo de Israel (Mt.15:24) “No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.  O en Lucas (4,16-30), en que se relata la primera predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, citando a Isaías acerca de la liberación y la gracia, “hoy se cumple esta escritura delante de vosotros”. Ante la reacción de sus paisanos, todos sabemos la respuesta de Jesús “ningún profeta es bien recibido en su propia tierra” (Lc.4,24-30). Al citar los pasajes del profeta Elías, cuando atendió a una viuda de Sarepta, no judía, o se refirió como ejemplo a Elíseo ayudando a Naamán el sirio, quedó claro que la gracia de Dios no se limitaba a Israel, sino que se extiende a todas las gentes.

    A los que reciban a Jesús, sean del pueblo o raza que sean, “les da el poder de ser hijos de Dios”. Cuando a Nicodemo le dijo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios” (Juan), se refiere Jesús a un nacimiento espiritual, “les da el poder de ser hijos de Dios”. A fin de cuentas, la misión de Jesús es salvar, no condenar “para que todo el que crea en el hijo del Hombre tenga vida eterna” (Jn.3, 16-17).

     La frase que comentamos del evangelio que nos propone la liturgia, en este segundo domingo del tiempo de Navidad, la considero central, como vemos por los textos que hemos aportado y que nos sitúa en el centro de la llamada de Jesús. ¿Somos, o no, los que acogemos a Jesús, siendo capaces de decir “Padre nuestro que estás en el cielo...”? ¿Rezamos con la boca o con el corazón?, ¿Nos sentimos hijos o no?, ¿vivimos de memoria o vivimos un presente que no se repite o es una cantinela salida del inconsciente que no tiene como interlocutor a quien nos espera con amor de Padre?.

   Qué hermoso es lo que san Agustín comenta en su “Tractatus in Evangelium Ioannis”. Una gran obra que hace a San Agustín un especialista en el Evangelista San Juan. Para él, esta frase es la que nos hace hijos de Dios, no por méritos propios, sino por la gracia de Dios. Según él, hay un diálogo amoroso entre la gracia como don y una fe activa, dialogante entre la gracia y la fe amorosa con la Palabra, con Jesús, “pero a quienes les recibieron les la potestad de ser hijos de Dios”.

    Creo que hoy queda claro cómo nos hemos de acercar al buen Jesús, porque se nos da la clave para que seamos hijos de Dios.

    Casi estamos concluyendo las fiestas navideñas de 2025. Que sean, no un recuerdo, una conmemoración de un hecho histórico, sino una experiencia de fe y de amor a quien por amor se nos presentó en un portal,  refugio de ganado, sin más abrigo que el calor de los animales y unos pastores que allí resguardaban sus animales. El creador de todo ¡en medio de lo más humilde!

     Feliz Domingo para todos/as. Concluyamos con lo que Jesús no ha enseñado: “quien me acoge tiene la fuerza de ser hijo de Dios”. 

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    Santa María llena de Gracia ruega por nosotros.

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¡¡¡FELIZ Y  PRÓSPEROAÑO NUEVO!!!

 

Saludos cordiales. Hasta pronto,  Miguel J. Mira

 

dilluns, 29 de desembre del 2025

A LAS PUERTAS DE 2016

           Vamos a     vamos a estrenar un  nuevo año, un 2026 que, en principio no se nos augura mejor que el 25, lo que nos obliga a redoblar nuestros esfuerzos y nuestras oraciones para tratar de conseguir lo contrario: que al fin deje este mundo de asemejarse al anuncio del final de los tiempos y se parezca más a aquel momento que se narra en el pregón de la Navidad, cuando dice aquello de “estando el  mundo en paz…”

         Hoy, al proponérsenos en  el evangelio la escena de la adoración de los pastores, es decir, el momento del nacimiento, creo que es perfectamente compatible con el comentario de D. Joaquín, el texto de la homilía pronunciada por el Papa León en la Misa de  Nochebuena, por lo que no me voy a privar de copiar aquí la preciosa, sencilla y motivadora alocución, que fue como sigue:

 

            Queridos hermanos y hermanas:

Durante milenios, en todas partes del mundo, los pueblos han escrutado el cielo dando nombres y formas a estrellas mudas; en su imaginación, leían en ello los acontecimientos del futuro buscando en lo alto, entre los astros, la verdad que faltaba abajo, entre las casas. Sin embargo, como a tientas, en esa oscuridad seguían confundidos por sus propios oráculos. En esta noche, en cambio, «el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz» (Is. 9,1).

