dimecres, 9 de setembre del 2026

"AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS..."

 

Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario,

Ciclo A. Mateo 18, 21-35

La parábola del siervo despiadado

 

TEXTO

 

            Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

            Jesús le dice: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

            Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer, sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.

            El siervo, echándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”.

            Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó marchar y le perdonó la deuda.

            Pero al salir aquel siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, le ahogaba diciendo: “Paga lo que debes”.

            Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”.

            Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel hasta que pagase lo que debía.

            Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

            Entonces su señor le llamó y le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

            Y montando en cólera su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que debía.

            Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano».

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

           

            “Sed santos, porque yo soy Santo” (1Pe 1,15-16). Así se nos invita a los cristianos a buscar la santidad, porque Dios es Santo. Hoy nos situamos en la dinámica del perdón, ese tributo divino que nos ha merecido la salvación. Jesús entregó su vida por amor al Padre para redimirnos, conforme a la justicia divina que comprenderemos plenamente cuando nuestro conocimiento se asemeje a Aquel que nos creó “a su imagen y semejanza” (Gen 1,26-27).

            En el Evangelio, Pedro pregunta: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

            Jesús nos propone la parábola, bien conocida, del rey que perdona a un siervo que le debía diez mil talentos de oro, una suma enormemente grande, una fortuna impagable. La magnitud de la deuda simboliza que el ofendido no es un ser humano, sino Dios mismo. Su justicia divina, como su misericordia y amor, es completa, sin división ni medida. Para entender esta parábola, es fundamental distinguir entre la justicia divina y la humana, que son muy diferentes. La narrativa puede confundirnos si no tenemos claro esto, y es esencial para comprender este Evangelio y otros similares.

            Cada día oramos y pedimos la justicia divina cuando decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Algunas ofensas son contra Dios y otras contra nosotros o contra otros.

            En la parábola, el otro siervo debía cien días de salario, aproximadamente tres meses de trabajo; hoy en día, muchos acumulamos deudas mayores. El siervo perdonado, en una lógica humana y sin misericordia, puede encarcelar a quien le debe, lo cual es siempre injusto porque falta el perdón cristiano.

Aquí se plantea una cuestión clave: ¿qué justicia seguimos? ¿La divina o la humana, la pagana o la cristiana? El rey que perdonó una deuda inmensa no perdonó al siervo que no mostró misericordia hacia otro. No fue por ofenderle a él, sino por ofender a un pobre.

            San Agustín, en su sermón 83 sobre este Evangelio, dice: “¿Qué es lo que Dios te perdona a ti, si tú no perdonas a tu hermano? Dios te perdona el mar, y tú no quieres perdonar una gota.”

Jesús advierte: “Si no perdonáis de corazón, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará” (v. 35). La clave no es simplemente “perdono porque Dios me perdona”. La clave es: si he sido perdonado a nivel divino, ¿cómo puedo actuar con justicia humana y no con misericordia?

Si somos cristianos, ya no vivimos bajo la justicia humana ni sólo con ética; debe guiarnos la justicia divina, que debe estar en nuestro corazón. Ser cristiano no es ser simplemente buena persona, sino vivir con la moneda de Dios. San Agustín nos recuerda en el sermón 218: “Existen dos tipos de hombres: los que piden perdón y los que lo dan. Si no eres de los que perdonan, ¿cómo puedes ser de los que reciben perdón?”

Finalmente, la conocida frase de Agustín, “Ama y haz lo que quieras,” hay que entenderla en su contexto completo: “porque el que ama de verdad no puede hacer sino el bien”. Si amamos, perdonamos con el mismo amor con que Dios nos ama. Si no, no hemos comprendido la deuda de los 10,000 talentos.

            Vivamos pues en la justicia divina y no en la humana, para ser santos.

            Feliz domingo, día en que el Señor nos enseña a perdonar como Él nos ama y perdona. Que la Madre de la Misericordia nos sostenga siempre.

***

            Hasta la próxima, saludos cordiales, Miguel Mira

 



dimecres, 2 de setembre del 2026

CUANDO DOS O MÁS...

                 Cuando dos o más estéis reunidos en  mi nombre...

