divendres, 25 de setembre del 2026

La parábola de los dos hijos

 

         Amigos: Ya vamos por la semana XXVI del tiempo ordinario, y la Iglesia nos propone el Evangelio según San Mateo, 21, 28-32. Os transcribo el texto según  la Biblia de Jerusalén.

         «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.

         Él respondió: “No quiero”; pero después se arrepintió y fue.

         Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Él respondió: “Voy, señor”; pero no fue.

         ¿Quién de los dos cumplió la voluntad del padre?»

         Ellos contestaron: «El primero».

         Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios.

Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

         Sobre el significado del pasaje sobre la verdadera obediencia y la conversión, veamos la reflexión que nos ofrece esta semana D. Joaquín Núñez Morant:

Comentario

Nos encontramos ante uno de los fragmentos evangélicos más breves y de ideas más directas. Jesús nos presenta a dos hijos: uno aparentemente indigno, rebelde y alejado, que representa a los paganos y pecadores; y otro en apariencia obediente y fiel, que prefigura al primer pueblo elegido. Al final, toda la humanidad está llamada a la filiación, pues todos somos hijos de Dios por la creación, incluso aquellos que por ignorancia cayeron en la idolatría o en prácticas donde se esclaviza y sacrifica al ser humano, viviendo sin el don de la revelación.

Jesús echa en cara y denuncia la corrupción de las autoridades de ese pueblo escogido. Un pueblo que se ha reinventado a sí mismo hasta convertirse en una máscara irreconocible, olvidando en la práctica lo que aceptó solemnemente en el Sinaí: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho” (Éx 19, 8). Se ha encerrado en sí mismo y, lo que es peor, juzga en nombre de Dios. Dice que sí, pero no va a la viña, que es el campo del Dueño; ese campo al que todos somos llamados desde que el Sembrador salió a sembrar.

    Esto nos interpela directamente: ¿Mantenemos hoy en nuestras parroquias, más que nunca, el entusiasmo por lo que el Señor nos pide? ¿O somos de los que dicen «Señor, ya voy», pero ese ir no llega nunca? A veces nos parecemos a aquel sector del primer pueblo: sabían perfectamente lo que tenían que hacer, pero eran fieles únicamente a una interpretación fría de la ley, lejos de la verdadera voluntad del Señor. Existen muchas formas modernas de "judaizar" y caer en el legalismo.

    El otro hijo dijo: «No quiero», pero después se arrepintió y fue. En él se ven reflejados el publicano, la samaritana, el centurión o la mujer cananea. Todos ellos con historias rotas. Todos ellos marginados por una interpretación estricta de la Ley que los declaraba impuros y pecadores, dándolos por perdidos en manos de quienes detentaban el poder religioso.

    Sin embargo, el Evangelio nos muestra a estos mismos personajes acogiéndose a Jesús y clamando: «¡Jesús, Hijo de David!». Aquellos que estaban condenados por una ley manipulada encuentran en Cristo una respuesta distinta. Jesús no los devuelve al molde tribal de quienes define como hipócritas; los sana uno a uno por su fe en Él, por su "sí" personal. Como bien decía San Agustín: «Cristo no vino a buscar tribus, vino a buscar personas». Jesús rescata y premia la fe personal; la saca del grupo tribal y la individualiza, tal como le dice a Zaqueo: «Baja enseguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa» (Lc 19, 5).

    Estos dos tipos de actitudes se dan hoy en nuestras comunidades. Por un lado, están "los de toda la vida", aquellos que ya se creen salvados y sienten que Dios les debe algo por su entrega generosa, la cual proclaman a los cuatro vientos a cambio de poder, dominio y control. Por otro lado, encontramos a personas cuya generosidad y entrega silenciosa solo la conocen unos pocos agradecidos por su atención. Las primeras reciben el aplauso en vida; las segundas encarnan los versos de uno de los mejores poemas de nuestra mística, el Soneto a Cristo crucificado:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves Señor, muéveme el verte,
Clavado en una cruz y escarnecido,
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor y en tal manera
Que aunque no hubiera cielo yo te amara
Y aunque no hubiera infierno, te temiera

 

...No tienes qué me dar por que te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

         Feliz domingo. Jesús nos muestra el amor de Dios como hijos suyos, llamándonos por nuestro nombre y transformando nuestro corazón. Solo como hermanos nos une en su obra creadora, y como hermanos nos unimos para presentarnos ante Él a través de la caridad compartida entre todos sus hijos.

