dijous, 22 d’octubre del 2026

¿CUÁL ES EL MÁS IMPORTANTE DE LOS MANDAMIENTOS?

 

            Estamos llegando al final del tiempo ordinario, ciclo litúrgico A, del presente año 2026 y la Iglesia nos propone el texto del Evangelio de San Mateo 22, 34-40:

***

Hilo conductor

«Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo»

TEXTO

            “En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

—«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

            Él le dijo:

—«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas».

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Lo de más valor siempre está en los joyeros pequeños. La simplicidad de este Evangelio cabe en apenas línea y media: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser». Jesús responde a los fariseos (aliados en este contexto con el sentir de la época) con la Torá en la mano. Para algunas corrientes de la época, la predilección de Dios se manifestaba únicamente a través de la salud y las riquezas. Nosotros «judaizamos» cuando pensamos que el Señor premia o castiga en este mundo dando prosperidad a los malos o desgracias a los buenos.

Jesús añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas». Esta respuesta desbarata tanto la visión de sus interlocutores como muchas de las creencias equivocadas que aún conservamos.

A lo largo de los siglos, a veces se ha atormentado a quienes se lamentaban de sus desventuras, enfermedades o contrariedades, diciéndoles que eran «pruebas que nos envía el Señor» y lindezas parecidas. Incluso se ha enseñado que son sufrimientos enviados por Dios para unirnos a la Pasión de Cristo. ¡Todo lo contrario! Una cosa es que yo pida al Señor participar de su Pasión y ofrezca libremente las dificultades que la vida me presenta, y otra muy distinta considerar que las adversidades que sufre la gente son un castigo divino. Son, en realidad, fruto de las diversas circunstancias de la vida que todos atravesamos. A unos les servirá para bien y a otros para mal; unos cobran fuerzas en el fracaso y otros se deprimen.

En el Padre Nuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación». En el texto griego se refiere también a «las pruebas»: le pedimos que nos ayude e ilumine en las dificultades de la vida. Que nos libre del mal es otra petición complementaria, pero siempre hemos de saber qué es lo que pedimos.

El amor a Dios y el amor al prójimo son los que garantizan la lucidez para vivir como verdaderos cristianos. Si decimos amar a Dios de palabra pero no amamos a nuestros lejanos ni a quienes tenemos al lado —quienes dejan de ser nuestros «próximos»—, nuestra vida de fe no nos define. Seríamos meros herederos de una cultura cristiana en la que se ha quedado reducida parte de Occidente. Seríamos cristianos por costumbre, usando la liturgia como un bien de consumo «porque siempre se ha hecho así». En esos casos, los días de fiesta terminan convirtiéndose en devociones rutinarias hacia una Virgen, un Santo o un Cristo a los que se acaba venerando casi como a ídolos tribales.

A orar se aprende orando: hablando con Dios, hablando con Jesús. «Señor —le dice Felipe—, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn.14, 8-9). Esa puede ser también nuestra petición, y Jesús nos responderá como a él: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Ese conocimiento solo se alcanza en la oración, que nos lleva a amar a Jesús a medida que lo conocemos.

San Agustín nos enseña cómo intimar con Dios en la oración amorosa: es la conversación íntima con Dios y la expresión profunda del deseo humano hacia Él. Es un diálogo del hombre con su Creador. Agustín, tras años de búsqueda, encontró a Dios en su propio interior.

Ante Dios no necesitamos un lenguaje perfecto. Podemos comenzar en un grupo de oración que, aun con torpeza pero con humildad, hable con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Dios escucha lo que desea nuestro corazón aunque solo balbuceemos con la lengua.

Qué hermoso sería que en cada parroquia o comunidad tuviéramos un grupo sencillo y libre de oración —sin manipulaciones—, donde poco a poco aprendiéramos a hablar con Dios, a amarle y a sabernos amados por Él, aprendiendo al mismo tiempo a conocer y amar a los prójimos que oran a nuestro lado.

¡Feliz domingo! Que este día nos enseñe a conocer y amar a Dios y a nuestros hermanos. Que María, Madre del Amor Hermoso, nos enseñe a amarle y a sentirnos amados por Él.