He aquí la estrella que sorprende al mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). En el tiempo y en el espacio, allí donde estamos, viene Aquel sin el cual nunca habríamos existido. Vive entre nosotros quien da su vida por nosotros, iluminando nuestra noche con la salvación. No hay tiniebla que esta estrella no ilumine, porque en su luz toda la humanidad ve la aurora de una existencia nueva y eterna.

Es el nacimiento de Jesús, el Emmanuel. En el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo, «a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido» (Tt 2,14). Nace en la noche Aquel que nos rescata de la noche: ya no hay que buscarla lejos, en los espacios siderales, la huella del día que alborea, sino inclinando la cabeza en el establo de al lado.

La clara señal dada al oscuro mundo es, de hecho, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido; la elocuencia del Verbo eterno resuena en el primer llanto de un infante; la santidad del Espíritu brilla en ese cuerpecito limpio y envuelto en pañales. Es divina la necesidad de cuidado y calor que el Hijo del Padre comparte con todos sus hermanos en la historia. La luz divina que irradia este Niño nos ayuda a ver al hombre en cada vida que nace.

Para iluminar nuestra ceguera, el Señor quiso revelarse al hombre como hombre, su verdadera imagen, según un proyecto de amor iniciado con la creación del mundo. Mientras la noche del error oscurezca esta verdad providencial, «tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros» (Benedicto XVI, Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2012). Las palabras del Papa Benedicto XVI, tan actuales, nos recuerdan que en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza.

            Admiremos, queridos amigos, la sabiduría de la Navidad. En el niño Jesús, Dios da al mundo una nueva vida ―la suya―, para todos. No es una idea que resuelva todos los problemas, sino una historia de amor que nos involucra. Ante las expectativas de los pueblos, Él envía un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el dolor de los miserables, Él envía un indefenso, para que sea fuerza para levantarse; ante la violencia y la opresión, Él enciende una suave luz que ilumina con la salvación a todos los hijos de este mundo. Como señalaba san Agustín, «tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podía levantar» (Sermo in Natale Domini,188, III, 3). Sí, mientras una economía distorsionada induce a tratar a los hombres como mercancía, Dios se hace semejante a nosotros, revelando la dignidad infinita de cada persona. Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud. ¿Será suficiente este amor para cambiar nuestra historia?

La respuesta llega en cuanto nos despertamos, como los pastores, de una noche mortal, a la luz de la vida naciente, contemplando al niño Jesús. En el establo de Belén, donde María y José, llenos de asombro, velan al recién nacido, el cielo estrellado se convierte en «una multitud del ejército celestial» (Lc 2,13). Son huestes desarmadas y desarmantes, porque cantan la gloria de Dios, cuya manifestación en la tierra es la paz (cf. v. 14); en el corazón de Cristo, en efecto, palpita el vínculo que une en el amor el cielo y la tierra y el Creador con las criaturas.

            Por eso, hace exactamente un año, el Papa Francisco afirmaba que el nacimiento de Jesús reaviva en nosotros «el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido», porque «con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda» (Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2024). Con estas palabras daba comienzo el Año Santo. Ahora que el Jubileo llega a su fin, la Navidad es para nosotros tiempo de gratitud y de misión. Gratitud por el don recibido, misión para dar testimonio de este don al mundo. Como aclama el salmista: «Canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos» (Sal 96,2-3).

            Hermanas y hermanos, la contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al encuentro del amanecer del nuevo día. 

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Solemnidad de Santa María Madre de Dios,

Evangelio de San Lucas 2,  16-21.

 

            “Fueron entonces a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
            Al verlo, contaron lo que se les había dicho acerca de aquel niño;
y cuantos lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores decían.
            María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.
            Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
            Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno materno.”