            Queridos amigos: aquí tenéis el tema de la semana: Corrección fraterna; el poder de la misericordia; la oración en común y la presencia de Jesús entre nosotros…

            Evangelio del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo A

San Mateo 18, 15-20

Texto

            «Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que por boca de dos o tres testigos se resuelva todo asunto. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.

            Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

            Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

            El Evangelista escribe a su comunidad judeocristiana unas normas de conducta, las que Jesús está dando a sus seguidores para siempre. Venimos viendo, desde aquel pasaje de “Salió el sembrador a sembrar”, que no hay milagros de sanaciones y, en último término, de limpieza de pecados, según la manera de pensar de la cultura judía. Todo lo contrario: aquí Jesús habla a los de dentro, enseñándoles cómo han de vivir en comunidad. El cristiano está llamado a vivir con otros cristianos, en ayuda mutua y en enseñanza común.

            Leyendo este Evangelio, pensaba en san Agustín, a quien cito mucho. Como obispo, reúne grupos, lo que hoy podríamos llamar parroquias, de todo tipo: personas que quieren de verdad ser y crecer en la vida cristiana. Agustín no escribe una regla ni funda una orden. Pero, a lo largo de sus escritos y según las necesidades de su comunidad, nos va diciendo cómo ha de ser una comunidad cristiana.

            Y el Evangelio de este domingo nos presenta tres cosas muy concretas:

  • Primero, la corrección fraterna.
  • Segundo, el atar, vincular y perdonar con amor.
  • Tercero, la oración en comunidad.

            San Agustín nos dice: “No corrijas para humillar; corrige para ganar. Si lo pierdes, ya no lo corregiste: lo mataste.” La corrección cristiana no pretende hacer daño ni demostrar que uno tiene razón. Busca ganar al hermano. Corregir es un acto de amor cuando se hace desde el deseo sincero de que el otro vuelva al camino del Evangelio.

El segundo punto es el de atar y desatar, que nos asombra porque son las mismas palabras que Jesús dirige a Pedro y que ahora aparecen concedidas también a la comunidad. Los escrituristas, y menos aún los teólogos, no siempre comentan este versículo con amplitud, quizá porque puede crear problemas. Pero aquí Jesús da a toda la Iglesia algo que anteriormente había dado a Pedro. ¿Y qué significa atar y desatar? Atar es discernir aquello que no va de acuerdo con el Evangelio; es poner un límite por amor. Desatar es perdonar, acoger y dar otra oportunidad.

            San Agustín lo expresa de una manera muy hermosa: “La Iglesia ata con la disciplina y desata con la misericordia.”

            No puede existir una verdadera comunidad cristiana sin estas dos cosas: la verdad y la misericordia. Una comunidad que solo corrige puede convertirse en dura y juzgadora. Una comunidad que solo perdona, sin discernir ni poner límites, puede terminar aceptándolo todo. Jesús nos pide las dos cosas: firmeza en el Evangelio y misericordia con el hermano.

            Y llegamos al tercer punto: la oración en común.

Sin oración común no hay verdadera corrección ni verdadera autoridad cristiana. Primero nos ponemos de acuerdo con Él y después entre nosotros. Porque Jesús no nos deja solos para atar y desatar, para corregir y para hacer comunidad. Él mismo nos lo dice: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

            Como vemos, san Agustín casi no inventó nada: hizo comunidad con el Evangelio.

            ¡Qué bueno sería que nuestras comunidades, nuestras parroquias, tuvieran el fermento suficiente para ser un verdadero reflejo de este Evangelio!

Nos apartamos de él cuando no corregimos y, en cambio, criticamos o calumniamos. Eso no es corregir para ganar al hermano: es desatar la comunidad, romper los vínculos que deberían unirnos.

            Nos reunimos en las Eucaristías, en las misas dominicales, y parece que somos una misma cosa, que estamos unidos y desatados de todo aquello que nos separa. Pero incluso entre hermanos y feligreses que queremos ser ejemplares aparecen la vanidad, el orgullo y tantas actitudes que, como dice san Agustín, terminan deshaciendo la comunidad.

            Seguir lo que dice Agustín hoy es soñar con algo hermoso. Y digo Agustín, gran pecador, vanidoso, excelente orador y, sobre todo, converso. Precisamente por eso se nos hace cercano. Ha pensado una pastoral evangélica para su comunidad y nos la ofrece desde su propia humanidad.