         Que nuestra Madre del Buen Consejo nos lleve de su mano.

***

Saludos cordiales. Hasta pronto, Miguel Mira

dimecres, 16 de setembre del 2026

LOS VIÑADORES DE ÚLTIMA HORA

 

            Estimados amigos:

            Seguimos leyendo y reflexionando con San Mateo las palabras de Jesús. En este Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A, se nos ofrece la la parábola de los obreros de la viña, y el texto es el siguiente:

 

San Mateo, 20, 1-16.

 

            «Porque el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.

            Habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

            Salió luego hacia la hora tercera y vio a otros que estaban en la plaza desocupados, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo."

            Y ellos fueron. Salió de nuevo hacia la hora sexta y la novena e hizo lo mismo. Salió finalmente hacia la hora undécima y encontró a otros que estaban allí y les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?"

            Dícenle: "Porque nadie nos ha contratado." Él les dice: "Id también vosotros a la viña."

            Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."

         Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.

         Al venir los primeros, pensaron que recibirían más; pero ellos también cobraron un denario cada uno.

            Al recibirlo, murmuraban contra el propietario,

diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora y los has igualado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor."

            Pero él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último tanto como a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Hoy aclararemos las matemáticas de Dios. Jesús nos propone una parábola famosa que, vista con los ojos de nuestra lógica humana, puede parecer nos injusta. Sin embargo, si recordamos la diferencia entre la justicia divina y la justicia humana, comprenderemos que para Dios un denario representa algo mucho mayor: la gloria eterna.

            En la parábola, varios viñadores van llegando a lo largo de la jornada: unos al amanecer, otros a media mañana, y así hasta caer la tarde. Al anochecer, el dueño de la viña llama al capataz para pagarles. Para sorpresa de muchos, todos reciben exactamente el mismo pago: un denario.

Si aplicamos las matemáticas divinas, esto es plenamente justo. Lo que provoca el conflicto es nuestra lógica egoísta. Si solo se cuentan las horas trabajadas, los primeros trabajadores tienen razón en quejarse según la justicia humana. Pero Dios no paga un salario: Dios se regala a sí mismo. El Doctor de la Gracia, San Agustín, argumenta en su Sermón 87: «Dios no mira cuánto tiempo has trabajado, sino con cuánto amor lo has hecho». Los que llegaron al amanecer creían tener derechos adquiridos, olvidando que el solo hecho de ser llamados ya era una gracia. Mientras la justicia humana compara («yo más, él menos»), la justicia divina da a todos lo mismo: el Reino completo. San Agustín también comenta, en su Sermón 112, que los murmuradores se parecen al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo: sirven, pero no aman. Y quien no ama, aunque trabaje mucho, se queda fuera. Los del atardecer representan a los últimos, a los pecadores, a los que llegan tarde. Los del amanecer podemos ser nosotros, los que estamos aquí desde siempre. Nuestro peligro es creernos con más derechos por antigüedad, olvidando que todo es un don.

            A veces, hay quienes se dicen cristianos y exclaman: «He perdido el tiempo; de haberlo sabido, hubiera vivido de otra manera». A ellos, San Agustín respondería —y nosotros debemos enseñar— que es un grave error medir las cosas de Dios con criterios comerciales. El verdadero cristiano no se "sacrifica" con amargura. Quien se lamenta por haber trabajado todo el día revela que su motor no ha sido el amor, sino el temor o el orgullo. El argumento definitivo de Jesús resuena con fuerza: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis asuntos?, ¿o vas a tener envidia porque yo soy bueno?». Sus palabras son duras, y nos toca a nosotros dulcificarlas enseñando a los de dentro; recordándoles que al primero al que Jesús le abrió las puertas del paraíso fue a un asesino —el buen ladrón— que le pidió esa gracia en la cruz. Lo hizo porque el dueño de la viña es infinitamente bueno y misericordioso.

