dijous, 6 d’agost del 2026

¡NO TENGÁIS MIEDO!

 

Comentario al Evangelio de Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo A. Mateo 14, 22-33.

 

            Comenzamos leyendo el texto del evangelio:

Jesús camina sobre el agua

 

            En seguida Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

            Después de despedir a la gente, subió a la montaña a orar a solas. Al llegar la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca ya estaba muy lejos de la tierra, azotada por las olas, porque el viento le era contrario.

            A la madrugada, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el mar, se asustaron creyendo que era un fantasma, y se pusieron a gritar de miedo.

            Pero Jesús les habló en seguida, diciendo:

—¡Ánimo! Soy yo; no tengan miedo.

Entonces Pedro le respondió:

—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre el agua.

            —Ven —le dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento, tuvo miedo y, como comenzaba a hundirse, gritó:

—¡Señor, sálvame!

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

—Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó. Y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo:

—Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios.

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D. Joaquín Núñez comenta:

    
    “Jesús después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar”. Eso nos anuncia algo muy importante, si Jesús ora es para que el Padre le dé fuerzas, para algo grande.

   A la cuarta vigilia, nos dice Agustín, viene andando sobre el mar; viene cuando parece que ya es tarde, para mostrar que Él domina la naturaleza.

   Mateo no nos trae ningún milagro de cura, no hay nada que coincida con la “notas mesiánicas”, “los cojos caminan, los ciegos ven etc.”. En Marcos y Lucas casi todos los signos son para sanar a alguien. Aquí no. El signo es para los discípulos, para probar su fe.

   Asistimos a una Epifanía de Jesús; este Evangelio no lo podemos separar del Domingo anterior, allí vimos como los Apóstoles no saben solucionar el hambre del gentío, primero dicen a Jesús que se los quite de en medio o que solo tienen cinco panes y dos peces, como excusa, y es Jesús quien soluciona el problema.

   ¡Hombres de poca fe!. Jesús en este Evangelio quiere dar confianza en Él, sabe que lo querían pero no terminan de descubrir que es Dios, que si se le sabe pedir con profunda Fe y con amor tiene poder absoluto. A los suyos les va a enseñar quien es El; pero este Evangelio se proclama para aumentar nuestra Fe y nuestra confianza. A veces Jesús calma la tempestad del mar, pero para nosotros lo más importante es que calme nuestras tormentas del alma. Como Jesús, ante nuestra tormentas, hemos de hacer lo que Él, retirarnos a orar, confiar en Él y clamar como Pedro: “Mándame ir a ti”. Como Pedro, somos débiles y dudamos y nos hundimos y diremos insistentemente “Sálvame Señor que perecemos”.

    San Agustín ve en este pasaje a la Iglesia como una barca. Para él la barca es la Iglesia y el mar es el mundo. La noche es la vida presente sin Jesús visible. El viento, las tentaciones y persecuciones. Pedro, dueño de la barca, de nosotros, duda  y este Evangelio nos enseña qué vamos a hacer, con Él hemos de gritar
¡Señor sálvame!. Agustín nos dice: Esa es tu fe, cuando flaquea grita. Aunque tengas poca fe, si gritas a Cristo Él te alargará la mano.

    El Evangelio nos ha dicho que, “…se les acerco Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndolo andando sobre el agua se asustaron y gritaron de miedo, pensaban que era un fantasma.” Es algo lógico, ellos pensaban que el mar era el lugar de la muerte y el caos. San Mateo está hablando para judeocristianos y usa sus creencias. Jesús les dice “Animo, soy Yo, no tengáis miedo”. Pedro somos todos nosotros, creemos que tenemos Fe pero nuestros miedos, dudas, hacen que, como él, nos hundamos, nos acobardemos. Con toda humildad hemos de decir: ¡Señor, sálvanos!. Otros quedarán con sus dudas, fruto del orgullo.

    Cuando Jesús sube a la barca se calma el mar, con todo lo que significa, Jesús nos da su mano y nos libera.

   San Agustín nos dice a todos “Entonces comprendieron que el que les había dado pan en el desierto era el mismo que caminaba sobre el mar. El mismo que alimenta es el mismo que domina la muerte”. Tenemos pocos panes y tenemos mucho mar, tibieza, soledad, viento en contra. Pero tenemos a Jesús el de la multiplicación de panes y el de la Teofanía. No nos pide tener mucho. Nos pide poner lo poco que tenemos en sus manos y gritar cuando nos hundamos.

