divendres, 10 de juliol del 2026

HOY TOCA SEMBRAR...

 

 


 

Comentario al Evangelio del Domingo XV del tiempo ordinario ciclo A. San Mateo 13, 1-9.

 

            Aquel mismo día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar.

² Y se reunió ante él mucha gente, tanto que entró en una barca y se sentó, y toda la gente estaba de pie en la ribera.

Y les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: «He aquí, el sembrador salió a sembrar.

Y al sembrar, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;

pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron.

Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

El que tiene oídos para oír, oiga».

**************************    ÉSTE ES EL COMENTARIO :

Damos hoy comienzo a un nuevo capítulo, el 13 de Mateo, que nos trae enseguida siete parábolas. Hoy nos propone, ya por todos conocida, la parábola del sembrador: «Salió el sembrador a sembrar».

 

Él les habló mucho tiempo. Lo traduciremos como siempre, sin medir el tiempo, como hemos de hacer nosotros: sembrar sin ningún cálculo, sin pensar si la tierra es buena o es pedregal, o son espinos o aparentemente buena. El sembrador no siembra en invernadero, sale a campo abierto, al camino, al pedregal, a los espinos... a la tierra buena, a todo. Jesús nos enseña saliendo, tira la semilla caiga donde caiga; nosotros pensamos tantas cosas, nos acobardamos y nos sentimos fracasados. Sin embargo, el Sembrador se arriesga al desperdicio, tira la semilla hasta donde pisan todos. El Padre es así, «hace salir su sol sobre buenos y malos» (Mt 5,45). Hemos de sembrar también nosotros, aunque tengamos la seguridad de que la semilla se va a perder. Tener esa seguridad es tener bien cierto que el Sembrador ha fracasado, casi una blasfemia; no podemos hacer responsable a Dios de nuestros fracasos o cansancios, de nuestras prisas.

La semilla va fermentando, tomando tierra y echando raíces, necesita su tiempo y oportunidad, su humedad, su respuesta a la gracia.

 

La parábola, esta y todas, es un código para humildes. El soberbio oye un cuento de campo. El pequeño oye que el Reino de Dios es así: gratuito, arriesgado, manso. San Agustín se convirtió con una frase; porque, siendo pequeño ya, y estando roto, la semilla entró y germinó. El Sembrador siembra con gratuidad, con riesgo, con paciencia y sin controlar el resultado porque es manso y humilde. Sabe que la vida está en la semilla, no en el sembrador.

 

Este es el momento de actuar nosotros hoy, actuar como el Padre

manirroto. Un Padre que ve a su hijo como un camino pisoteado y tira semilla igual. Que lo ve lleno de espinas pero continúa sembrando ,semillas. ¿Por qué? Porque no puede no amar. Porque su amor no es inversión, es derroche. «Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único» (Jn 3, 16), ¿o eso no fue un derroche? Lo clavaron, lo perdimos y, justo ahí, brotó la vida. Donde el hombre de hoy ve «pérdida», Dios dice «misericordia».

 

No quisiera terminar sin que san Agustín nos muestre cómo el Sembrador fue «manirroto» con él. Desde pequeño, su madre Mónica estuvo sembrando en su corazón de piedra su fe. La verdad que buscó en saberes humanos la sembraron los cristianos de Milán junto a su obispo, San Ambrosio. A su vuelta a África con un hermoso plan de retiro, el Señor lo fue dirigiendo para ser el Agustín que nos dejó sus Confesiones —semilla viviente a lo largo del tiempo— y sus escritos para enseñar la fe contra todos los herejes (válidos contra los herejes de hoy), con mucha paciencia, sin ninguna violencia, no como enemigo, sino con el amor que él experimentó por parte de Dios. Hasta en eso nos enseña frente a los que se presentan como enemigos: amar como él se siente amado.  Ojalá ,aprendiéramos a tratarnos de la misma manera: amor al pecador, pero no al pecado. Esa es la mejor semilla para sembrar en este mundo tan solo y tan violento, aunque sembremos en tierra dura como un camino, en un pedregal o entre espinas de aquellos que oyen con entusiasmo y aplauden sin saber que todo pasa con la mínima dificultad. La semilla de san Agustín

no esperó a verla crecer, pero sabía que crecería hasta llegar al cielo.

 

Feliz domingo del Buen Sembrador; sembremos para cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, que hemos sido sembrados cuando todavía somos camino, pedregal y tierra buena. Que nuestra Madre del Buen Consejo nos lleve de la mano.

 

 


dimarts, 7 de juliol del 2026

EL SINDROME DE SAREPTA

 


            En el Libro de los Reyes (17, 8-16) se relata esta hermosa historia que resumo:

            El profeta Elías anuncia una gran sequía y, por mandato de Dios, primero es alimentado junto al torrente de Querit por cuervos. Cuando el torrente se seca, Dios lo envía a Sarepta, donde encuentra a una viuda recogiendo leña. Elías le pide agua y también un poco de pan. Ella responde que solo le queda un puñado de harina y un poco de aceite, con los que piensa preparar la última comida para ella y su hijo antes de morir de hambre. Elías le pide que primero le prepare una torta para él y le asegura, en nombre del Señor, que la harina y el aceite no se agotarán hasta que vuelva la lluvia sobre la tierra. La mujer confía en la palabra del profeta, actúa como él le ha dicho, y desde entonces ni la harina de la tinaja ni el aceite de la alcuza se acabaron, tal como había anunciado el Señor por medio de Elías.

