dimecres, 7 d’octubre del 2026

SOMOS INVITADOS AL BANQUETE

 

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Hoy leemos la parábola del banquete nupcial:

 

San Mateo 22, 1-14

TEXTO

            Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:

            «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebraba la boda de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, con este encargo: "Decid a los invitados: "Mirad, mi banquete está preparado, mis toros y mis animales cebados han sido degollados y todo está listo; venid a la boda"". Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda". Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

 

            Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" Él se quedó callado.  Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes". Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

 

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

           

            El evangelio de este domingo lo sabemos de memoria, como también su explicación. Todos sabemos quién es el rey: Dios, que prepara una boda, la de su Hijo. No una asamblea, ¡una fiesta, la Eucaristía!, a la que se nos convoca. Jesús lo sitúa en una historia de salvación, desde la promesa de Dios Padre en el Paraíso (Gn.3,15). Pero ahora la hemos de hacer nuestra. Entonces y ahora hay mil excusas, en este tiempo más que nunca. Hay que salir a los caminos y llamar a todo el mundo; la llamada es universal. Y todos hemos de ir con las vestiduras blancas del bautismo. Sin embargo, hoy hay miles de personas que no llevan su vestidura blanca; está sucia por el abandono. ¡Cuántas veces participan del banquete sin ser conscientes y somos testigos de esa realidad!

Pero hay unos personajes de los que nunca se comenta y que son profetas fundamentales: los criados. ¿Qué significa "criado"? Aquel que ha sido criado, alimentado y enseñado desde pequeño en la casa; el que conoce al Señor y lo que le gusta, y que no necesita que se le mande lo que debe hacer. Son los profetas de hoy y de siempre, todos nosotros; y lo que no hagamos nosotros, quedará sin hacer. La pastoral de la llamada es la más urgente. Todos nos "lavamos las manos": los seglares echan la culpa a los curas, los curas al obispo, y el obispo al Papa. ¡Qué pocos obispos siguen el estilo de León XIII*! Y ¡qué pocos curas imitan a su obispo, encontrando mil limitaciones! ¿Y cuántos feligreses no escuchan a sus párrocos ni plantean estrategias evangélicas para estar cercanos a los ausentes? Incluso entre los que acuden, muchos tienen a gala definirse como católicos, pero no son cristianos. Millones de españoles se ofenden si les dices que no son católicos; sin embargo, solo veneran la imagen de su Patrona o a su Cristo, cuya estampa llevan en la cartera. El criado se ha de parecer a su Señor, a quien ama porque se ve amado. Ha de presentarse y llamar como hace el buen Jesús, haciéndose cercano allí donde sabe que hay alguien que le necesita. Es solícito para atender a quien lo busca. Es como su Señor: misericordioso y paciente con los necesitados, y comprensivo. No exige más de lo que pueden dar, o tiene paciencia hasta que descubren la bondad del banquete. El criado ha de ser un profeta feliz; no es un funcionario, es un enamorado. Es profeta porque no habla de sí mismo ni busca ser el protagonista; habla de lo que ha oído y visto en la casa de su Señor. Él ha probado el vino de la mesa de su Dueño, y sabe que es muy bueno. Transmite su propia experiencia. Es feliz porque ya lleva el traje de bodas; esta felicidad no es fingida, es verdadera. Pero, sobre todo, es un hombre de oración, de donde saca su fuerza. No va solo: lo acompaña la voluntad de su Señor y, así, sonríe al invitar, no reprocha que no hayan venido antes, no cuenta invitados; cuenta la alegría de invitar. Así han de ser los criados: los que vienen y están en nuestra comunidad, los que prestan su saber en favor de todos, los catequistas (tan importantes en varios periodos de nuestro caminar cristiano), los matrimonios que constituyen nuestras familias (tan necesarias y tan en crisis hoy). No se basan en un amor transitorio; son una vocación para enriquecer una sociedad de amor, para tener y disfrutar de unos hijos para Dios y para la sociedad, y cumplir el mandato del Paraíso: "Creced y multiplicaros y llenad la tierra" (Gn.1,28). Y así hasta llegar al Papa: siervo de los siervos de Dios o criado de los criados de Dios.

            Feliz domingo, en el que descubrimos con gozo que somos criados de Dios y de nuestros hermanos, y que el criado no es más que su Señor, ni más que sus hermanos y hermanas. Que la Madre del Magníficat nos enseñe a alabar y bendecir a Dios por ser sus criados.

***

 

Con el deseo de que paséis felizmente el puente del Pilar, os saluda iguel Mira

 

divendres, 2 d’octubre del 2026

¿QUIÉN ES EL DUEÑO DE LA VIÑA?

