dijous, 18 de juny del 2026

DOMINGO XII- NOSOTROS Y LOS GORRIONES

     Hola, amigos_

HABLEMOS CLARO: 

De otra parte, no me parece de recibo el absentismo de los hermanos y hermanas portadores en la reunión de una Asamblea General en la que correspondía renovar la Junta Directiva. De corazón, esto es inexplicable. Y ahí lo dejo.

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 Como todas las semanas, tenemos apunto una colaboación de nuestro buen amigo D. Joaquín. Como de costumbre, hay materia de reflexión. 

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Con afecto, saludos cordiales, Miguel Mira 

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Comentario al Evangelio del Domingo XII, ciclo A

San Mateo 10, 26-33

 I.TEXTO DEL EVANGELIO

            «No les tengáis miedo. Pues nada hay oculto que no haya de ser descubierto, ni secreto que no haya de saberse.

Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados.

Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.

¿No se venden dos pajarillos por un as? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre.

En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.

No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.

Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también yo me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos;

pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.»

II.Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

            «La mies es mucha y se necesitan obreros». Cuando Mateo escribe estas líneas, la comunidad ya sabe lo que cuesta contar la vida de Jesús. Para muchos, el martirio fue el precio de su vida; sin embargo, Jesús nos dice: «No tengáis miedo».

Sed valientes

            Sed valientes: «lo que os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que descubráis en vuestro corazón a través de la oración, hacedlo realidad; atended a quien os pide y dadle. No es necesario dar la vida hoy, pero sí dar algo de lo nuestro, aquello que alimenta nuestro egoísmo. «Lo que escuchéis al oído, practicadlo»; lo que nuestra conciencia nos recuerda, «pregonadlo desde la azotea», a pesar de quienes nos dicen que no nos dejemos engañar por los pobres.

El martirio como testimonio

Existen muchas formas de ser mártir y testigo de nuestra fidelidad a Jesús. Cuando Mateo nos recuerda a Jesús diciendo «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo», nos ofrece el ejemplo de cientos de mártires que dan fuerza a nuestra generosidad y vocación misionera, animándonos a hablar de nuestra fe ante quienes se jactan de no tenerla, mostrando sin vergüenza cuál es nuestra esperanza. Temamos, más bien, a nuestra propia cobardía y al miedo a hacer el ridículo.

Dios, Padre providente

            Tened por cierto que el Padre valora hasta los cabellos de nuestra cabeza; no tengamos miedo, pues Él es nuestro Padre y contará cada gesto de caridad, incluso el vaso de agua que demos a quien lo necesite. ¿Acaso no hay comparación entre nosotros y los gorriones? Dios, en su providencia, nos cuidará y ayudará a dar testimonio, por pequeño que sea.

El ejemplo de San Agustín

San Agustín buscó la Verdad durante toda su vida, recorriendo todo el saber de su tiempo y alcanzando gran prestigio. Escuchaba con gusto a San Ambrosio, gobernador consular de las provincias de Liguria y Emilia, quien lo bautizó después de nueve años. Tras su bautismo, Agustín comprendió lo que Jesús vio: que la mies es mucha.

            A pesar de su deseo de recluirse en Tagaste, en Hipona fue obligado a ser sacerdote y, posteriormente, obispo; aceptó esta misión como voluntad de Dios al ver a la muchedumbre como «ovejas sin pastor». En sus Confesiones, relata cómo Dios lo liberó de sus miedos: miedo a la verdad, a entregarse, a la caridad, a la Iglesia y a los herejes. Descubrió que la verdad no se impone, sino que se propone, manifestando su amor a la Iglesia y su delicadeza hacia quienes estaban en el error. No buscaba aplastar, sino curar; invitaba a los demás a integrarse en la Iglesia y a descansar en la verdad. Era duro con la mentira, pero tierno con las personas.

Conclusión: vivir sin miedo

Debemos vivir sin miedo a la cultura, a los políticos, a los mentirosos asesinos ni a los egoístas. Debemos imitar su delicadeza con todos, especialmente con los más débiles y pequeños. Ante una mies tan inmensa, no desfallezcamos por sentirnos incapaces; recordemos lo que dijo San Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Jesús nos advierte para nuestra tranquilidad: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

            Feliz domingo en el que Jesús nos señala dónde mirar: la mies es mucha y hay muchos frentes que atender, sin miedo a nuestro egoísmo, a nuestro miedo paralizante, al «qué dirán» o a los que temen hacer el bien por miedo a hacer el ridículo. Valemos más que un gorrión: no tengamos miedo. Que la Madre del Buen Consejo nos conceda su generosidad.

