Vamos a vamos a estrenar un nuevo año, un 2026 que, en principio no se
nos augura mejor que el 25, lo que nos obliga a redoblar nuestros esfuerzos y
nuestras oraciones para tratar de conseguir lo contrario: que al fin deje este
mundo de asemejarse al anuncio del final de los tiempos y se parezca más a
aquel momento que se narra en el pregón de la Navidad, cuando dice aquello de “estando el
mundo en paz…”
Hoy, al proponérsenos en el evangelio la escena de la adoración de los
pastores, es decir, el momento del nacimiento, creo que es perfectamente
compatible con el comentario de D. Joaquín, el texto de la homilía pronunciada
por el Papa León en la Misa de
Nochebuena, por lo que no me voy a privar de copiar aquí la preciosa,
sencilla y motivadora alocución, que fue como sigue:
Queridos
hermanos y hermanas:
Durante milenios, en todas partes del
mundo, los pueblos han escrutado el cielo dando nombres y formas a estrellas
mudas; en su imaginación, leían en ello los acontecimientos del futuro buscando
en lo alto, entre los astros, la verdad que faltaba abajo, entre las casas. Sin
embargo, como a tientas, en esa oscuridad seguían confundidos por sus propios
oráculos. En esta noche, en cambio, «el pueblo que caminaba en las tinieblas ha
visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha
brillado una luz» (Is. 9,1).
He aquí la estrella que sorprende al
mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la
ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). En el tiempo y en el
espacio, allí donde estamos, viene Aquel sin el cual nunca habríamos existido.
Vive entre nosotros quien da su vida por nosotros, iluminando nuestra noche con
la salvación. No hay tiniebla que esta estrella no ilumine, porque en su luz
toda la humanidad ve la aurora de una existencia nueva y eterna.
Es el nacimiento de Jesús, el Emmanuel. En
el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo, «a fin de librarnos
de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido» (Tt 2,14). Nace en la noche Aquel que
nos rescata de la noche: ya no hay que buscarla lejos, en los espacios
siderales, la huella del día que alborea, sino inclinando la cabeza en el
establo de al lado.
La clara señal dada al oscuro mundo es, de
hecho, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Para encontrar al Salvador
no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de
Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido; la elocuencia del Verbo
eterno resuena en el primer llanto de un infante; la santidad del Espíritu
brilla en ese cuerpecito limpio y envuelto en pañales. Es divina la necesidad
de cuidado y calor que el Hijo del Padre comparte con todos sus hermanos en la
historia. La luz divina que irradia este Niño nos ayuda a ver al hombre en cada
vida que nace.
Para iluminar nuestra ceguera, el Señor
quiso revelarse al hombre como hombre, su verdadera imagen, según un proyecto
de amor iniciado con la creación del mundo. Mientras la noche del error
oscurezca esta verdad providencial, «tampoco queda espacio para los otros, para
los niños, los pobres, los extranjeros» (Benedicto XVI, Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2012). Las palabras del Papa Benedicto
XVI,
tan actuales, nos recuerdan que en la tierra no hay espacio para Dios si no hay
espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio,
donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo
puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el
arca de la nueva alianza.
Admiremos,
queridos amigos, la sabiduría de la Navidad. En el niño Jesús, Dios da al mundo
una nueva vida ―la suya―, para todos. No es una idea que resuelva todos los
problemas, sino una historia de amor que nos involucra. Ante las expectativas
de los pueblos, Él envía un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el
dolor de los miserables, Él envía un indefenso, para que sea fuerza para
levantarse; ante la violencia y la opresión, Él enciende una suave luz que
ilumina con la salvación a todos los hijos de este mundo. Como señalaba san
Agustín, «tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te
podía levantar» (Sermo in Natale Domini,188, III, 3). Sí, mientras una
economía distorsionada induce a tratar a los hombres como mercancía, Dios se
hace semejante a nosotros, revelando la dignidad infinita de cada persona.
Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios
quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud. ¿Será
suficiente este amor para cambiar nuestra historia?
La respuesta llega en cuanto nos
despertamos, como los pastores, de una noche mortal, a la luz de la vida
naciente, contemplando al niño Jesús. En el establo de Belén, donde María y
José, llenos de asombro, velan al recién nacido, el cielo estrellado se
convierte en «una multitud del ejército celestial» (Lc 2,13). Son huestes desarmadas y desarmantes, porque cantan la
gloria de Dios, cuya manifestación en la tierra es la paz (cf. v. 14); en el
corazón de Cristo, en efecto, palpita el vínculo que une en el amor el cielo y
la tierra y el Creador con las criaturas.
Por
eso, hace exactamente un año, el Papa Francisco afirmaba que el
nacimiento de Jesús reaviva en nosotros «el don y la tarea de llevar esperanza
allí donde se ha perdido», porque «con Él florece la alegría, con Él la vida
cambia, con Él la esperanza no defrauda» (Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2024). Con estas palabras
daba comienzo el Año Santo. Ahora que el Jubileo llega a su fin,
la Navidad es para nosotros tiempo de gratitud y de misión. Gratitud por el don
recibido, misión para dar testimonio de este don al mundo. Como aclama el
salmista: «Canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su
victoria. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los
pueblos» (Sal 96,2-3).