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant 

     Primer día del Año que comenzamos. Un día lleno de contenidos que se ha enriquecido a lo largo de la Historia. Últimamente, el Papa Juan Pablo II solemnizó esta fecha, dedicándola a la Maternidad Divina de María. En otras circunstancias fue el dulce Nombre de Jesús, como manifiesta el evangelio de san Lucas, que se nos propone en estas fechas. San Pablo VI quiso subrayar lo que le preocupaba a él, como era la Paz en plena “Guerra fría”. Estábamos en el inicio de tantos motivos que nos preocupan hoy en esta sociedad tan lejos de una Paz pacificadora  que tanto preocupa al Papa León. Recemos y meditemos con él por la Unidad en la Iglesia, la Paz del mundo, por que seamos capaces de cuidar la Naturaleza, casa común, y por la erradicación de la pobreza y la atención a los pobres.

     Muchas cosas nos congregan en este día primero de este Año Nuevo.

     Desde siempre, en la Historia de la Iglesia está presente el amor admirativo a María. Si consultamos la Patrística, nos enseñan tanto san Ireneo, san Justino y san Epifanio la importancia, no de la devoción, sino de de María en la Historia de la Salvación, al considerarla la “Theotokos” (Madre de DFios) que se afirma como Fe común en el Concilio de Éfeso del año 431. La Comunidad cristiana reza a la Madre de Dios con el Ave María desde el siglo III y el “Bajo tu Amparo nos acogemos Santa Madre de Dios”, y se celebran los días santos de la Encarnación y de la Asunción a los cielos. En Roma, en la Basílica de Santa María la Mayor, hay una hermosa Imagen de María Reina de la Paz, que el Papa Benedicto XV mandó colocar en el lateral del templo; pocos se paran, pero es bellísima, con una mano levantada, como diciendo “Basta ya” y el Niño con una rama de olivo, símbolo de la Paz.

    El dulce Nombre de Jesús lo celebramos el día 3, pero en el evangelio de hoy leemos “le impusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel antes de que el niño fuera concebido” (Lc.2,21) y (Mt.1,20-21).

    Lo más hermoso del evangelio de Lucas es descubrir a los primeros voceros, unos pastores, que proclamaron clamorosamente que el Mesías esperado había nacido en Belén. ¿Qué opinaba la sociedad judía de los Pastores?: una gente despreciable, unos que cuidaban ovejas ajenas; y el mismo Jesús nos describe a los que debían ser pastores de su pueblo como ladrones y asesinos. Sin embargo, Lucas los presenta como los primeros que descubren a Jesús. Y Jesús se llama a sí mismo como el “Buen Pastor” (Jn. 10,11-15). ¿Quién nos anuncia hoy que Jesús ha nacido?, ¿la Iglesia Oficial?, es su oficio y vocación, pero, como en el evangelio de San Lucas, además, de ser “los pastores”, es decir, la pobreza que clama al cielo.

     El Papa León nos ha dejado un admirable mensaje, aunque sólo me referiré a su inicio citando a San Pablo: “Hablar bien de los demás es algo que concierne a todos, incluso al Papa. Bendigan y no maldigan y no murmuren”, algo que hemos de practicar todos nosotros o, de lo contrario, hacemos imposible la misión, la evangelización, que es la Misión que Jesús encargó a la Iglesia, razón última de su nacimiento.

     Feliz inicio del Año Nuevo. Somos pastores que, con inmensa alegría, anunciamos al Príncipe de la Paz que se nos presenta totalmente desarmado y como Niño desvalido cuyas armas son la ternura. Y una Madre de La Paz, esposa amada y amante de un esposo, San José, defensor y educador de su Familia.

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La próxima entrada será la correspondiente al próximo domingo 4 de enero de 2026, Dios mediane. FELIZ AÑO NUEVO. Saludos cordiales, Miguel Mira 

 

 

 

dijous, 25 de desembre del 2025

JESÚS, JOSÉ Y MARÍA

 

Domingo de la Sagrada Familia.

 

            El evangelio que corresonde a este Ciclo A es de San Mateo 2, 13-15, 19-23.