 

 

divendres, 12 de juny del 2026

DOMINGO ORDINARIO XI

 

omentario al Evangelio del Domingo XI del ciclo A,

POR D. Joaquín Núñez Morant

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TEXTO DEL EVANGELIO

de San Mateo 9, 36, 10, 8

$^1$ «Llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia.

$^2$ Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo, y Juan su hermano; $^3$ Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; $^4$ Simón el Cananeo, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

$^5$ A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: "No vayáis a tierra de paganos ni entréis en ciudad de samaritanos; $^6$ sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. $^7$ Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. $^8$ Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis"».

COMENTAERIO

     Volvemos a los domingos del ciclo A, cuyo evangelista es San Mateo, un evangelista judío que escribe para una comunidad judeocristiana; nos ayudará mucho saber su lenguaje.

     En el capítulo 9,36, Mateo describe la visión que Jesús describe ”una muchedumbre…vejada y abatida como ovejas sin pastor”. En 10,8, “proclamad que ya llega el reinado de Dios: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad muertos, echad demonios”. Las notas de los tiempos mesiánicos que da como respuesta a Juan Bautista (Lc.7,22).

    Hoy también nos dice a nosotros “La mies es mucha…”. A Él se le removieron las entrañas, ¿hoy se nos remueven a nosotros?, ¿a los que se llaman pastores o a los que no son?. Los ciegos que creen ver, que solo ven su ombligo, o que cantan a coro como comparsa, los que solo ven su dedo y no la luna que indican. Son cojos cuyas piernas están adormecidas y son incapaces de atender a los demás; sus problemas familiares, su esposa o sus hijos, o aquellos de quien se dicen amigos. preocuparse y atender a enfermos de ansiedad, de depresión por que no alcanzan satisfacer su egoísmo.

    Les dice a los Apóstoles y nos dice hoy a nosotros: “la mies es mucha los obreros pocos. Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. La oración nos hace conscientes de nuestra vocación, no al sacerdocio sino al compromiso con nuestra fe, incluso por nuestra propia conversión. San Agustín estuvo nueve años sin saber orar. Por fin se dejó mirar en un jardín de Milán y lloro como un niño de alegría. Y de ahí salió el pastor que peleo con herejes, cuidó pobres y escribió las “Confesiones”. Como decía Santa Teresa “Yo lo miro y El me mira”. Agustín no pide ser sacerdote y se siente Pastor, cosa que hemos de enseñar a nuestros seglares con capacidad.

    En Hechos de los Apóstoles 6:1-6, leemos como la Comunidad descubre: “…Nos…parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas (de tareas caritativas y de otro signo). Por tanto hermanos escoged a siete, de vosotros…”. Resumo: quienes tengan una capacidad de responsabilizarse de las necesidades de una comunidad. San Agustín no quiso ser sacerdote, lo fue cuando se lo exigió la comunidad de Hipona y ser el predicado de su obispo San Alipio a quien sucedió.

   “La mies es mucha…”. Ante Jesús, ante Agustín y ante todos nosotros, vemos caras, no estadísticas, adolescentes deprimidos en riesgo de suicidio, ancianos solos, gente ahogada en vicios, familias rotas, con deudas y otras dependencias, esa es la mies de hoy, no solo la falta de fe, Jesús habla de símbolos como eran las enfermedades.

    ¿Por qué les dice a sus Apóstoles que no vayan a tierra de gentiles ni de samaritanos? Esta perícopa nos la cuela Mateo en su Evangelio destinado a comunidades judeocristianas, escrito entre los años 80-90. Nosotros no somos los destinatarios, pero podemos aprender de lo que se ha dicho a otros. Mateo repite para judíos las notas de los tiempos mesiánicos. “Curad enfermos, resucitad, muertos…”.

     Feliz Domingo por la enseñanza de Jesús: “siempre habrá mies que segar y pocos operarios”, “siempre habrá  ovejas sin pastor a quien acompañar hasta el redil”. “Que hagamos oración para descubrir cada cual su obligación”.

      Hagamos como María, decir SI a lo que descubrimos como operarios.

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Esta semana debería dedicar algunas líneas a la visita del Papa León  XIV a España; pero no me es posible. En todo caso, solamente diré que me sorprendió su atractivo modo de emitir su mensaje, que es el de Cristo y la claridad con que habló. Francamente, se le entiende todo.

