divendres, 6 de novembre del 2026

¿TENEMOS LLENAS LAS ALCUZAS?

 

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)  San Mateo 25, 1-13  

TEXTO

        «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo.      Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, al tomar sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas.

        Y tardando el esposo, todas se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: "¡Aquí viene el esposo; salid a su encuentro!".

        Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan". Mas las prudentes respondieron diciendo: "Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a la tienda, y comprad para vosotras". Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.

        Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: "Señor, señor, ábrenos". Pero él, respondiendo, dijo: "En verdad  os digo que no os conozco". Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir.»

Comentario

        Por D. Joaquín Núñez Morant 

        Desde pequeños conocemos la parábola de las diez vírgenes: cinco sensatas y cinco necias. Muchas veces nos hemos quedado con la duda de por qué las sensatas, por caridad, no compartieron su aceite con las necias. No es que no quisieran hacerlo; es que el aceite son ellas mismas. El aceite significa la vida que las hace sensatas —sin hablar estrictamente de méritos, pero algo muy parecido—. Es la condición indispensable para entrar por la puerta que abre el Novio; es algo absolutamente intransferible.

        El esposo tarda, y ese tiempo de espera es precisamente el lapso en el que el aceite ilumina y da vida a quienes se unen en esperanza. Es la vida de quien crece en las virtudes evangélicas esperando la llegada del Novio con sensatez. Es aquel que escucha la Palabra y la pone en práctica, como recuerda el propio Mateo (Mt 7, 24-27) al hablar del hombre prudente que edifica su casa sobre roca. Este año podemos hacernos una pregunta sobre las vírgenes necias. No son malas personas; son nec-sucias, es decir, no informadas, no sabias. Ante esto, ¿no habremos de plantearnos por qué son necios aquellos que tenemos la obligación de enseñarles y pastorearles?

Sin ofender a nadie, debemos reconocer que todos somos muchas veces necios. Todos nos hemos dormido alguna vez, creyendo que con llevar la lámpara bastaba. El Señor no nos llama necias para insultarnos, sino para despertarnos. Todavía estamos a tiempo de ir a comprar aceite, mientras es de noche, antes de que llegue el Novio. ¡Cuántas veces vivimos de aceite prestado!: de la tradición de nuestra familia, de la fe de los de al lado... pero sin haber comprado nosotros mismos el aceite, en lo escondido, noche tras noche.

        Esto nos enseña que la oración es personal; no se puede forjar de otro modo la historia personal con Dios. No podemos regalar nuestra conversión a los demás, pero sí podemos acompañarles sin sustituirlos. Hay que dejar muy claro que enseñar no consiste en compartir nuestro aceite, sino en acompañar al otro a buscarlo. Esa es la verdadera caridad: hacerles ver que son incautos, descuidados o superficiales, pero ayudándoles a ser conscientes de que, al menos, no les faltó buena voluntad.

        Y aquí surge lo más hermoso: cuando se dan cuenta de su situación, no roban; piden: “Dadnos aceite”. La actitud más profundamente evangélica aparece cuando las necias se hacen mendigas y reconocen su propio vacío.

Todo esto nos impulsa, no al desprecio, sino a replantearnos una pastoral de la llamada dirigida a quien cree que es prudente cuando en realidad es necio. Es responsabilidad de la Iglesia sacar al necio de su necedad para que, cuando llegue el Novio, pueda entrar por la Puerta.

        Muchas veces nos conformamos con evitar que la gente se vaya —incluso en los seminarios— y preferimos acumular números antes que buscar “prudentes”. Necesitamos una pastoral liberadora, donde el amor de Jesús enamore de verdad a quien esté dispuesto a seguirle. Para san Agustín, en su sermón 93, las diez vírgenes representan a toda la Iglesia. Por fuera, las diez son iguales: todas parecen cristianas, todas parecen consagradas. El problema no está en las lámparas, sino en las alcuzas (las aceiteras) donde se guarda el aceite, que con razón representa la caridad. Las necias lo son —a pesar de su virginidad y de sus buenas obras— porque actúan por vanagloria, para ser vistas; no llevan aceite dentro, en el corazón, sino que buscan el aplauso. Cuando viene el Novio, que ve el interior, se apagan.

        Las prudentes, en cambio, lo son por llevar el aceite en la vasija interior. Hacen las mismas obras, pero por amor a Dios y en lo escondido. Su caridad está dentro, en la intimidad con Dios, y no de cara a la galería.

Feliz domingo de las vírgenes prudentes y necias, para que todos nos pertrechemos del mejor aceite que ilumina nuestro interior. Que la Virgen del Buen Consejo nos tome de la mano para esperar al Novio y ofrecerle el más puro óleo purificador. 

***

Vamos a esperar el próximo comentario.