 

            Aquí os transcribo el pasaje de San Mateo 21, 33-43, correspondiente a la Parábola de los viñadores malvados, que comentará seguidamene D. Joaquín Núñez Morant, y que corresponde a la vigésimo séptima semana del tiepo ordinario, ciclo A.


            Como siempre, merece la pena parase unos momentos a pensar ¿me veo yo implicado? La conclusión a la que llega el páter es muy clara…

 

TEXTO

 

             «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre de guardia. Luego la arrendó a unos viñadores y se fue de viaje.

            Cuando se acercó el tiempo de la cosecha, envió a sus siervos a los viñadores para recoger los frutos que le correspondían.

Pero los viñadores agarraron a los siervos: a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon.

            Volvió a enviar a otros siervos, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.

            Por último, les envió a su hijo, diciendo: “A mi hijo lo respetarán”.

Pero los viñadores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: “Este es el heredero; matémoslo y quedémonos con su herencia”.

            Así que lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.

            Cuando vuelva el señor de la viña, ¿qué hará con aquellos viñadores?».

            Le respondieron: «Destruirá sin piedad a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a su debido tiempo».

            Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído en las Escrituras: “La piedra que desecharon los arquitectos ha llegado a ser la piedra angular; esto ha sido obra del Señor, y es admisible y maravilloso a nuestros ojos”?

            Por eso os digo que el Reino de Dios os será quitado a vosotros y será dado a un pueblo que rinda sus frutos». 

COMENTARIO 

            A las alturas en que vive la Iglesia en Europa, este pasaje evangélico debemos leerlo, ante todo, en clave profética. No olvidemos que el día de nuestro bautismo se nos recordó nuestra dignidad: somos sacerdotes, profetas y reyes en esta viña que es la Iglesia, de la cual no somos dueños, sino simples administradores. El Dueño, como nos recuerda Jesús al final del relato con la cita del Salmo 118, es la Piedra Angular.

            La decadencia actual no surge de la noche a la mañana; es el fruto acumulado de siglos de malos administradores que creyeron ser dueños de la viña. Nos encontramos en el momento exacto en que el Dueño nos invita a detenernos. No para ver cómo seguimos inercialmente, sino para convertirnos en arquitectos que toman como fundamento exclusivo la Piedra Angular: Cristo. Se trata de dejar de lado otras ocupaciones accesorias para sanear la Viña, devolviéndole la vida en favor de todos —no de privilegios de la jerarquía ni del clero—, para que vuelva a dar frutos abundantes de santidad.

Comienza el texto evangélico dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo; hoy, esa advertencia resuena para todos nosotros, los que nos consideramos fieles a su voluntad. El momento actual nos exige no caer en lamentaciones estériles ni disimular nuestra realidad, sino plantearnos una pastoral centrada exclusivamente en predicar a Cristo, antes de que el peso de nuestra propia indolencia nos lleve a descuidar o abandonar la Piedra Angular.

            Hemos afirmado que somos profetas y que portamos en nuestra vida la Vida de Cristo. Profetas, testigos y mártires comparten una misma raíz. Ya san Pablo VI nos recordaba en la exhortación Evangelii Nuntiandi una verdad luminosa: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos". ¡Lástima que a veces pasemos por alto esta enseñanza o nos hagamos los sordos! Solo así, recuperando el testimonio, encontraremos la verdadera fuerza profética que se nos ha confiado.

            Todo se nos ha dado: la viña, el cercado, la torre, los sacramentos y la Palabra. Nosotros —escarmentados en cabeza ajena por el ejemplo de los israelitas— debemos recordar que el Evangelio no es un documento del pasado; está vivo y es el mismo Jesús quien nos habla cuando se proclama. Nosotros somos los viñadores, los administradores, jamás los propietarios. Caer en el dominio sobre la Viña es repetir el pecado multisecular que Jesús ya reprochó en su tiempo.

            A veces, tristemente, ponemos más cuidado en las estructuras que en las almas. El Dueño viene a buscar uvas... y encuentra solo hojas: reuniones, papeles, burocracia, pero escasa conversión real. Y cuando alguien recuerda con humildad que la Viña no es nuestra, a menudo se intenta callarle: "No hables de eso", "Eso no se toca". Se genera así una crisis de esperanza. San Agustín, en su Sermón 87, nos lo advertía con claridad: "La viña es la Iglesia, los viñadores somos nosotros. ¡Ay si nos creemos dueños de la viña!". Y añadía en el Sermón 46: "Hay pastores que se apacientan a sí mismos y no a las ovejas, y cuando una se pierde dicen: 'No es asunto mío'". San Agustín predicaba esto en los siglos IV y V, lo que demuestra que el peligro de la autocomplacencia clerical es antiguo.