Saludos cordiales, Miguel Mira

   

dimecres, 3 de juny del 2026

CORPUS. SE DECÍA QUE ESTE DÍA RELUCE MÁS QUE EL SOL, PERO...

 

            Estoy  seguro de que la festividad del Corpus es para nosotros algo más que un desfile meramente recordatorio de unas costumbres seculares ni tampoco una mera exhibición de un tesoro como lo es nuestra custodia. Ero confieso que la profundidad del misterio eucarístico cada año pierde fuerza. Es triste comentar que somos pocos quienes nos incorporamos a la fila de acompañantes. ¿Por qué? Con afecto, Miguel Mira 

 El Museu de la Seu, Museu dels Borja – Iglesia Colegiata de ...

Comentario al Evangelio en la Solemnidad del Corpus Christi,

por D. Joaquín Núñez Morant
Pasaje bíblico:

Juan 6, 51-58

La tradición de las procesiones y la catequesis

 

Donde vemos una gran catequesis es en las grandes procesiones de las ciudades de la Corona de Aragón. Se trata de una gran historia de la salvación, que comienza con la expulsión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, del Paraíso por haber pecado.

Continúa con una serie de personajes que aparecen en la Biblia —como Abraham, Noé y Moisés, entre otros—, pasando por profetas y evangelistas, para llegar finalmente a la Custodia que guarda la Sagrada Hostia. ¡El Salvador, la promesa del Padre, se cumple!

Sin embargo, eso no es lo que hoy se expone; actualmente predomina un hecho meramente cultural. A mayor espectáculo, menos catequesis. Únicamente se salvan las procesiones de las parroquias de pueblos pequeños o de parroquias menores.

 

La doctrina paulina y la primitiva comunidad cristiana

 

San Pablo es la fuente escrita más antigua que tenemos sobre la Eucaristía, datada alrededor de los años 53-55. El Evangelio de Marcos es posterior. San Pablo nos transmite la práctica habitual de la comunidad primitiva de Jerusalén en los años 30-40, cuyos miembros se reunían para celebrar «la Cena del Señor», a la que llamaban ágape o comida de amor. Esto nos confirma plenamente la fe de aquella comunidad en la presencia real del Señor.

De este modo, la doctrina paulina de los años 50 nos muestra lo que sabía y practicaba la comunidad cristiana respecto a la «Memoria del Señor» (Lc 22, 19). Así, Pablo afirma en su Primera Carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-29) que Jesús «tomó el pan diciendo: “Esto es mi cuerpo”» y, tomando el cáliz, dijo: «Esta es mi sangre».

En el mismo sentido, Pablo pregunta en 1 Cor., 10, 16: «El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?». Con ello afirma que no se trata de un simple recuerdo, sino de participar del único pan que nos hace un solo cuerpo, relatando la institución con las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo», «Esta es mi sangre».

Por consiguiente, la indignidad al comulgar no es de tipo puramente moral, sino que consiste en «no discernir el Cuerpo del Señor»; es decir, en no saber a quién se recibe. Hoy en día, esto es lo más frecuente en esas extensas filas que se forman en bodas, entierros u otras ocasiones en las que se participa masivamente en una Misa.

 

El testimonio de Juan y la crisis de fe

 

Por otra parte, encontramos el testimonio del Evangelio de Juan (Jn 6, 51-58). Parece que en la comunidad joánica se experimentaba una crisis de fe —no una crisis de la Iglesia institucional, sino de los propios oyentes de Cafarnaúm—, quienes se preguntaban: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

En el versículo 66 se añade: «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él». Ante esta deserción, Jesús no dulcifica su lenguaje, sino que lo repite hasta cinco veces; si no fuera una verdad literal, no habría tenido necesidad de insistir con tanta firmeza en esta realidad.

De ahí que siempre se requiera una catequesis, la cual no debe ser de tipo estrictamente académico, sino carismático, capaz de llegar tanto a la razón como al corazón. Hoy se necesita una catequesis urgente sobre esta verdad, y no podemos escudarnos en una falsa prudencia. Tarde o temprano, la catequesis encontrará su momento oportuno.

 

San Agustín: el amor que hace unidad

 

Casi cuatrocientos años después, san Agustín —el gran catequético de estilo dulce que no riñe ni amenaza— define la Eucaristía en su acción pastoral como «el amor que hace unidad». Agustín jamás separa la teología de la vida, ni el sacramento de la comunidad.

