dimecres, 15 de juliol del 2026

¿YO QUÉ SOY?

 

Comentario

al Evangelio del Domingo XVI del ciclo A (Mateo 13,

24-30),

 por D. Joaquín Núñez Morant

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Texto del Evangelio:

 


Parábola de la cizaña

Mateo 13:24-30

            Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo;  pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en gavillas para quemarla; pero recoged el trigo y guardadlo en mi granero.”

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Este es el comentario: 

    Iniciamos este domingo lo que denominamos el «discurso parabólico», que nos explica cómo es la mies adonde han de ir los obreros, tengan la responsabilidad que sea, comenzando por los obispos, sacerdotes y agentes de pastoral. Hay que tener claro que siempre encontraremos buen trigo y cizaña, incluso entre nosotros. También que, aunque ahora parezca algo pequeño, como una semilla de mostaza o un poco de levadura, si lo sabemos usar, tendremos un árbol que dará cobijo a los pájaros y fermentará toda la masa; eso es un gran consuelo para continuar. Esto será así hasta que descubramos que ser obreros de la mies es un gran tesoro o una perla preciosa, cosas que hacían exclamar a Pablo: «Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo como basura para ganar a Cristo». Ese es el tesoro y la perla preciosa (Flp 3, 8).   Las siete parábolas son el mapa donde nos toca hacernos cristianos, no clientes que calientan bancos en nuestras parroquias; esto lo digo porque, a veces, no reciben la educación adecuada de nuestros predicadores o catequistas. Hemos de tener en cuenta qué tenemos ante nosotros, porque incluso nosotros mismos somos buena semilla y cizaña. No nos creamos ángeles encargados de arrancar la cizaña; hemos de ser mansos y humildes para compartir con los demás nuestro trigo y nuestra cizaña, solo así nos creerán. Solo Jesús, el buen trigo, nos advierte: «Dejad que crezcan juntos». Él es el justo Juez que nos juzgará al final. Nosotros debemos cuidar nuestro trigo y el de los demás, para mostrar a la cizaña lo hermoso que es ser buen trigo. Hoy hemos de tener la paciencia que tiene el buen Sembrador. Dios es paciente; si él limpiara su campo de cizaña, es posible que ninguno de nosotros estuviera aquí. Nos da tiempo, pues no «quiere que nadie se pierda». Cada día que no nos arranca es porque considera que todavía podemos creer y crecer, que podemos llegar a ser buen trigo. Agustín no sería san Agustín sin haber sido cizaña sus treinta primeros años de vida, y así muchos santos. Jesús fundó su Iglesia con los «cizañas» de sus apóstoles. Se hicieron trigo, hasta venderlo todo, hasta dar su sangre a cambio del tesoro escondido o la perla preciosa. En la Iglesia quedan grupos puristas que garantizan la salvación, grupos que recuerdan al neojansenismo, de una gran soberbia. Se creen que no son «cizaña» como los demás y terminan formando guetos de perfectos. Ni son capaces de ver su propia cizaña, ya que solo ven que los otros lo son. Ese afán de judaizar nos acompaña desde siempre. En todo plan pastoral, incluso en los que nos dan los obispos, no hemos de hacer un diseño de laboratorio. El Evangelio se anuncia en campo de cizaña. Jesús no nos envía a un invernadero, nos envía al mundo «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10, 16). San Agustín nos dice: «La Iglesia camina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios». Con alegría celebremos este domingo sabiendo que, muchas veces, somos como los demás, cizaña y trigo; pero esperando, poco a poco, con la paciencia del Señor, llegar a ser buen trigo.

Que la Madre del Buen Consejo nos ayude.

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Saludos cordiales a todos. Hasta pronto. Miguel Mira

 

 

 

 

 

 

divendres, 10 de juliol del 2026

HOY TOCA SEMBRAR...

 

 


Comentario al Evangelio del Domingo XV del tiempo ordinario ciclo A. San Mateo 13, 1-9.

Por D. Joaquín Núñez M orant 

 

            Aquel mismo día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar.

² Y se reunió ante él mucha gente, tanto que entró en una barca y se sentó, y toda la gente estaba de pie en la ribera.