Saludos, Miguel Mira


dilluns, 2 de novembre del 2026

LA MUERTA NO ES EL FINAL

 

            Hoy, 2 de noviembre, recordamos a todos los 

Fieles Difuntos. 

          Me he detenido un buen rato a pensar sobre el modo en que el tiempo y nuestra propia actitud cambian costumbres inveteradas y surgen hábitos que incluso desvirtúan esa atención bien merecida por quienes nos antecedieron, y he querido plasmar aquí las “conclusiones” a las que he llegado:

          Recordar a quienes ya no están no supone anclarse en la ausencia, sino mantener viva la luz de su presencia en nuestra memoria. Cada nombre pronunciado en silencio, cada flor llevada al camposanto, cada oración y cada recuerdo compartido es un puente invisible que vence al tiempo y desafía al olvido, recordándonos que el amor verdadero no muere con la vida.

La muerte solo tiene importancia en la medida en que nos obliga a mirar el valor de lo transitorio. En este día de memoria, los ausentes vuelven a habitar nuestros pensamientos, no con la tristeza del adiós, sino con la gratitud de todo lo compartido.

            Hoy es un día para mirar hacia atrás cuando al rezar lo hacemos con ternura y gratitud. Quienes nos precedieron no solo dejaron en nosotros una huella imborrable que guía nuestros pasos; su recuerdo es el refugio donde el tiempo se detiene y el afecto permanece intacto, porque sabemos que ellos están velando por nosotros cabe el Padre.

            Me permitirán que a estos pensamientos contraponga esta otra visión importada e impertinente según mi modo de pensar:

            Frente al estrépito festivo y efímero de las modas importadas que transforman el dolor y la memoria en un disfraz comercial, el Día de los Fieles Difuntos nos invita al recogimiento de la pausa. No necesitamos antifaces ni artificios para asomarnos al misterio de la ausencia; nos basta la serena cercanía del recuerdo, la llama discreta de una vela y el silencio respetuoso en una íntima oración que honra a quienes nos legaron la vida y el ejemplo. Porque la muerte, más que un motivo de juego, es el umbral donde la memoria familiar se ennoblece.

            Lo otro… ¡Qué pena!

            Quiero acabar estos comentarios entonando este cántico, que compuso como canto litúrgico el sacerdote compositor guipuzcoano Don Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), aunque este himno le impactó al teniente general José María Sáenz de Tejada y el músico militar Tomás Asiain realizó la adaptación formal para banda y marcha militar, que se interpreta en actos solmenes de la milicia, como es, por ejemplo el homenaje a los caídos por la patria el día de las Fuerzas Armadas.

            Recuerdo haber oído este precioso poema musicado por primera vez en la Colegiata en unas exequias oficiadas por el querido abad D. Manuel Soler.

            No sé por qué no lo entonamos en todos los funerales, si para eso fue escrito.

                           LA MUERTE NO ES EL FINAL 

1.- Tú nos dijiste que la muerte

no es el final del camino,

que aunque morimos no somos

carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos.

Nuestro destino es vivir

siendo felices contigo

sin padecer ni morir.

2.- Cuando la pena nos alcanza

por un hermano perdido,

cuando el adiós dolorido

busca en la fe su esperanza,

en tu palabra confiamos,

con la certeza que tú

ya le has devuelto la vida

ya le has llevado a la luz.

3.- Cuando, Señor, resucitaste,

todos vencimos contigo.

Nos regalaste la vida

como en Betania al amigo.

Si caminamos a tu lado,

no va a faltarnos tu amor,

porque, muriendo, vivimos

vida más clara y mejor.

***

Coda: ¿Se acuerdan cómo en ese día cada sacerdote celebraba tres misas seguidas y en todas durante el día el templo siempre estaba a rebosar…?

            Con un sentido afecto, ruego a Dios que no me permita olvidar a mis familiares, a mis amigos, a mis compañeros difuntos ni a aquellos otros de los que nadie se acuerda al rezar en la iglesia esta tarde.

            Afectuosamente, Miguel Mira

dijous, 29 d’octubre del 2026

¿Tú eres SANTO?

 

FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

 

¿Qué es ser santo? 

            Santo es quien vive como ciudadano del reino de Dios en este

mundo, quien vive y da vida en un medio social de injusticia manifiesta. Se

le canonice o no, ese es un santo.

            Quien a pesar de su desgracia, desventura y pobreza es capaz de

sacar fuerzas para dar esperanza y ayuda, solidarizándose con los que aún

están peor. Eso es lo propio de un ciudadano del Reino, de los que viven

habitados por Dios y lo dan a conocer.

            En ocasiones, cuando el género humano pierde toda dignidad, e

impera la injusticia y la violencia es palpable, sin saber cómo, surge uno

que es capaz de darse para que otros vivan manifestando una gran voluntad

de vivir y de ayudar a vivir. Uno que en medio del sufrimiento tiene a Dios

por Amo y Rey y se deja gobernar por Él. Uno que sacando fuerzas de

donde no las hay, es agente callado y anónimo del bienestar del prójimo.