Sostenía que era preferible llorar fuera que comulgar en pecado dentro de la comunidad, refiriéndose no propiamente a una falta moral, sino, como indicaba san Pablo, al hecho de comulgar «sin discernir» adecuadamente el Cuerpo del Señor.

Él afirmaba con contundencia: «Sé lo que recibes; hazte lo que recibes». El pan consagrado es el Cuerpo histórico de Cristo, pero ese Cuerpo se extiende místicamente: somos nosotros, el Cuerpo Místico. Por ello, su pastoral era directa y clara: «No puedes comulgar y vivir dividido, peleado con tu hermano». La Eucaristía se celebra en el amor auténtico, no en la mera perfección litúrgica, puesto que él despreciaba el ritualismo vacío.

Lo verdaderamente esencial para él era el ordo amoris: poner a Dios en primer lugar, al prójimo después y a uno mismo de manera ordenada. Bien harían en escuchar esto los tradicionalistas que son fieles al rito, pero tal vez menos al ordo amoris. San Agustín repetía su famosa máxima: «Ama y haz lo que quieras». Un corazón bien ordenado por la gracia de la Eucaristía no requiere mil normas externas para actuar rectamente.

Su labor pastoral comenzaba por inflamar el deseo: predicaba la belleza de Cristo y la profunda miseria de vivir sin Él, hasta que los propios fieles exclamaban con fervor: «Lo quiero». Era un pastor brutalmente honesto, que prefería una Iglesia pequeña y verdaderamente enamorada a una multitud tibia y descuidada.

Reflexión final: más allá de la cabalgata cultural

En nuestras iglesias actuales vemos cada día menos fieles; no reconocerlo sería de ciegos. Aunque se observen miles de asistentes dispuestos a participar en las convocatorias del papa León XIV, no debemos engañarnos. El Santo Padre posee la virtud de atraer y enseñar con un estilo muy agustiniano, pero todo corre el riesgo de quedarse en «pintura al agua»: ante el primer chaparrón, todo se borra si no se acompaña de la catequesis pertinente.

En este feliz día del Corpus Christi de este año —uno más en el transcurso de nuestra vida—, cabe preguntarnos: ¿sabemos realmente lo que recibimos y somos verdaderamente lo que recibimos? ¿O acaso nos quedamos simplemente contemplando una hermosa cabalgata?

Una vez más, debemos pedir la gracia de saber a quién recibimos, para poder vivir con Él y ser plenamente como Él. Que María, Madre del Buen Consejo, nos acompañe siempre en este camino.

            Xàtiva, 3 de junio de 2026.

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dimecres, 27 de maig del 2026

EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

 

Comentario al Evangelio en la Solemnidad de la

Santísima Trinidad

Evangelio según San Juan (Jn 3, 1-6. 16-18)

        Jesús conversa con Nicodemo

            Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío.

            Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

            Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

            Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».

            Contestó Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

            Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu».

            Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 

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Este es el comentario de D. Joaquín Núñez Morant 

Las lecturas de este día solemne nos ofrecen las condiciones esenciales para vislumbrar el gran misterio de la Santísima Trinidad. En primer lugar, la fe fundacional que la Iglesia abraza desde sus orígenes a través de San Pablo; en segundo lugar —y sobre todo—, la humildad reverencial de Moisés ante la presencia de un Dios que desborda todo conocimiento humano. 

El camino de la humildad: San Agustín y el tratado De Trinitate.- 

San Agustín, el Padre de la Iglesia latina que más profundamente consagró su vida a la búsqueda de Dios desde la adoración y la humildad, dedicó quince años a la redacción de su célebre tratado De Trinitate. Él es el maestro idóneo para enseñarnos la reverencia de Moisés y la certeza de Pablo ante este misterio que todos anhelamos comprender. Con sabia lucidez, el santo de Hipona afirmaba: «Hemos hablado de Dios, pero seguimos balbuceando. Amemos, pues, aquello que no alcanzamos a comprender del todo».

            A veces, la mejor catequesis trinitaria consiste en declarar con sencillez: «Esto es lo que creemos». No pasa nada si el entendimiento no basta; el amor de Dios no depende de nuestra capacidad para explicarlo, sino del santo respeto con el que lo reverenciamos. Agustín nos enseña a renunciar a la obsesión de resolverlo todo. Su premisa fundamental era clara: «Si Dios es Amor, entonces tiene que ser comunidad».