            Remate y Conclusión:

            Sin embargo, frente a la sombra del desánimo, la viña sigue viva. Hoy hay quienes la riegan con paciencia y cariño: el sacerdote o el laico que visitan a un enfermo, el catequista que enseña el Evangelio sin buscar aplausos, el cristiano anónimo que sostiene su parcela con la oración. Cuando se cultiva así, el secarral vuelve a ponerse verde.

    Vivamos un feliz domingo sabiendo que el Dueño de la Viña confía en nuestras manos su obra, con la certeza de que un día vendrá a recoger los frutos de amor y entrega que espera de nosotros. Dejemos que sea Él quien nos tome de la mano para seguir cultivando juntos su heredad. Que la Virgen del Buen Consejo nos acompañe en nuestro Caminar y en cultivar la Viña del Señor.

 

divendres, 25 de setembre del 2026

La parábola de los dos hijos

 

         Amigos: Ya vamos por la semana XXVI del tiempo ordinario, y la Iglesia nos propone el Evangelio según San Mateo, 21, 28-32. Os transcribo el texto según  la Biblia de Jerusalén.

         «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.

         Él respondió: “No quiero”; pero después se arrepintió y fue.

         Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Él respondió: “Voy, señor”; pero no fue.

         ¿Quién de los dos cumplió la voluntad del padre?»

         Ellos contestaron: «El primero».

         Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios.

Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

         Sobre el significado del pasaje sobre la verdadera obediencia y la conversión, veamos la reflexión que nos ofrece esta semana D. Joaquín Núñez Morant:

Comentario

Nos encontramos ante uno de los fragmentos evangélicos más breves y de ideas más directas. Jesús nos presenta a dos hijos: uno aparentemente indigno, rebelde y alejado, que representa a los paganos y pecadores; y otro en apariencia obediente y fiel, que prefigura al primer pueblo elegido. Al final, toda la humanidad está llamada a la filiación, pues todos somos hijos de Dios por la creación, incluso aquellos que por ignorancia cayeron en la idolatría o en prácticas donde se esclaviza y sacrifica al ser humano, viviendo sin el don de la revelación.

Jesús echa en cara y denuncia la corrupción de las autoridades de ese pueblo escogido. Un pueblo que se ha reinventado a sí mismo hasta convertirse en una máscara irreconocible, olvidando en la práctica lo que aceptó solemnemente en el Sinaí: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho” (Éx 19, 8). Se ha encerrado en sí mismo y, lo que es peor, juzga en nombre de Dios. Dice que sí, pero no va a la viña, que es el campo del Dueño; ese campo al que todos somos llamados desde que el Sembrador salió a sembrar.

    Esto nos interpela directamente: ¿Mantenemos hoy en nuestras parroquias, más que nunca, el entusiasmo por lo que el Señor nos pide? ¿O somos de los que dicen «Señor, ya voy», pero ese ir no llega nunca? A veces nos parecemos a aquel sector del primer pueblo: sabían perfectamente lo que tenían que hacer, pero eran fieles únicamente a una interpretación fría de la ley, lejos de la verdadera voluntad del Señor. Existen muchas formas modernas de "judaizar" y caer en el legalismo.

    El otro hijo dijo: «No quiero», pero después se arrepintió y fue. En él se ven reflejados el publicano, la samaritana, el centurión o la mujer cananea. Todos ellos con historias rotas. Todos ellos marginados por una interpretación estricta de la Ley que los declaraba impuros y pecadores, dándolos por perdidos en manos de quienes detentaban el poder religioso.

    Sin embargo, el Evangelio nos muestra a estos mismos personajes acogiéndose a Jesús y clamando: «¡Jesús, Hijo de David!». Aquellos que estaban condenados por una ley manipulada encuentran en Cristo una respuesta distinta. Jesús no los devuelve al molde tribal de quienes define como hipócritas; los sana uno a uno por su fe en Él, por su "sí" personal. Como bien decía San Agustín: «Cristo no vino a buscar tribus, vino a buscar personas». Jesús rescata y premia la fe personal; la saca del grupo tribal y la individualiza, tal como le dice a Zaqueo: «Baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa» (Lc 19, 5).