(Maximiliano Kolbe)

            Los santos, canonizados o no, son los que dan a conocer la

maravillosa dignidad que es capaz de alcanzar el ser humano, la dignidad

misma de las victimas al ser solidarios con ellas. Estos son nuestro

verdadero “misterium salutis”, nuestro verdadero “misterio de la

salvación”. Estos nos salvan.

Ser ciudadano del Reino tiene un precio: la santidad, que no es más

que saber ver en el “otro” a un hermano al que apreciar y compadecer.

Cuando encuentro a alguien que a la vez me fascina y aterra, no lo

dudo, estoy ante un santo, un ciudadano del Reino que me llama e invita a

dejarme gobernar por Dios. Y me es muy difícil desentenderme, mirar para

otro lado.

Para los que ni somos pobres ni víctimas, entrar por la senda del

Reino nos resulta más fácil de comprender que de aceptar.

Porque aceptar la senda es vivir en santidad, y eso supone mucha

abnegación, es para los limpios de corazón, los que verán a Dios y

ayudarán a verlo. A estos todo lo que les ocurre lo asumen como ocasión

de gracia y encuentro con Dios, se sienten agraciados y son agradecidos.

Limpios de corazón, pobres de Yahvé, anawim, gentes que pertenecen

al grupo de explotados, deprimidos, marginados-marginales que están de

sobra en la sociedad y que el sistema rechaza, estos son los que nos salvan,

nos redimen, nos acompañan a creer en la santidad del ser humano y en la

permanencia y presencia de Dios en todas sus criaturas.

            Cuando un pobre clama y llora y sus lágrimas no riegan violencia,

nos salva. Toda santidad nos salva y todo santo nos redime. Recordáis

aquella canción de los años sesenta del siglo pasado: “Cuando un pobre

nada tiene y aún reparte…, va Dios mismo en su mismo caminar…”, pues

eso, las victimas salvan a los victimarios, redimen a sus verdugos y son

capaces de arrancarles deseos de conversión, de admiración e imitación.

Cualquier pobre ciudadano del Reino, que al tener a Dios por amo se

deja gobernar por Él nos salva y redime al remitirnos a Dios. No lo

dudemos, los limpios de corazón, anawim, siempre nos ponen ante lo santo.

Recordemos cómo en U.S.A. cuando se daba la esclavitud y la

degeneración de lo humano llegó a límites insospechados, los negros

explotados hasta la extenuación cantaban himnos y salmos de libertad

frente a sus explotadores, todos ellos cristianos, y sus Iglesias, incluida la

Católica, consentían la esclavitud porque “no repugnaba a la fe”. Qué

fuerte y triste.

            Entre nosotros, la santidad o ciudadanía del Reino también se da en

la vida cotidiana, especialmente entre los sencillos que vienen por Cáritas

sin medios ni trabajo. Para muchos de ellos sobrevivir es su forma habitual

de vivir y “sobrevivir no es vivir”. Responsables somos todos.

            Los anawim, los oprimidos de todos los tiempos, los despreciados y

marginados son los que viven en el abajo y en los márgenes de la sociedad.

Lamentablemente, pocas veces nos preguntamos por la excelencia

evangélica de sus vidas, ni nos dejamos interpelar por sus valores.

Deberíamos hacerlo y nunca tratarles como “casos” que nos llegan sino

como personas a las que acompañar y atender.

 

MI VIDA A EXAMEN EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS



*¿Quiénes son los “otros” para mí?

 

*¿Qué lugar tienen los “otros” en mi vida?

 

*¿Siento como propio el dolor de los sufrientes?

 

*¿Vivo con conciencia clara de que la vida se me ha dado

para servir y ayudar a vivir a otros?

 

*¿Estoy sensibilizado con las necesidades, carencias y

sufrimientos del próximo, del que tengo al lado, del

prójimo?

 

*¿En concreto qué hago y qué podría hacer?

***

            Damos las gracias a D. Joaquín Núñez por esta pormenorizada reflexión sobre nuestra obligación de ser santos (“… Mateo 5:48: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto)."  Sí, amigos, hay tela que cortar. Nuestro Padre Jesús Nazareno nos compromete. Nosotros lo elegimos. Él nunca nos falla y…¿Nosotros…)

            Hasta pronto. Tenemos a la puerta la festividad de Cristo Rey y volveremos, si Dios quiere,  a gozar leyendo y orando con el amigo Chimo.

            Saludos cordiales, Miguel Mira

 

           

dijous, 22 d’octubre del 2026

¿CUÁL ES EL MÁS IMPORTANTE DE LOS MANDAMIENTOS?