            El pasaje de Mateo 2, 13-15.19-23 narra dos episodios importantes de la infancia de Jesús: la huida a Egipto y el regreso a Nazaret. El texto dice lo siguiente:

 

            “Después que partieron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».            José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto.
            A         llí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo.”

            Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
21 José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvió a la tierra de Israel. Pero, al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea.
Y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: “Será llamado nazareno.”

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

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     Otra vez vemos a San José como encargado de cuidar y salvar al Niño y a María su Madre. Este ciclo contempla la huida a Egipto. Jesús fue emigrante por ser perseguido por el poder de entonces, como hoy tantos emigrantes, sobre todo cristianos, que lo son por su fe; otros se ven obligados a manifestarla a pesar de su condena a muerte.

     Pero el evangelista que nos ilumina en esta ocasión es un San Mateo judío que escribe a sus comunidades judeocristianas, cuyos miembros sabían lo que el Evangelista les quería decir; pero nosotros necesitamos más explicaciones para ser catequizados. En el evangelio de Mateo encontramos varios sueños donde un ángel comunica la voluntad de Dios, ese lenguaje es común a partir de cuando el pueblo de Israel es deportado por Nabucodonosor II a Babilonia. Antes los mensajeros que manifiestan la voluntad divina solo fueron los Profetas.

    Observamos, sin embargo, José fue en sueños cómo ve quien le dice: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise”. Este fragmento para nosotros nos dice lo que leemos, pero para un judío tiene el recuerdo de José, hijo de Jacob y la estancia de Israel en Egipto, frase que encontramos en Oseas (11:1), que usa Mateo dando la vuelta de Jesús a Israel como liberador de la esclavitud.

     Continúan los sueños de José en que se le dice que “se retire a Galilea a una ciudad llamada Nazaret”, “Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría Nazareno”.

   Hay que explicar y disfrutar de lo que significa y lo que enseña Mateo; lo más importante es lo que significa “Nazareno”, quiero dejarlo claro porque parece que nadie lo explica. Que Nazaret fuera un lugar pequeño y casi despreciable como lo ve Natanael. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn. 1:46), y, sin embargo, el nombre es muy hermoso y poético, por lo cual Dios eligió Nazaret como lugar de residencia  de Jesús y, así, Jesús se identificó con los marginados y los despreciados. Además, “Nazareno” también se refiere a la profecía de Isaías (11:1) que dice: “Saldrá un renuevo del tronco seco de Jesse, y un vástago retoñará, florecerá de sus raíces”. Lo cierto es que Nazaret es un nombre que proviene del hebreo “Natzart” o “Natzeret” que significa: “lugar de la rama” o “lugar del renuevo” o “germoglio” en italiano que lo expresa mejor, de donde tomo mis fuentes. Parece ser que se refiere al lugar fértil que rodea a Nazaret. También Nazaret se refiere a la profecía de Isaías (11:1), donde se nombra el “netzer” o “renuevo” que brota de la raíz de Jesse, que se refiere al Mesías que viene de la familia de David. Así, Nazaret es vista como el lugar de origen del Mesías, de Jesús.

    José, como padre adoptivo de Jesús, fue quien educó en las virtudes y valores que él mismo vivía, es algo que no se suele considerar. De él aprendió todo lo que como hombre debía aprender; como nos dice San Lucas; “el niño crecía y se fortalecía, se llenaba de sabiduría y la gracia De Dios será sobre él” (Lc. 2, 40-52). Aprendió la fe de sus padres, la obediencia, la humildad, el trabajo y las virtudes que vio en María y José. Todo ello fue un proceso gradual. El Catecismo nos dice “El Hijo de Dios trabajó con manos de hombre… Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo menos en el pecado”, y en Hebreos (4: 15)  “Jesús… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”.

    En todo, la Sagrada Familia es el modelo de la familia cristiana, porque sin un lenguaje amanerado de corte beato, con un lenguaje muy natural, María, José y Jesús son muy válidos, los únicos ejemplos, para que vivamos la familia como núcleo de salud mental, de fuerza de voluntad y lugar de amor liberador de uno y todos sus miembros.