            Agustín es humano. Es humilde y cariñoso con los suyos, pero también valiente con aquellos que pueden hacer daño a su comunidad. Nos enseña:        “Corrige al que yerra como te gustaría ser corregido: con dolor, no con rabia; para ganar un hermano, no para perderlo.”

            En nuestras parroquias no es frecuente la oración común con una intención concreta por los distintos asuntos de la parroquia, por sus necesidades o por las personas que necesitan nuestra ayuda.

            Y, sin embargo, deberíamos recordar: “Antes de tratar los asuntos, tratemos con Dios, porque si Él no está en medio, estamos solos.”

            Si Dios no está en medio de nuestra comunidad, podemos convertirnos en una organización más, en una ONG, en un grupo de personas que hace cosas buenas. Pero no por eso seremos necesariamente una comunidad cristiana.

            Por eso, en este domingo, no busquemos que la parroquia nos quiera a nosotros. Amemos nosotros a la parroquia, amemos a nuestros hermanos, y tendremos comunidad.

            Que la Madre del Buen Consejo nos enseñe a corregir con amor, a perdonar con misericordia, a mantenernos unidos y, sobre todo, a poner siempre a Cristo en medio de nosotros.

Que María nos ate al Evangelio y nos haga uno en el Uno, que es Cristo.

Feliz domingo.

***

            Estamos ya en septiembre. Todavía, no obstante, el calor sigue afincado y, a veces, nos enerva; pero ni nuestra fe ni nuestro sentido del discernimiento, de la responsabilidad, de mancomunidad están de vacaciones. Pienso que el ser consecuentes no se puede ejercitar a plazos, ya sea tórrido el verano o gélido el invierno; para el cristiano siempre es primavera, naturalidad, sencillez, proximidad, disponibilidad, entrega. Se nos ha dicho aquello de atar, desatar corregir, perdonar…, etc.; y sigo pensando otra cosa que también sabemos, pero suele pasar desapercibida: Dios que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti. Pues eso. Esta comunidad nazarena ha de ser ejemplo en el cumplimiento de aquello que hoy de manera tan clara no propone San Mateo, sabiendo como sabemos que somos más de dos o tres los que nos reunimos en nombre de Jesús y que tenemos su palabra de que está junto a nosotros. Es de bien nacidos ser agradecidos. Bendito seas Jesús porque no has pedido al Padre que nos saque del  mundo, sino que nos libre del mal y por estar siempre a nuestro lado.

            ¡Ah! Y siempre sin reproches en cualquier incidencia: Suaviter in modo, fortiter in re”: Es el resumen de la primera parte del evangelio…

            Un cordial saludo, Miguel Mira                      

 

 

 

dimecres, 26 d’agost del 2026

¿DE QUÉ CRUZ HABLAMOS...?

 

Domingo XXII del tiempo ordinario ciclo A.

 

            Santo Evangelio según San Mateo, 16, 21-27.

 

            “Desde entonces comenzó Jesús a decir a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer  mucho de los ancianos, de los sacerdotes y de los escribas; y ser muerto y resucitar al tercer día.

            Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti mismo; que no te acontezca esto de ninguna manera.

            Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Eres mi tropiezo, porque no poner las cosas en la mira de Dios, sino en las de los hombres.

            Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, la hallará. Porque ¿de qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo y pierde su alma? ¿O qué recompensa obtendrá el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su padre con sus ángeles y entontes pagará a cada uno según sus obras”.

 

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

  El domingo pasado concluía el Evangelio con la siguiente frase “Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.” Este mandato aparece en otras citas evangélicas. Nos sirve incluso para nosotros, ¿Sabemos qué entendemos por Mesías? Aquellos judíos, incluso los apóstoles, tenían un concepto muy claro sobre el Mesías, hijo de David. El restaurador del Reino. Dominador de los romanos. Una idea distinta de lo que en realidad era Jesús.

“Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”, afirmación inspirada por Dios.

   Jesús va explicando su destino en Jerusalén donde padecerá mucho por parte de los ancianos un tradicionalismo que concentra todo el poder que esclaviza al pueblo; el Templo es un lugar de pacto económico donde se compran los favores de Dios, un Dios terrible que juzga y castiga. Una idea que está presente entre nosotros, cuando judaizamos. Contra los Sumos Sacerdotes a los que les desmonta el negocio, los que recogen el dinero de los cepillos, con monedas purificadas que venden los cambistas a cambio de las monedas impuras romanas de curso legal.