 

            Estamos llegando al final del tiempo ordinario, ciclo litúrgico A, del presente año 2026 y la Iglesia nos propone el texto del Evangelio de San Mateo 22, 34-40:

***

Hilo conductor

«Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo»

TEXTO

            “En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

—«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

            Él le dijo:

—«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas».

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Lo de más valor siempre está en los joyeros pequeños. La simplicidad de este Evangelio cabe en apenas línea y media: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser». Jesús responde a los fariseos (aliados en este contexto con el sentir de la época) con la Torá en la mano. Para algunas corrientes de la época, la predilección de Dios se manifestaba únicamente a través de la salud y las riquezas. Nosotros «judaizamos» cuando pensamos que el Señor premia o castiga en este mundo dando prosperidad a los malos o desgracias a los buenos.

Jesús añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los Profetas». Esta respuesta desbarata tanto la visión de sus interlocutores como muchas de las creencias equivocadas que aún conservamos.

A lo largo de los siglos, a veces se ha atormentado a quienes se lamentaban de sus desventuras, enfermedades o contrariedades, diciéndoles que eran «pruebas que nos envía el Señor» y lindezas parecidas. Incluso se ha enseñado que son sufrimientos enviados por Dios para unirnos a la Pasión de Cristo. ¡Todo lo contrario! Una cosa es que yo pida al Señor participar de su Pasión y ofrezca libremente las dificultades que la vida me presenta, y otra muy distinta considerar que las adversidades que sufre la gente son un castigo divino. Son, en realidad, fruto de las diversas circunstancias de la vida que todos atravesamos. A unos les servirá para bien y a otros para mal; unos cobran fuerzas en el fracaso y otros se deprimen.

En el Padre Nuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación». En el texto griego se refiere también a «las pruebas»: le pedimos que nos ayude e ilumine en las dificultades de la vida. Que nos libre del mal es otra petición complementaria, pero siempre hemos de saber qué es lo que pedimos.

El amor a Dios y el amor al prójimo son los que garantizan la lucidez para vivir como verdaderos cristianos. Si decimos amar a Dios de palabra pero no amamos a nuestros lejanos ni a quienes tenemos al lado —quienes dejan de ser nuestros «próximos»—, nuestra vida de fe no nos define. Seríamos meros herederos de una cultura cristiana en la que se ha quedado reducida parte de Occidente. Seríamos cristianos por costumbre, usando la liturgia como un bien de consumo «porque siempre se ha hecho así». En esos casos, los días de fiesta terminan convirtiéndose en devociones rutinarias hacia una Virgen, un Santo o un Cristo a los que se acaba venerando casi como a ídolos tribales.

A orar se aprende orando: hablando con Dios, hablando con Jesús. «Señor —le dice Felipe—, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn.14, 8-9). Esa puede ser también nuestra petición, y Jesús nos responderá como a él: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Ese conocimiento solo se alcanza en la oración, que nos lleva a amar a Jesús a medida que lo conocemos.

San Agustín nos enseña cómo intimar con Dios en la oración amorosa: es la conversación íntima con Dios y la expresión profunda del deseo humano hacia Él. Es un diálogo del hombre con su Creador. Agustín, tras años de búsqueda, encontró a Dios en su propio interior.

Ante Dios no necesitamos un lenguaje perfecto. Podemos comenzar en un grupo de oración que, aun con torpeza pero con humildad, hable con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Dios escucha lo que desea nuestro corazón aunque solo balbuceemos con la lengua.

Qué hermoso sería que en cada parroquia o comunidad tuviéramos un grupo sencillo y libre de oración —sin manipulaciones—, donde poco a poco aprendiéramos a hablar con Dios, a amarle y a sabernos amados por Él, aprendiendo al mismo tiempo a conocer y amar a los prójimos que oran a nuestro lado.

¡Feliz domingo! Que este día nos enseñe a conocer y amar a Dios y a nuestros hermanos. Que María, Madre del Amor Hermoso, nos enseñe a amarle y a sentirnos amados por Él.

***

            Os anuncio que tras los comentarios correspondientes a Todos los Santos y al Domingo XXXII del tiempo ordinario, nuestro amigo y colaborador, por cuestiones de salud, dejará ya de enviarnos sus siempre interesantes reflexiones sobre la palabra de Dios. Es de agradecer su esfuerzo y disponibilidad, así como la motivación hacia un camino renovador de lo que él llama (y lo son) rutinas, animando a practicar una oración menos formal y más auténtica, una oración en que dejemos que el Señor sea quien nos hable, una actitud dispuesta a dejar siempre un amplio hueco en nuestro corazón en que habite Cristo, siendo consecuentes con la fe que decimos profesar.

            ¡Gracias Chimo por todo este tiempo de animarnos con tus pláticas a ser cristianos de cuerpo entero!

            Un abrazo, Miguel Mira