    Estos dos tipos de actitudes se dan hoy en nuestras comunidades. Por un lado, están "los de toda la vida", aquellos que ya se creen salvados y sienten que Dios les debe algo por su entrega generosa, la cual proclaman a los cuatro vientos a cambio de poder, dominio y control. Por otro lado, encontramos a personas cuya generosidad y entrega silenciosa solo la conocen unos pocos agradecidos por su atención. Las primeras reciben el aplauso en vida; las segundas encarnan los versos de uno de los mejores poemas de nuestra mística, el Soneto a Cristo crucificado:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves Señor, muéveme el verte,
Clavado en una cruz y escarnecido,
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno, te temiera

 

...No tienes qué me dar por que te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

         Feliz domingo. Jesús nos muestra el amor de Dios como hijos suyos, llamándonos por nuestro nombre y transformando nuestro corazón. Solo como hermanos nos une en su obra creadora, y como hermanos nos unimos para presentarnos ante Él a través de la caridad compartida entre todos sus hijos.

         Que nuestra Madre del Buen Consejo nos lleve de su mano.

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Saludos cordiales. Hasta pronto, Miguel Mira

dimecres, 16 de setembre del 2026

LOS VIÑADORES DE ÚLTIMA HORA

 

            Estimados amigos:

            Seguimos leyendo y reflexionando con San Mateo las palabras de Jesús. En este Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A, se nos ofrece la la parábola de los obreros de la viña, y el texto es el siguiente:

 

San Mateo, 20, 1-16.

 

            «Porque el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.

            Habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

            Salió luego hacia la hora tercera y vio a otros que estaban en la plaza desocupados, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo."

            Y ellos fueron. Salió de nuevo hacia la hora sexta y la novena e hizo lo mismo. Salió finalmente hacia la hora undécima y encontró a otros que estaban allí y les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?"

            Dícenle: "Porque nadie nos ha contratado." Él les dice: "Id también vosotros a la viña."

            Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."

         Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.

         Al venir los primeros, pensaron que recibirían más; pero ellos también cobraron un denario cada uno.

            Al recibirlo, murmuraban contra el propietario,

diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora y los has igualado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor."

            Pero él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último tanto como a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Hoy aclararemos las matemáticas de Dios. Jesús nos propone una parábola famosa que, vista con los ojos de nuestra lógica humana, puede parecer nos injusta. Sin embargo, si recordamos la diferencia entre la justicia divina y la justicia humana, comprenderemos que para Dios un denario representa algo mucho mayor: la gloria eterna.

            En la parábola, varios viñadores van llegando a lo largo de la jornada: unos al amanecer, otros a media mañana, y así hasta caer la tarde. Al anochecer, el dueño de la viña llama al capataz para pagarles. Para sorpresa de muchos, todos reciben exactamente el mismo pago: un denario.

Si aplicamos las matemáticas divinas, esto es plenamente justo. Lo que provoca el conflicto es nuestra lógica egoísta. Si solo se cuentan las horas trabajadas, los primeros trabajadores tienen razón en quejarse según la justicia humana. Pero Dios no paga un salario: Dios se regala a sí mismo. El Doctor de la Gracia, San Agustín, argumenta en su Sermón 87: «Dios no mira cuánto tiempo has trabajado, sino con cuánto amor lo has hecho». Los que llegaron al amanecer creían tener derechos adquiridos, olvidando que el solo hecho de ser llamados ya era una gracia. Mientras la justicia humana compara («yo más, él menos»), la justicia divina da a todos lo mismo: el Reino completo. San Agustín también comenta, en su Sermón 112, que los murmuradores se parecen al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo: sirven, pero no aman. Y quien no ama, aunque trabaje mucho, se queda fuera. Los del atardecer representan a los últimos, a los pecadores, a los que llegan tarde. Los del amanecer podemos ser nosotros, los que estamos aquí desde siempre. Nuestro peligro es creernos con más derechos por antigüedad, olvidando que todo es un don.

            A veces, hay quienes se dicen cristianos y exclaman: «He perdido el tiempo; de haberlo sabido, hubiera vivido de otra manera». A ellos, San Agustín respondería —y nosotros debemos enseñar— que es un grave error medir las cosas de Dios con criterios comerciales. El verdadero cristiano no se "sacrifica" con amargura. Quien se lamenta por haber trabajado todo el día revela que su motor no ha sido el amor, sino el temor o el orgullo. El argumento definitivo de Jesús resuena con fuerza: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis asuntos?, ¿o vas a tener envidia porque yo soy bueno?». Sus palabras son duras, y nos toca a nosotros dulcificarlas enseñando a los de dentro; recordándoles que al primero al que Jesús le abrió las puertas del paraíso fue a un asesino —el buen ladrón— que le pidió esa gracia en la cruz. Lo hizo porque el dueño de la viña es infinitamente bueno y misericordioso.

            Feliz domingo. Sea cual sea la hora a la que hayamos llegado a su viña, el Señor se nos dará entero. Tomemos la mano de la Madre de las Gracias.

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