Estamos llegando al final del tiempo ordinario, ciclo litúrgico A, del presente año 2026 y la Iglesia nos propone el texto del Evangelio de San Mateo 22, 34-40:
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Hilo conductor
«Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo»
TEXTO
“En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
—«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».
Él le dijo:
—«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas».
Comentario
Por D. Joaquín Núñez Morant
Lo de más valor siempre está en los joyeros pequeños. La simplicidad de este Evangelio cabe en apenas línea y media: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser». Jesús responde a los fariseos (aliados en este contexto con el sentir de la época) con la Torá en la mano. Para algunas corrientes de la época, la predilección de Dios se manifestaba únicamente a través de la salud y las riquezas. Nosotros «judaizamos» cuando pensamos que el Señor premia o castiga en este mundo dando prosperidad a los malos o desgracias a los buenos.
Jesús añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas». Esta respuesta desbarata tanto la visión de sus interlocutores como muchas de las creencias equivocadas que aún conservamos.
A lo largo de los siglos, a veces se ha atormentado a quienes se lamentaban de sus desventuras, enfermedades o contrariedades, diciéndoles que eran «pruebas que nos envía el Señor» y lindezas parecidas. Incluso se ha enseñado que son sufrimientos enviados por Dios para unirnos a la Pasión de Cristo. ¡Todo lo contrario! Una cosa es que yo pida al Señor participar de su Pasión y ofrezca libremente las dificultades que la vida me presenta, y otra muy distinta considerar que las adversidades que sufre la gente son un castigo divino. Son, en realidad, fruto de las diversas circunstancias de la vida que todos atravesamos. A unos les servirá para bien y a otros para mal; unos cobran fuerzas en el fracaso y otros se deprimen.
En el Padre Nuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación». En el texto griego se refiere también a «las pruebas»: le pedimos que nos ayude e ilumine en las dificultades de la vida. Que nos libre del mal es otra petición complementaria, pero siempre hemos de saber qué es lo que pedimos.
El amor a Dios y el amor al prójimo son los que garantizan la lucidez para vivir como verdaderos cristianos. Si decimos amar a Dios de palabra pero no amamos a nuestros lejanos ni a quienes tenemos al lado —quienes dejan de ser nuestros «próximos»—, nuestra vida de fe no nos define. Seríamos meros herederos de una cultura cristiana en la que se ha quedado reducida parte de Occidente. Seríamos cristianos por costumbre, usando la liturgia como un bien de consumo «porque siempre se ha hecho así». En esos casos, los días de fiesta terminan convirtiéndose en devociones rutinarias hacia una Virgen, un Santo o un Cristo a los que se acaba venerando casi como a ídolos tribales.
A orar se aprende orando: hablando con Dios, hablando con Jesús. «Señor —le dice Felipe—, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn.14, 8-9). Esa puede ser también nuestra petición, y Jesús nos responderá como a él: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Ese conocimiento solo se alcanza en la oración, que nos lleva a amar a Jesús a medida que lo conocemos.
San Agustín nos enseña cómo intimar con Dios en la oración amorosa: es la conversación íntima con Dios y la expresión profunda del deseo humano hacia Él. Es un diálogo del hombre con su Creador. Agustín, tras años de búsqueda, encontró a Dios en su propio interior.
Ante Dios no necesitamos un lenguaje perfecto. Podemos comenzar en un grupo de oración que, aun con torpeza pero con humildad, hable con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Dios escucha lo que desea nuestro corazón aunque solo balbuceemos con la lengua.
Qué hermoso sería que en cada parroquia o comunidad tuviéramos un grupo sencillo y libre de oración —sin manipulaciones—, donde poco a poco aprendiéramos a hablar con Dios, a amarle y a sabernos amados por Él, aprendiendo al mismo tiempo a conocer y amar a los prójimos que oran a nuestro lado.
¡Feliz domingo! Que este día nos enseñe a conocer y amar a Dios y a nuestros hermanos. Que María, Madre del Amor Hermoso, nos enseñe a amarle y a sentirnos amados por Él.
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Os anuncio que tras los comentarios correspondientes a Todos los Santos y al Domingo XXXII del tiempo ordinario, nuestro amigo y colaborador, por cuestiones de salud, dejará ya de enviarnos sus siempre interesantes reflexiones sobre la palabra de Dios. Es de agradecer su esfuerzo y disponibilidad, así como la motivación hacia un camino renovador de lo que él llama (y lo son) rutinas, animando a practicar una oración menos formal y más auténtica, una oración en que dejemos que el Señor sea quien nos hable, una actitud dispuesta a dejar siempre un amplio hueco en nuestro corazón en que habite Cristo, siendo consecuentes con la fe que decimos profesar.
¡Gracias Chimo por todo este tiempo de animarnos con tus pláticas a ser cristianos de cuerpo entero!
Un abrazo, Miguel Mira

