1º de julio: La Purísima Sangre de Cristo
Estamos ya a primero de Julio, día de la Purísima Sangre de Cristo. Hasta el pasado año, era para mí una curiosidad que esta fiesta se celebrara desde que yo tengo recuerdos en la Parroquia de la Merced con toda solemnidad, y, sin embargo, la Cofradía Decana de la Semana Santa no le dedicara al Santísimo Cristo de la Palma, su titular, ni un padrenuestro. Es de agradecer que, al fin, esta omisión se haya subsanado, pues que desde 2025 se le dedica la Santa Misa en la Iglesia de San Francisco, a la que esta tarde, algo después de escribir esto pienso asistir. Deseo ardientemente que Nuestro Señor, ya sea en la advocación de Nuestro Padre Jesús nazareno o en la del histórico Cristo de la Palma, nos guíe y nos guarde, bendito sea. Amén.
Décimo cuarto domingo del tiempo ordinario, Ciclo A.
Del Evangelio de San Mateo 11:25-30
“En aquel tiempo, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas:
porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Comentario
Por D. Joaquín Núñez Morant
El fragmento que hoy nos propone San Mateo es uno de los más hermosos. Jesús nos llama a ser como él, mansos y humildes, para descubrir desde esa condición quién es él y quién es el Padre: la esencia, el centro del Evangelio.
No es por medio de los méritos adquiridos por cumplir la Ley —eso sería, judaizar, y la Iglesia nos ha enseñado muchas veces contra esa doctrina—, ni por dominar la ciencia teológica, ni por saber toda la filosofía que concluye con la existencia de Dios.
Todo eso lo tenía San Agustín y no vio al Dios imaginado. Solo cuando aquella tarde en Milán, siguiendo las enseñanzas de San Ambrosio, llorando y humillado sintió a Dios, no fuera, sino dentro de sí: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba». Era sabio y entendido, alguien a quien Jesús no se revelaba. Agustín se encontró con Jesús cuando leyó: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón», y se quebró. Hoy nos diría: «Yo no me convertí por miedo al infierno. Me convertí porque descubrí que Dios tenía sed de mí; que, siendo Dios, se hizo pequeño para que yo, pequeño, pudiera tocarlo». El yugo es suave porque es su Corazón. Este ejemplo de San Agustín nos puede servir a cada uno de nosotros. En contra tenemos a aquellos que enseñan cómo ganar el Cielo a base de méritos, un nuevo jansenismo que tantas veces, con distintos nombres, ha aparecido en la Iglesia. No podemos sacudirnos el afán de judaizar; muchas personas niegan la fe por ese Dios juez, castigador de los malos, ese Dios al que hacen responsable y causa del mal en el mundo y de las desgracias. Nuestra pastoral no puede ir por ahí frente a esta enorme mies, tan confundida y empeñada en una imagen equivocada. Debemos transmitir la verdad que el Papa Francisco, con su estilo tan cercano, nos da de un Dios que nos ama.
Qué hermosa es la oración que Jesús dirige al Padre, al que podemos llegar sabiendo que los sencillos de corazón, los «mansos y humildes», son sus preferidos. Y la oferta que nos hace Jesús ahora (con el verbo en presente): «Venid», destinada a los obreros que estáis en la mies, él os aliviará.
No dudemos, todos los días, en tener presente, saber y vivir la frase más hermosa del Evangelio y tenerla como jaculatoria: «Señor, hazme manso y humilde de corazón para poder verte».
Feliz domingo. San Agustín vio a Dios dentro de sí, donde el Señor lo esperaba, cuando se dio cuenta de que ni su sabiduría ni su fama le sirvieron de nada; solo cuando fue humilde y se sintió pequeño, Dios le mostró su rostro. Si queremos verlo nosotros, que la Madre del Buen Consejo nos dé su mano.
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Hasta prnto, saludos, Miguel Mira