            Pues bien, se da el caso que el día de la Purísima Sangre, en su homilía, D. Joaquín Núñez puso énfasis al comentar la importancia de andar siempre cogidos de la mano y puesta nuestra completa confianza en la palabra del el Señor. Concretamente, afirmó vehementemente que aun hallándonos, como diría Santa Teresa, en tiempos recios, era impertinente al referirse a que la mies es mucha, que eso de que faltan operarios, no es admisible, porque si los que “somos” (refiriéndose a los sacerdotes) actuáramos acordes al amor y a la palabra, cogidos de la mano del Señor con verdadera convicción, ¡¡sobrarían operarios!!  Es claro que no acabó ahí y, como ya dije hace unos días, hubo para todos y os aseguro que a mi amigo Chimo se le entiende todo.

            Bien, pues ocurre también, que anteayer en su homilía, el Sr. Abad, no utilizó la expresión “tiempos recios”, pero claramente se refirió al momento que atravesamos y nos comentó cómo en una reciente reunión de sacerdotes, uno de ellos les sorprendió al decirles que estaban padeciendo del síndrome de Sarepta, por aquello de que como la gente acude menos a la iglesia y se advierte un desapego a las cosas de la religión, pues con limitarse a “lo de siempre”, con celebrar una novena o un triduo cuando toque, una procesión al patrón, y, así, sucesivamente, seguirían esperando al momento en que, acabada la harina y el aceite, se cerrarían las puertas, y punto.

            Como vemos el paralelismo es indudable. Personalmente, pienso que si cada cual llevara bien cogidas las riendas e hiciera caso, como aquella pobre viuda al “enviado” de Dios, ni se le acabaría la harina ni el aceite ni tendría que cerrar las puertas. Pero los laicos también tenemos que reaccionar, es absolutamente necesario y me pegunto si será posible olvidarnos de que no van a venir los cuervos a alimentarnos como a Elías, que el alimento que necesitamos lo hemos de elaborar con  nuestra propia dedicación  esfuerzo y coherentemente con aquello que decimos creer. Alguien podría decirme, como me lo dijo una vez aquel padre Renovat, sí uno de los dos curas de Burundi que pasaron aquí con nosotros dos años. ¿Qué e dijo? Pues al quejarme yo de la falta de asistentes a un determinado acto, con aquella sonrisa que le era propia, se volvió hacia mí y con toda serenidad, comentó: No se queje ¿recuerda que a Jesús los suyos le dejaron solo y seguimos de camino? ¡No hay que perder la confianza!

            Os aseguro que procuro mantenerme firme en la fe y, como susurraba el recordado D. Antonio Polo, después de consagrar, al levantar la forma, le pido: “Señor, auméntame la fe”.

            Pero, ojo, no podemos caer en la tentación de pensar que el camino lo debe hacer uno solo. Recordad que se nos está repitiendo una y otra vez la importancia de la que se llama sinodalidad, es decir, que nuestra postura ha de ser la contraria de individualidad; es de todo punto preciso que caminemos juntos. Considero de interés ampliar un poco este concepto y os invito a leer este resumen:

            La sinodalidad es un concepto fundamental en la Iglesia Católica actual, impulsado de manera muy profunda en los últimos años, que se refiere esencialmente a "caminar juntos" (del griego syn, que significa "juntos", y hodos, que significa "camino").

            Más que un cambio de leyes o normas, la sinodalidad describe un estilo, una forma de ser y de actuar de la Iglesia. Se asienta sobre varios pilares clave:

            Corresponsabilidad: Reconoce que todos los miembros de la Iglesia (fieles laicos, consagrados, sacerdotes y obispos) comparten la responsabilidad de su misión, cada uno desde su propio lugar y vocación.

Escucha activa y diálogo: Implica un proceso continuo de consulta, discernimiento y escucha mutua para abordar los retos del mundo contemporáneo.

            Participación y comunión: Busca superar el clericalismo o las decisiones puramente verticales, fomentando espacios donde se pueda deliberar conjuntamente, aunque se mantengan las funciones propias de la autoridad eclesiástica en la toma de decisiones final.

En la práctica eclesial contemporánea, este término ha cobrado un protagonismo histórico debido a la convocatoria del Sínodo de la Sinodalidad iniciado por la Santa Sede, concebido como un proceso de consulta global que ha invitado a comunidades parroquiales, diócesis y realidades laicales de todo el mundo a reflexionar juntos sobre cómo dinamizar la vida y la misión de la Iglesia.

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            Confío en que haya sido de interés esta reflexión. Quedamos a la espera del próximo comentario dominical.

            Un abrazo, Miguel Mira