dilluns, 26 de gener del 2026

EL MIEDO DE NURIA

 

Una entrevista interesante

Foto de Enrique 

Con D. Enrique Bonete Perales

Catedrático

 

            Como saben, acabado el forzoso internamiento a causa de la pandemia, el primer Pregón de la Semana Santa se celebró en 2022 en la Iglesia de San Francisco, pronunciándolo  Don Enrique Bonete Perales, catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Salamanca, aunque es oriundo de L’Alcudia de Crespíns, nos fue recomendado por nuestro amigo Rvdo. D. Juan Aguilar, a quien Dios haya, y amigo de quien fuera Abad de la Colegiata D. José Canet.

            Por razones que ahora no vienen al caso, se mantiene entre nosotros una buena amistad y, de vez en cuando, comparte conmigo alguna de sus publicaciones. Recientemente presentó en Valencia su último e interesante libro “Querido profe, me invaden las tinieblas” 

            El pasado día 20 de enero, “La Vanguardia” publicó una entrevista, que D. Enrique ha tenido la amabilidad de enviarme por whatssApp, que he leído y, la verdad, aunque trata de una cuestión de la que normalmente solemos huir, me parece de vital importancia, porque nos compromete en algo que, queriendo o sin querer, en algún momento de duda o de ansiedad, preocupados, entiendo que incita a la reflexión.

            La base de la entrevista es el citado libro. Quiero compartirla con vosotros, amigos lectora de este modesto blog.

 

            -“En enero del 2017 recibí un correo de Nuria, una alumna que haa

tenido en clase de ética diez años

atrás. Ahora tenía 33 años, le haan

diagnosticado un ncer de colon de pronóstico grave.

-¿Qué quería?

-Recordaba mis clases de tanatoética, haa

guardado y releído los apuntes, y me dijo que le ayudaban porque estaba muy angustiada.

-¿Qué le respondió?

-Escríbeme cuando quieras y yo te responderé. Le conté que estaba escribiendo un libro

que le sorprendería, “El morir de los sabios”.

-¿Sobre cómo mueren los filósofos?

-Sí. Me pidió que fuera compartiendo con ella lo que escribía. A partir de ase fue entablando una relación cada vez más íntima, al

mismo tiempo que intelectual.

-Eso implica una gran responsabilidad.

-Muchísima. En algún momento me habló del

suicidio. Yo le respona siempre desde la luz

de los filósofos. Después de esos intercambios,

no volvió a mencionarlo.

-¿Qué le contó?

-Le hablé de Schopenhauer, que dea que no

deamos temer a la muerte porque es como dormirse, perdemos la conciencia.

-¿La convencía?

-Lo discutíamos. Ella tenía nico a desaparecer.

Entonces hablábamos de Montaigne: el

miedo nace del apego al yo, a los bienes, a los

afectos. Vivir es ir despidiéndose.

-¿Era creyente?

-No, pero tenía mucho interés. Hablamos de

Unamuno, de la posibilidad de que, si Dios existe, haya otra vida.

-¿Qué decía ella?

-“Ojaeso fuera verdad, profe”. Ahí se estableció

una inquietud, un anhelo. Me dea:

“¿Y usted cree en la resurrección de Jesucristo; eso es posible?”. Tenía muchísimas dudas

y cuanto s frágil estaba, más inquietudes.

-La filosofía les llevó a una honda relación.

-Yo le explicaba con sinceridad lo que creo, y ella sus dudas profundas sobre el futuro que

le esperaba. Fue una conexión que aún me

conmueve… y también me alegra.

-Explíquemelo.

-Me alegque, de un modo providencial, pudiera

escribirme con ella. Nos respetábamos

en un diálogo entre una chica que no es filósofa y un filósofo, una atea y un creyente. Estoy

convencido que al final tuvo serenidad.

-Eso ¿Por qué?

-“Ya no tengo tanto miedo a la muerte, profe –me dea–. No sé si Dios existe o no, pero en

todo caso, si existiera habría otra vida; y si no,

no tengo miedo a nada, ha merecido la pena”.

-¿Por algo en concreto?

-Se reconcilió con sus padres. Se sintió querida. Arregló cosas pendientes.

-Hay correos estremecedores...

-Mucho. “Profe, me invaden las tinieblas y tengo miedo. Disculpe mi pesimismo; a veces

Ahoga, especialmente durante las noches

cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio inquietante”.

-Se lo sabe usted de memoria.

-Durante una época los releí de manera obsesiva: “en realidad se podría decir que la oscuridad

mental es algo así como mi estado s

duradero. Una constante compañera”.

-Te deja sin habla.

-Y sigue: “Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los sabios que usted tanto estudia. Sin sus correos, profesor, estaría perdida”. La filosoa puede ser una terapia real. Epicuro

dea: “Vana es la palabra del filósofo que no cura el sufrimiento del alma”.

-El miedo a la

muerte se puede serenar. Pensamos que moriremos de viejos.

-Claro, como Nuria, pero mueren a diario bes,nos, jóvenes. Vivimos inmersos en la finitud.

-Pero nosotros solo queremos no sufrir,

estar tranquilos y que no nos pase nada.

-Exacto, es un deseo letimo, pero no es real. La filosoa

nos enseña a integrar la muerte en la vida. Es extraño, pero cuanto s se piensa en la muerte, más se aprovecha la vida; y cuanto menos se piensa en ella, más insatisfechos.

-¿En esencia?

-Hay que vivir el presente amando. Todo lo des

es secundario. La felicidad consiste en

hacer el bien sabiendo que en cualquier momento

podemos morir. Mi alumna me dea:

“Profe, cuánta ran tenía neca”.

-¿A qué se refería?

-“Me he pasado la vida proyectando sobre el futuro y no he sabido vivir el presente. No he

sabido vivir, profe. ¿Y ahora qué?”.

-¿Usted pensaba que se curaría?

-Sí, pero ella sentía que no. La muerte es una maestra. “¿Qué es lo s importante de la vida?”, nos pregunta. Al morir lo sabemos: haber amado.

Un a dejé de recibir sus correos,

insistí, pero nunca contestó. Murió. El silencio fue sobrecogedor. Le dediqué “El morir de

los sabios”.

-¿Y usted cómo lo vivió?

-Leía sus correos y lloraba. Era obsesivo. Estuve

a punto de destruirlos, pero los guardé y

prometí no volver a leerlos. Recé mucho por ella, se meten mi alma.