     Feliz día de la Sagrada Familia. Donde tenemos nuestro rincón en el corazón de todos. Que Jesús, María y José protejan y bendigan nuestras Familias.

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Por mi parte, no tendría nada más que añadir a los buenos deseos de D. Joaquín, si no fuera porque sus explicaciones sobre la importancia de SER NAZARENO deberían motivarnos a demostrar nuestra ejemplaridad en el orgullo de serlo.  Quedo a la espera de un Año 2026 que ya está a la vuelta de la esquina.

            Saludos cordiales, Miguel Mira

dimarts, 23 de desembre del 2025

EL VERBO SE HIZO CARNE...

 ...Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS... 

 

¡Ya es Navidad!

 

                   Y el evangelio que leeremos es el de San Juan, Cap. 1, 1 – 18:

         En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.

         Ella estaba en el principio con Dios.

                Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.

                En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres,

y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

         Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan.

                Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.

                No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

                La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

                En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció.

                Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

                Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.

                Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

                Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.»

                Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.

                Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

                A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.”

María con el Niño Jesús en brazos | Cathopic 

     Comentario 

    Este fragmento de San Juan es el fragmento más hermoso y consolador de los cuatro evangelistas. A los que escuchan todo les parece igual, por lo que se ha de leer despacio y fijándonos en los matices para captar bien las diferencias entre ellos.

    El logos, la Palabra de Dios es eterna por ser Dios mismo, es Dios eterno, es el mismo pensamiento de Dios que crea y, al crear, porque lo nombra lo crea, ya que solo Él lo puede pensar y crear al mismo tiempo. El que es la Vida, ilumina con su Luz. Él mismo es el que da la vida a todo hombre y todo ser viviente.

   Esto nos enseña quien es Jesús, Palabra creadora de Dios, pero San Juan nos supone sabedores del pecado del Paraíso y la promesa de un Salvador; sabe que estamos en tinieblas. Juan, antiguo discípulo de Juan Bautista lo nombra aquí para afirmar que es testigo de la Luz, pero que él no era la luz, sino testigo de la Luz verdadera, Luz que ilumina las tinieblas del pecado, Jesús que ilumina a quien reciba y se deje llevar por quien es la Verdad, el Camino y la Vida.

    La Luz estaba en el mundo desde la expulsión del paraíso de nuestros primeros padres, manifestada en los profetas; Dios condujo a su pueblo hasta el momento oportuno, como leemos en Heb.10:37: “porque todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”, o mejor, Heb. 1:2: “En estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien hizo también el universo”; San Juan lo expresa así: “en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de Él, y el mundo no lo conoció”.     “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron”, según testimonio del mismo Jesús, como leemos en Mt.15:24: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de Israel”. Sabemos lo que sigue: “a los que creen los hace hijos de Dios, porque la fe los hace hijos de Dios”. Ahora se abre a todo el universo: “Porque la Ley se dio por medio de Moisés (para los Judíos), la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo”. San Agustín, gran especialista sobre el Evangelio de San Juan, no enseñaba que la ley de Moisés, en sí misma, podía salvar a la humanidad. La Ley era como un tutor que nos llevaba a Cristo, pero que no nos salvaba en sí misma. La “Verdad”, se refiere a la revelación de Dios en Jesucristo, que es la “Verdad” que nos libera (Jn. 8:32), y su nacimiento trajo la gracia y la salvación a la humanidad. Continúa San Agustín comentando el final de este hermoso Evangelio “a Dios nadie le ha visto jamás” (Jn. 1:18) y  (1 Jn, 4:12.) y con él otros teólogos nos dicen que Dios es un ser espiritual que no podemos ver con nuestros ojos físicos, solo lo podemos conocer a través de la Fe y la Revelación porque Jesús es la manifestación visible de Dios, como dice el mismo Juan, (14: 9) “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. En su nacimiento, vemos en Él la bondad y Misericordias del Padre.

    Feliz Navidad en que la ternura del Padre se nos ha mostrado a quienes tienen ojos para verlo.

Joaquín Núñez Morant