Y les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: «He aquí, el sembrador salió a sembrar.

Y al sembrar, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;

pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron.

Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

El que tiene oídos para oír, oiga».

**************************    ÉSTE ES EL COMENTARIO :

Damos hoy comienzo a un nuevo capítulo, el 13 de Mateo, que nos trae enseguida siete parábolas. Hoy nos propone, ya por todos conocida, la parábola del sembrador: «Salió el sembrador a sembrar».

 

Él les habló mucho tiempo. Lo traduciremos como siempre, sin medir el tiempo, como hemos de hacer nosotros: sembrar sin ningún cálculo, sin pensar si la tierra es buena o es pedregal, o son espinos o aparentemente buena. El sembrador no siembra en invernadero, sale a campo abierto, al camino, al pedregal, a los espinos... a la tierra buena, a todo. Jesús nos enseña saliendo, tira la semilla caiga donde caiga; nosotros pensamos tantas cosas, nos acobardamos y nos sentimos fracasados. Sin embargo, el Sembrador se arriesga al desperdicio, tira la semilla hasta donde pisan todos. El Padre es así, «hace salir su sol sobre buenos y malos» (Mt 5,45). Hemos de sembrar también nosotros, aunque tengamos la seguridad de que la semilla se va a perder. Tener esa seguridad es tener bien cierto que el Sembrador ha fracasado, casi una blasfemia; no podemos hacer responsable a Dios de nuestros fracasos o cansancios, de nuestras prisas.

La semilla va fermentando, tomando tierra y echando raíces, necesita su tiempo y oportunidad, su humedad, su respuesta a la gracia.

 

La parábola, esta y todas, es un código para humildes. El soberbio oye un cuento de campo. El pequeño oye que el Reino de Dios es así: gratuito, arriesgado, manso. San Agustín se convirtió con una frase; porque, siendo pequeño ya, y estando roto, la semilla entró y germinó. El Sembrador siembra con gratuidad, con riesgo, con paciencia y sin controlar el resultado porque es manso y humilde. Sabe que la vida está en la semilla, no en el sembrador.

 

Este es el momento de actuar nosotros hoy, actuar como el Padre

manirroto. Un Padre que ve a su hijo como un camino pisoteado y tira semilla igual. Que lo ve lleno de espinas pero continúa sembrando ,semillas. ¿Por qué? Porque no puede no amar. Porque su amor no es inversión, es derroche. «Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo único» (Jn 3, 16), ¿o eso no fue un derroche? Lo clavaron, lo perdimos y, justo ahí, brotó la vida. Donde el hombre de hoy ve «pérdida», Dios dice «misericordia».

 

No quisiera terminar sin que san Agustín nos muestre cómo el Sembrador fue «manirroto» con él. Desde pequeño, su madre Mónica estuvo sembrando en su corazón de piedra su fe. La verdad que buscó en saberes humanos la sembraron los cristianos de Milán junto a su obispo, San Ambrosio. A su vuelta a África con un hermoso plan de retiro, el Señor lo fue dirigiendo para ser el Agustín que nos dejó sus Confesiones —semilla viviente a lo largo del tiempo— y sus escritos para enseñar la fe contra todos los herejes (válidos contra los herejes de hoy), con mucha paciencia, sin ninguna violencia, no como enemigo, sino con el amor que él experimentó por parte de Dios. Hasta en eso nos enseña frente a los que se presentan como enemigos: amar como él se siente amado.  Ojalá ,aprendiéramos a tratarnos de la misma manera: amor al pecador, pero no al pecado. Esa es la mejor semilla para sembrar en este mundo tan solo y tan violento, aunque sembremos en tierra dura como un camino, en un pedregal o entre espinas de aquellos que oyen con entusiasmo y aplauden sin saber que todo pasa con la mínima dificultad. La semilla de san Agustín

no esperó a verla crecer, pero sabía que crecería hasta llegar al cielo.

 

Feliz domingo del Buen Sembrador; sembremos para cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, que hemos sido sembrados cuando todavía somos camino, pedregal y tierra buena. Que nuestra Madre del Buen Consejo nos lleve de la mano.

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    Saludos cordiales, Miguel Mira