   Jesús dice a sus discípulos “debo ir a Jerusalén” donde está el centro del poder, un poder perverso, tanto de los judíos como de los romanos, cambiar todo tipo de poder, origen de muerte, de guerras y de injusticias. Iniciar unos tiempos nuevos, frente a los viejos que son tiempos de egoísmo; un tiempo en el que quien posee riquezas es porque está bendecido por Dios. Allí, a manos de la estrategia, estructura social, “ha de sufrir, ser muerto”, pero ese no es el final, el final será victorioso, “al tercer día resucitará”. ¿Qué significa al tercer día?, no es una medida de tiempo, significa: “inmediatamente después”. El seguir a Jesús, que es Camino, Verdad y Vida, sólo se puede seguir con la fe en Él. Nadie de nosotros tiene experiencia de qué es resucitar.

   Ante estas ideas, Pedro le dice falto de fe, “No lo permita Dios”. Jesús lo dice y nos dice a cuantos pensamos en una Iglesia donde lo más importante es el “como siempre”, en el “antes era más bonito”, en una Iglesia acomodaticia para tener paz con todos, en el no molestar “ejerciendo la caridad”, “Apártate de mí Satanás”; es porque no rezamos bien el Padre nuestro cuando decimos “venga a nosotros tu reino” y “ hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo”.

    “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Qué difícil nos suenan estas palabras de Jesús; creemos que negarnos a nosotros mismos es algo extraño a nosotros, la Cruz somos nosotros, nuestros egoísmos, nuestras cobardías, nuestros miedos, descubrir quiénes somos en realidad, sacudiéndonos lo que nos ata, la Cruz no nos la da  Dios, Él nos ayuda a arrastrarla. Cuántas veces nos han cargado cruces de otros insoportables, o nos las hemos inventado nosotros, víctimas de espiritualidades que ignoran el amor de Dios. Dios solo quiere humildad y mansedumbre, incluso para consigo mismo. Ahora entenderemos cuando Jesús nos dice: “Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará”. Una frase que significa: cuando uno ama como Dios nos ama, olvidando nuestro egoísmo, nos reflejamos con el mismo amor que Dios nos tiene, somos quienes de veras hemos de ser.

   Para san Agustín, la frase de Jesús es una profunda lección de interioridad y desapego. Sostiene que el verdadero amor a uno mismo consiste en “odiarse” a uno mismo en este mundo, es decir, negar nuestros deseos egoístas, aquello que nos despersonaliza. Es purificar nuestro yo real para, por amor de Dios, ser quien en realidad somos. (el tema lo trata en muchos de sus sermones).

 ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma?. Esta frase convirtió a San Francisco de Borja, conversión que valió para aprobar por el Papa Pablo III (el papa Farnesio) la Compañía de Jesús.

    Feliz domingo, olvidémonos de nosotros mismos, eso que nos costaría mucho de definir, para encontrarnos en el amor de Dios. Que la Virgen del buen consejo nos lleve de su mano.

Nuestra Señora del Buen Consejo

            Dice D. Joaquín que “nos costaría mucho de definir olvidarnos de nosotros mismos para encontrarnos  en el amor de Dios” De definir no creo que nos cueste nada, porque ya lo hemos oído unas cuantas veces y abemos de qué se nos está hablando. Pienso que lo que nos cuesta es de asumir consecuentemente con la fe que decimos profesar.

            Me uno a la invocación a la Virgen del Buen Consejo, en súplica de que nos dé la capacidad de atención y  discernimiento y que esta palabra que se nos ofrece caiga sobre terreno fértil y no “com si sentirem que plou”.

            Un propósito: como ayer (lunes 24 de agosto) se decía en el evangelio de San Mateo cuando Bernabé  le preguntaba irónicamente a Felipe si de Nazaret podía salir algo bueno: que seamos capaces de hacer lo mismo que Felipe y proclamar delante de quien quiera que nos interpele aquello de ¡Ven y verás!

            Hasta la próxima. U n abrazo, Miguel Mira