***

            Os anuncio que tras los comentarios correspondientes a Todos los Santos y al Domingo XXXII del tiempo ordinario, nuestro amigo y colaborador, por cuestiones de salud, dejará ya de enviarnos sus siempre interesantes reflexiones sobre la palabra de Dios. Es de agradecer su esfuerzo y disponibilidad, así como la motivación hacia un camino renovador de lo que él llama (y lo son) rutinas, animando a practicar una oración menos formal y más auténtica, una oración en que dejemos que el Señor sea quien nos hable, una actitud dispuesta a dejar siempre un amplio hueco en nuestro corazón en que habite Cristo, siendo consecuentes con la fe que decimos profesar.

            ¡Gracias Chimo por todo este tiempo de animarnos con tus pláticas a ser cristianos de cuerpo entero!

            Un abrazo, Miguel Mira  

dilluns, 19 d’octubre del 2026

"LA TRAMPA"

 

ADENDA

AL DOMMINGO XXIX (A) bis

 

            Por razones que desconozco, el pasaje del Evangelio a leer el domingo último era el que ofrecimos en la entrada anterior con el comentario de nuestro amigo y colaborador D. Joaquín Núñez. Sin embargo, en la Misa de ayer se leyó el que conocemos sobradamente, relativo a la trampa en que fariseos y herodianos quieren enredar a Jesús.

            Por ello, como lo que abunda no daña, me permito ofreceros un comentario relativo a este significativo relato evangélico ed San Mateo, 22, 15-22.

Resumen:

Los fariseos se unen a los herodianos para tender una trampa a Jesús y preguntarle si es lícito pagar el impuesto al César. Jesús, pidiendo un denario y señalando la imagen del emperador, pronuncia su célebre frase: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

           


            El texto que se nos propone nos confronta con una verdad fundamental: Dios es el único Señor de la historia. Ningún poder político, económico o social terrenal puede suplantar la soberanía divina. Sin embargo, esto no nos aísla de la realidad social, sino que nos compromete a vivir en ella con una profunda coherencia de fe.

            Este pasaje nos muestra una de las trampas más astutas hechas a Jesús. Los fariseos (nacionalistas en contra de Roma) y los herodianos (colaboracionistas con el Imperio) se alían para arrinconarlo. Si respondía que "sí" al impuesto, el pueblo lo consideraría un traidor a Dios; si respondía que "no", las autoridades romanas lo detendrían por rebelión.

            Jesús desmonta la trampa con sabiduría divina:

El valor relativo del dinero ("Lo del César al César"): Al pedir la moneda (están usando la del Imperio), Jesús les hace ver que ellos, al usarla,  participan de los beneficios económicos y políticos del Estado (carreteras, orden, comercio, bienestar, es decir, de aquello que el emperador está obligado a procurarle al pueblo en paga por su aportación al fisco). Por ello, cumplir los deberes ciudadanos de justicia y orden social es legítimo. El estado tiene su autonomía legítima.

            De otra parte pone de manifiesto el valor absoluto de la persona ("A Dios lo que es de Dios"): La habilidad argumental de Jesús va mucho más allá. La moneda lleva grabada la cara del César porque le pertenece al Estado. Pero, ¿dónde está grabada la imagen de Dios? En el ser humano (Génesis 1, 27: «Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó.»). Por lo tanto, mientras que al Estado se le puede pagar un impuesto material, el ser humano entero (su alma, su conciencia, su dignidad y su vida) le pertenece solo a Dios –incluido el César-.

            Así pues, el cristiano debe ser un ciudadano responsable y constructivo, pero su lealtad absoluta y última es hacia el Creador.

            Consecuentemente, la dignidad humana no se negocia: El César (el Estado o los poderes económicos) a menudo intenta adueñarse de las personas, tratándolas como meras mercancías o herramientas de producción. Jesús nos recuerda que, dado que llevamos el sello de Dios, nuestra dignidad es inalienable.

            Al cristiano se le exige coherencia porque no vive en una burbuja. "Dar al César" significa trabajar por el bien común, pagar impuestos justos, respetar las leyes y construir una sociedad más fraterna desde las responsabilidades cotidianas, pero siempre iluminado por la luz del Evangelio.