            Feliz domingo. Sea cual sea la hora a la que hayamos llegado a su viña, el Señor se nos dará entero. Tomemos la mano de la Madre de las Gracias.

***

 

dimecres, 9 de setembre del 2026

"AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS..."

 

Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario,

Ciclo A. Mateo 18, 21-35

La parábola del siervo despiadado

 

TEXTO

 

            Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

            Jesús le dice: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

            Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer, sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.

            El siervo, echándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”.

            Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó marchar y le perdonó la deuda.

            Pero al salir aquel siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, le ahogaba diciendo: “Paga lo que debes”.

            Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”.

            Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel hasta que pagase lo que debía.

            Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

            Entonces su señor le llamó y le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

            Y montando en cólera su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que debía.

            Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano».

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

           

            “Sed santos, porque yo soy Santo” (1Pe 1,15-16). Así se nos invita a los cristianos a buscar la santidad, porque Dios es Santo. Hoy nos situamos en la dinámica del perdón, ese tributo divino que nos ha merecido la salvación. Jesús entregó su vida por amor al Padre para redimirnos, conforme a la justicia divina que comprenderemos plenamente cuando nuestro conocimiento se asemeje a Aquel que nos creó “a su imagen y semejanza” (Gen 1,26-27).

            En el Evangelio, Pedro pregunta: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?” Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

            Jesús nos propone la parábola, bien conocida, del rey que perdona a un siervo que le debía diez mil talentos de oro, una suma enormemente grande, una fortuna impagable. La magnitud de la deuda simboliza que el ofendido no es un ser humano, sino Dios mismo. Su justicia divina, como su misericordia y amor, es completa, sin división ni medida. Para entender esta parábola, es fundamental distinguir entre la justicia divina y la humana, que son muy diferentes. La narrativa puede confundirnos si no tenemos claro esto, y es esencial para comprender este Evangelio y otros similares.

            Cada día oramos y pedimos la justicia divina cuando decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Algunas ofensas son contra Dios y otras contra nosotros o contra otros.

            En la parábola, el otro siervo debía cien días de salario, aproximadamente tres meses de trabajo; hoy en día, muchos acumulamos deudas mayores. El siervo perdonado, en una lógica humana y sin misericordia, puede encarcelar a quien le debe, lo cual es siempre injusto porque falta el perdón cristiano.

Aquí se plantea una cuestión clave: ¿qué justicia seguimos? ¿La divina o la humana, la pagana o la cristiana? El rey que perdonó una deuda inmensa no perdonó al siervo que no mostró misericordia hacia otro. No fue por ofenderle a él, sino por ofender a un pobre.

            San Agustín, en su sermón 83 sobre este Evangelio, dice: “¿Qué es lo que Dios te perdona a ti, si tú no perdonas a tu hermano? Dios te perdona el mar, y tú no quieres perdonar una gota.”

Jesús advierte: “Si no perdonáis de corazón, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará” (v. 35). La clave no es simplemente “perdono porque Dios me perdona”. La clave es: si he sido perdonado a nivel divino, ¿cómo puedo actuar con justicia humana y no con misericordia?

Si somos cristianos, ya no vivimos bajo la justicia humana ni sólo con ética; debe guiarnos la justicia divina, que debe estar en nuestro corazón. Ser cristiano no es ser simplemente buena persona, sino vivir con la moneda de Dios. San Agustín nos recuerda en el sermón 218: “Existen dos tipos de hombres: los que piden perdón y los que lo dan. Si no eres de los que perdonan, ¿cómo puedes ser de los que reciben perdón?”

Finalmente, la conocida frase de Agustín, “Ama y haz lo que quieras,” hay que entenderla en su contexto completo: “porque el que ama de verdad no puede hacer sino el bien”. Si amamos, perdonamos con el mismo amor con que Dios nos ama. Si no, no hemos comprendido la deuda de los 10,000 talentos.

            Vivamos pues en la justicia divina y no en la humana, para ser santos.

            Feliz domingo, día en que el Señor nos enseña a perdonar como Él nos ama y perdona. Que la Madre de la Misericordia nos sostenga siempre.

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            Hasta la próxima, saludos cordiales, Miguel Mira