Hermanas
y hermanos, la contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia
una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que
es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque
Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el
don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la
esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros
de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al
encuentro del amanecer del nuevo día.
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Solemnidad
de Santa María Madre de Dios,
Evangelio
de San Lucas 2, 16-21.
“Fueron entonces a toda prisa y encontraron a María y a
José, y al niño acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que se
les había dicho acerca de aquel niño;
y cuantos lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores decían.
María, por su parte, guardaba
todas estas cosas y las meditaba en su corazón.
Los pastores se volvieron
glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo
que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho
días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el
ángel antes de ser concebido en el seno materno.”
COMENTARIO
Por D. Joaquín Núñez Morant
Primer día del Año que comenzamos. Un día
lleno de contenidos que se ha enriquecido a lo largo de la Historia.
Últimamente, el Papa Juan Pablo II solemnizó esta fecha, dedicándola a la
Maternidad Divina de María. En otras circunstancias fue el dulce Nombre de
Jesús, como manifiesta el evangelio de san Lucas, que se nos propone en estas
fechas. San Pablo VI quiso subrayar lo que le preocupaba a él, como era la Paz
en plena “Guerra fría”. Estábamos en el inicio de tantos motivos que nos
preocupan hoy en esta sociedad tan lejos de una Paz pacificadora que tanto preocupa al Papa León. Recemos y
meditemos con él por la Unidad en la Iglesia, la Paz del mundo, por que seamos
capaces de cuidar la Naturaleza, casa común, y por la erradicación de la
pobreza y la atención a los pobres.
Muchas cosas nos congregan en este día
primero de este Año Nuevo.
Desde siempre, en la Historia de la
Iglesia está presente el amor admirativo a María. Si consultamos la Patrística,
nos enseñan tanto san Ireneo, san Justino y san Epifanio la importancia, no de
la devoción, sino de de María en la Historia de la Salvación, al considerarla
la “Theotokos” (Madre de DFios) que se afirma como Fe común en el Concilio de
Éfeso del año 431. La Comunidad cristiana reza a la Madre de Dios con el Ave
María desde el siglo III y el “Bajo tu Amparo nos acogemos Santa Madre de
Dios”, y se celebran los días santos de la Encarnación y de la Asunción a los
cielos. En Roma, en la Basílica de Santa María la Mayor, hay una hermosa Imagen
de María Reina de la Paz, que el Papa Benedicto XV mandó colocar en el lateral
del templo; pocos se paran, pero es bellísima, con una mano levantada, como
diciendo “Basta ya” y el Niño con una rama de olivo, símbolo de la Paz.
El dulce Nombre de Jesús lo celebramos el
día 3, pero en el evangelio de hoy leemos “le impusieron el nombre de Jesús,
aquel mismo que había dicho el ángel antes de que el niño fuera concebido”
(Lc.2,21) y (Mt.1,20-21).
Lo más hermoso del evangelio de Lucas es
descubrir a los primeros voceros, unos pastores, que proclamaron clamorosamente
que el Mesías esperado había nacido en Belén. ¿Qué opinaba la sociedad judía de
los Pastores?: una gente despreciable, unos que cuidaban ovejas ajenas; y el mismo
Jesús nos describe a los que debían ser pastores de su pueblo como ladrones y
asesinos. Sin embargo, Lucas los presenta como los primeros que descubren a
Jesús. Y Jesús se llama a sí mismo como el “Buen Pastor” (Jn. 10,11-15). ¿Quién
nos anuncia hoy que Jesús ha nacido?, ¿la Iglesia Oficial?, es su oficio y
vocación, pero, como en el evangelio de San Lucas, además, de ser “los
pastores”, es decir, la pobreza que clama al cielo.
El Papa León nos ha dejado un admirable
mensaje, aunque sólo me referiré a su inicio citando a San Pablo: “Hablar bien
de los demás es algo que concierne a todos, incluso al Papa. Bendigan y no
maldigan y no murmuren”, algo que hemos de practicar todos nosotros o, de lo
contrario, hacemos imposible la misión, la evangelización, que es la Misión que
Jesús encargó a la Iglesia, razón última de su nacimiento.
Feliz inicio del Año Nuevo. Somos pastores
que, con inmensa alegría, anunciamos al Príncipe de la Paz que se nos presenta
totalmente desarmado y como Niño desvalido cuyas armas son la ternura. Y una
Madre de La Paz, esposa amada y amante de un esposo, San José, defensor y
educador de su Familia.
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La próxima entrada será la correspondiente al próximo domingo 4 de enero de 2026, Dios mediane. FELIZ AÑO NUEVO. Saludos cordiales, Miguel Mira