           

            ( Podría callar y firmar el comentario así por las buenas; pero la verdad es que estas consideraciones las he entresacado de un amplio comentario sobre las lecturas de ese domingo XXIX del ciclo A, que he encontrado en la IA y me ha parecido muy acertado. Espero que sea provechoso)

 

            Saludos cordiales, Miguel Mira

            19 de octubre de 2026«Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó.»

dijous, 15 d’octubre del 2026

¡Señor, sálvame!

 

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)   San Mateo14, 22-33

TEXTO 

      En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vela de la noche, Jesús vino a ellos caminando sobre el mar.Y los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron, diciendo: «¡Un fantasma!» Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: «¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!» Entonces le respondió Pedro, y dijo: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.» Y él dijo: «Ven.» Y descendiendo Pedro de la barca, caminaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: 

«¡Señor, sálvame!». Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? » Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»           

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant 

            Este evangelio se nos presenta hoy por algo muy concreto. La oración de Jesús al Padre y la oración de Pedro son la clave de todo el pasaje. La Iglesia, desde el principio, ha distinguido los rezos mecánicos o de cariz judaizante de dos realidades hondas: por un lado, la oración a la que Jesús se dedica retirándose a solas para hablar con su Padre; por otro, la oración sencilla y directa de Pedro cuando clama: "Señor, sálvame", que es una súplica urgente y personal.

Si repasamos las páginas del Nuevo Testamento, vemos que los apóstoles le piden a Jesús que les enseñe a orar. Su respuesta fue: "Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre..." y lo que sigue. Sin embargo, nosotros a menudo hemos convertido esa oración modelo en un simple rezo repetitivo, perdiendo de vista que se trata del guión y el espíritu para dialogar con Dios nuestro Padre que está en el cielo. El día de Pentecostés, la comunidad, la Iglesia, está en oración en el momento de la venida del Espíritu Santo, en una oración comunitaria y de contemplación ante la Muerte y Resurrección de Jesús. En los Santos Padres hay cientos de citas que nos muestran cómo, desde el principio, la Iglesia ora a Dios imitando a Jesús. Como recogen los Hechos de los Apóstoles (Hch. 2, 42): "Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones". No se trata de la vivencia aislada de un místico, sino de las oraciones de la comunidad.

Los testimonios bíblicos y patrióticos que poseemos hablan siempre de comunidades en oración. En el pasado hemos contado con paraliturgias donde todo estaba tan estructurado que apenas había ocasión para la vivencia personal. Hemos ensayado mil formas que a veces han decaído por resultar inefectivas, tanto a nivel comunitario como personal.

Necesitamos una pastoral en la que se enseñe a orar, y la única forma de aprender a orar es orando, empezando muchas veces en pequeños grupos. Se aprende diciendo con Santa Teresa: "Él me mira y yo le miro". En total silencio, con humildad, sin pretender oír voces extraordinarias. Dios se manifestará; nosotros no podemos dirigir el encuentro. Es Dios quien nos encuentra en nuestro silencio. No somos nosotros, con nuestra "escandalera" de peticiones —pidiendo lo que creemos que nos conviene y lo que no—, los que llevamos la batuta; eso se convierte a veces en un mareo donde no oímos a Dios, sino que nos oímos a nosotros mismos. Eso no es orar, es reflexionar con uno mismo y buscarse la propia solución. Hay que orar abriéndose a la bondad de Dios con toda humildad y aprender a escuchar Su lenguaje. A veces nos dará miedo; oiremos o intuiremos algo de lo que somos capaces y eso nos asustará. Pero entonces Jesús nos dirá: "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!", estoy a vuestro lado. Como a Pedro, siempre nos asaltará la duda, y siempre diremos: "Señor, sálvame", para concluir con amor tomando su mano y confesando: "Tú, Señor, eres el Hijo de Dios".

Feliz domingo. Que nuestra oración, comunitaria y personal sea el encuentro con el buen Jesús, motivo de nuestra alegría y nuestra ilusión. Que la Madre del Amor Hermoso nos lleve de su mano.