El amor verdadero no existe en el aislamiento. Requiere, por naturaleza, de un amante, un amado y el amor mismo que los une.

 Las huellas de la Trinidad en el alma.-

Lo más brillante del De Trinitate es que San Agustín no se refugia en fórmulas abstractas. Al contrario, busca las huellas del Creador en el ser humano, recordando que fuimos modelados a su imagen y semejanza. Para ilustrarlo, nos regala dos analogías imperecederas: 

·        La estructura del alma: Memoria, entendimiento y voluntad. Son tres potencias distintas, pero constituyen una sola mente y jamás operan de forma aislada. 

·        -La dinámica del amor: El que ama, lo amado y el acto mismo de amar. Cuando amas, se activan tres realidades indisolubles: tú, el objeto de tu afecto y el lazo invisible que te une a él. 

El santo reconocía que, aunque estas analogías son hermosas, apenas nos asoman a la inmensidad de la Trinidad sin llegar a agotarla. 

Del concepto a la vida: El Espíritu Santo como comunión.

Para Agustín, el Espíritu Santo es el Amor subsistente entre el Padre y el Hijo. No es un objeto ni una fuerza impersonal: es una Persona. Por eso, cuando el Espíritu desciende sobre nosotros (como narra Juan 20, 22), no nos otorga una simple fortaleza externa; nos introduce en la intimidad divina y nos hace partícipes del flujo de amor eterno entre el Padre y el Hijo.

Si desterramos la dimensión trinitaria de nuestra existencia, corremos el riesgo de reducir a Dios a un legislador solitario que solo emite órdenes. San Agustín se mostraba inflexible con quienes pretendían transformar la fe en un frío código moral, un vicio en el que con frecuencia cae la piedad popular.

Este es un misterio exigente que demanda horas de oración comunitaria y una catequesis madura. En esta misma línea agustiniana se movía el papa León XIII, quien prefirió hablar menos de moralismo jurídico y actuar más desde la caridad viva, recordando que la paz es siempre fruto del diálogo y no de la condena entre adversarios. 

 Dejarse poseer por el Misterio.

Nuestra actitud actual debe reflejar la humildad amorosa de Agustín. Al concluir las páginas de su tratado, tras tres lustros de esfuerzo, el santo confesaba: «He buscado con todas mis fuerzas y, sin embargo, cuando creo rozar algo de su esencia, se me escapa. Porque Dios es infinitamente grande».

La humildad no es una claudicación intelectual; es el reconocimiento de que la razón no puede abarcar lo que solo el amor es capaz de sostener. La Trinidad es el misterio supremo, no porque Dios juegue a esconderse de nosotros, sino porque la Trinidad es Dios siendo Dios. Si cupiera en argumentos humanos, ya no sería Dios, sino una criatura de nuestra imaginación.

Por eso la Iglesia jamás ha condicionado la fe a la comprensión previa; su invitación es otra: «Cree por amor, y el amor te conducirá al corazón del misterio». Esta aceptación mística es la que nos capacita para perdonar cuando la lógica lo niega, amar cuando las fuerzas flaquean y rezar cuando faltan las palabras. El misterio es el que nos posee a nosotros, y no al revés. Esa es la dinámica que santificó a Agustín y la que está llamada a santificarnos a nosotros. 

Conclusión: Vivir el enamoramiento de Dios.

San Agustín lo sentenciaba sin rodeos: «Nadie puede dar lo que no tiene». Es imposible comunicar a Dios si no se convive con Él. El gran drama del cristianismo contemporáneo es que nuestra vida no siempre testifica lo que profesamos; manejamos una fe hecha de conceptos abstractos, pero vacía de experiencia vital. Hay quienes culpan a la crisis social de los males del mundo, cuando la verdadera crisis habita en nuestro propio vacío del amor divino. La Trinidad permanece inmutable; somos nosotros los que nos distanciamos de ella. Los teólogos no fabrican santos; los santos se forjan cuando confiesan, con los hechos de su vida, su total enamoramiento de Dios. Como nos recuerda el Evangelio de hoy: «El que cree en mí no será juzgado» —es decir, el que me ama y me conoce—; mientras que «el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios», pues ha elegido vivir al margen de esa comunión de amor. 

¡Feliz día de la Santísima Trinidad! Que San Agustín interceda por nosotros...

 

 ...ante la Madre del Buen Consejo.

 

Gracias por vuestra atención. Hasta pronto. Feliz domingo. Saludos cordiales, Miguel Mira