Comentario
al Evangelio del Domingo XVI del ciclo A (Mateo 13,
24-30),
por D. Joaquín Núñez Morant
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Texto del Evangelio:
Parábola de la cizaña
Mateo 13:24-30
“Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en gavillas para quemarla; pero recoged el trigo y guardadlo en mi granero.”
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Este es el comentario:
Iniciamos este domingo lo que denominamos el «discurso parabólico», que nos explica cómo es la mies adonde han de ir los obreros, tengan la responsabilidad que sea, comenzando por los obispos, sacerdotes y agentes de pastoral. Hay que tener claro que siempre encontraremos buen trigo y cizaña, incluso entre nosotros. También que, aunque ahora parezca algo pequeño, como una semilla de mostaza o un poco de levadura, si lo sabemos usar, tendremos un árbol que dará cobijo a los pájaros y fermentará toda la masa; eso es un gran consuelo para continuar. Esto será así hasta que descubramos que ser obreros de la mies es un gran tesoro o una perla preciosa, cosas que hacían exclamar a Pablo: «Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo como basura para ganar a Cristo». Ese es el tesoro y la perla preciosa (Flp 3, 8). Las siete parábolas son el mapa donde nos toca hacernos cristianos, no clientes que calientan bancos en nuestras parroquias; esto lo digo porque, a veces, no reciben la educación adecuada de nuestros predicadores o catequistas. Hemos de tener en cuenta qué tenemos ante nosotros, porque incluso nosotros mismos somos buena semilla y cizaña. No nos creamos ángeles encargados de arrancar la cizaña; hemos de ser mansos y humildes para compartir con los demás nuestro trigo y nuestra cizaña, solo así nos creerán. Solo Jesús, el buen trigo, nos advierte: «Dejad que crezcan juntos». Él es el justo Juez que nos juzgará al final. Nosotros debemos cuidar nuestro trigo y el de los demás, para mostrar a la cizaña lo hermoso que es ser buen trigo. Hoy hemos de tener la paciencia que tiene el buen Sembrador. Dios es paciente; si él limpiara su campo de cizaña, es posible que ninguno de nosotros estuviera aquí. Nos da tiempo, pues no «quiere que nadie se pierda». Cada día que no nos arranca es porque considera que todavía podemos creer y crecer, que podemos llegar a ser buen trigo. Agustín no sería san Agustín sin haber sido cizaña sus treinta primeros años de vida, y así muchos santos. Jesús fundó su Iglesia con los «cizañas» de sus apóstoles. Se hicieron trigo, hasta venderlo todo, hasta dar su sangre a cambio del tesoro escondido o la perla preciosa. En la Iglesia quedan grupos puristas que garantizan la salvación, grupos que recuerdan al neojansenismo, de una gran soberbia. Se creen que no son «cizaña» como los demás y terminan formando guetos de perfectos. Ni son capaces de ver su propia cizaña, ya que solo ven que los otros lo son. Ese afán de judaizar nos acompaña desde siempre. En todo plan pastoral, incluso en los que nos dan los obispos, no hemos de hacer un diseño de laboratorio. El Evangelio se anuncia en campo de cizaña. Jesús no nos envía a un invernadero, nos envía al mundo «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10, 16). San Agustín nos dice: «La Iglesia camina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios». Con alegría celebremos este domingo sabiendo que, muchas veces, somos como los demás, cizaña y trigo; pero esperando, poco a poco, con la paciencia del Señor, llegar a ser buen trigo.
Que la Madre del Buen Consejo nos ayude.
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Saludos cordiales a todos. Hasta pronto. Miguel Mira