     Feliz Domingo, en el que hemos de descubrir nuestra fe y confianza en Jesús que nos ama y nos salva. Que nuestra Madre del Buen Consejo nos acompañe.

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            La próxima, muy próxima entrada la dedicaremos a las fiestas patronales . Saludos cordiales, Miguel Mira 

 

 


dimecres, 29 de juliol del 2026

¡DADLES VOSOTROS DE COMER!

 

Evangelio del Domingo XVIII del tiempo ordinario ciclo A.

San Mateo 14, 13-21.

 


            “Al oírlo, Jesús se retiró de allí en una barca a un lugar desierto y apartado. Cuando la gente se enteró, lo siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar y ver aquel gran tumulto, Jesús sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Como se hacía tarde, los discípulos se le acercaron y le dijeron:

—El lugar está desierto y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida. Jesús les contestó:

—No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer.

            Ellos le dijeron:

—No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.

            Él les dijo:

—Traédmelos aquí.

Mandó a la gente recostarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos a la gente.             Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos con los trozos que sobraron. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.”

Comentario

Por D. JOAQUIN NÚÑEZ MORANT

 

    No lo podemos ignorar, está al precipicio de este Evangelio, un fracaso, una limitación, una incapacidad: la muerte de Juan el Bautista. Jesús se entristece, como nosotros de los nuestros cuando caemos en la cuenta de que somos limitados. Jesús quiere estar solo, retirarse a orar y verse escuchado por el Padre. Se retira en una barca lejos de la gente. Este deseo le va a durar poco, una gran multitud le está siguiendo; Él se vuelve hacia ellos con gran ternura, siente lástima de ellos, cura y enseña como siempre, Él es Maestro, ninguna de sus acciones es baldía, es neutra, cura y enseña. Los Apóstoles le dicen que están en descampado, grave dificultad, Jesús necesita tranquilizarse, reflexionar, nos está enseñando, nuestros problemas los hemos de estudiar ante Dios, hemos de orar y preguntarle al Señor lo pobres y miedosos que somos, lo incapaces que nos vemos ante lo que necesitan los demás, los pobres que necesitan nuestra ayuda, los problemas que genera nuestra limitación, nuestra falta de imaginación o de emprendimiento. Nos bloquea la necesidad de los demás, más grande que nuestras posibilidades.

   “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud… para que se compren de comer”. Jesús nos dice ante nuestra impotencia, lo mismo que los Apóstoles, “Dadles vosotros de comer”, “sólo tenemos cinco panes y dos peces”, “Traédmelos, dice Jesús.”, “ Sin mi no podéis hacer nada” (Jn.15:5) o (Flp.4:13).

    Sabemos que no podemos solucionar nuestros problemas como una ONG. Se los hemos de traer a Jesús y Él los bendecirá, orará al Padre y se producirá el milagro. Y  lo que nos parecía poco se convertirá en mucho y aún nos sobrará. Nos ha pasado muchas veces.

   San Agustín relacionó este milagro con la Eucaristía, y desde entonces se repite como si sólo fuera esta frase una realidad teológica. Solo nos quedamos en “explicar el símbolo” y se nos olvida el sudor del desierto. Jesús no hizo teologías, vio gente con hambre y se compadeció” (Mt.14:14). Para Agustín el Pan Eucarístico y el Pan de pobre son el mismo Señor. El Pan Sacramento: Cristo se da. Nos hace uno. Sed lo que recibís. Pan Compartido, nosotros damos como Cristo: “Dadles vosotros de comer”.

    ¿Que cinco panes y dos peces tenemos hoy? Los discípulos dieron lo poco que tenían. ¿Qué es, lo poco que el Señor nos pide poner hoy?, ¿Nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra escucha, nuestra puerta abierta?. San Agustín nos dice: Dios no desprecia lo pequeño, lo bendice y lo multiplica. ¿A quién estoy enviando con el estómago vacío?. San Agustín nos dice con palabras de Jesús “Dadles vosotros de comer”, no espero que bajará pan del cielo. Agustín decía: primero nos hace sentar, sin paz no hay pan. Altar y calle van juntos, si no me alimento no puedo alimentar. Nuestra oración ha de ser. “Señor toma mi poco, bendícelo, pártelo y úsalo para que nadie se quede sin pan.

   Feliz Domingo de la Multiplicación de Panes y Peces. Con Agustín que pensaba en los graneros para dar pan a los pobres de la puerta, la Eucaristía y los pobres son los dos pulmones con los que respira la Iglesia. María nuestra Madre nos acompañe.

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 Está claro que antes del domingo celebraremos la fiersta de nuestro Patrón Sant Feliu. Sería bueno que n os acordemos de honrarle e impetrar su protección, que como decía Santa Teresa estos tiempos son recios y requieren de nuestros ruegos por la paz y la convivencia y no solo por el estado del bienestar. San Félix nos bendiga.

Saludos cordiales, Miguel Mira

dijous, 23 de juliol del 2026

Domingo XVII

 

          

            Hoy terminamos el capítulo de las parábolas, con comentario de . Joaquín Núñez Morant al Evangelio del Domingo XVII, ciclo A tomado de

San Mateo 13, 44-52, que dice así:           

  «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que busca perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. También es semejante el Reino de los Cielos a una red echada en el mar que recoge peces de todas clases.  Cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen los buenos en cestos y echan fuera los malos.

 Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. ¿Habéis entendido todo esto? Le dicen: «Sí.» Y él les dijo: «Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante a un dueño de casa que saca de su arca lo nuevo y lo viejo.» 

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Estos versículos son los últimos de este capítulo 13, solo quedan los pocos versículos que se refieren a la ida de Jesús a Nazaret donde es rechazado, ”solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta”. Jesús explica a sus discípulos el valor absoluto de seguirle a Él; han de renunciar “a sus padres, hijos o riquezas”, a todo lo que les ata con el pasado. Eso es lo que hace Jesús, renuncia a su pasada historia, al fariseísmo en que ha sido educado. Es su testimonio ante sus discípulos. La Ley se simplifica con las palabras que siguen: “Maestro... ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?…”, “amarás al Señor…”, Este es el mandamiento principal y primero, pero hay un segundo no menos importante “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.22,37-39).

    El Reino de Dios se parece a un tesoro…, a una perla preciosa… o a una red barredera. Unos lo buscan, otros se lo encuentran y otros son sorprendidos al final de sus vidas.

   El tesoro escondido es encontrado por casualidad, algo que la gracia, la Misericordia del Señor se te hace cercano por distintas circunstancias. Familia, amigos, una desgracia o gracia, es decir, cualquier circunstancia, igual da; un ambiente religioso en el que se te ha educado y te ha abierto los ojos de una fe tibia de costumbre y te abres al Señor y te vas llenando de Él, alegría que te hace vender todo. Dejar lo de menos, por lo de mas.

    La Perla preciosa es la meta que San Agustín buscó y encontró. Él reflexionó mucho sobre este capítulo 13. Para Agustín vender todo es no poner tu corazón en nada creado. “Si amas de tal modo que por ello no amas a Dios, ya vendiste mal. Véndelo bien por el Reino”. No es dejar cosas, es cambiar de Centro. Cristo es el Tesoro.

    Estos versículos últimos del capítulo 13, se cierran con estas tres imágenes, y no están ahí por casualidad, son el remate que condensa todo lo dicho: el sembrador, el dueño del campo, los obreros, la paciencia del Señor que hemos de tener para no arrancar el trigo arrancando la cizaña; no condena ni define a la cizaña, ya vendrá el tiempo de la siega. En el campo del Señor hay un Tesoro y una Perla, Jesús mismo. Unos lo buscan, otros lo encuentran. Es el Reino que se te hace cercano, no somos nosotros los que lo encontramos, es el Reino quien nos encuentra. San Agustín, Doctor de la Gracia nos lo enseña, el Amor de Dios providente nos sale siempre al paso en el tiempo que somos obreros de su mies.

    Todo concluye con la “Red barredera” o cosecha de la mies (aquí Mateo habla a judeocristianos y toma el concepto judío de juicio) que recoge a todos, peces buenos y malos, solo quedan los buenos.

    En la red cabemos todos, grandes y pequeños: los que saben, los fuertes, los que están cerca del Señor hace años y los pequeños, los nuevos, los heridos, los que entienden poco, los que vienen por inercia. Jesús no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños (Mt.18:14).

     Feliz domingo busquemos o encontremos el Tesoro o la Perla, lo más importante es que Jesús sea nuestro mayor Amor. Que nuestra Madre de Amor Hermoso, nos enseñe a amar.

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Saludos cordiales, Miguel Mira. Hasta pronto