Aquí os transcribo el pasaje de San Mateo 21, 33-43, correspondiente a la Parábola de los viñadores malvados, que comentará seguidamene D. Joaquín Núñez Morant, y que corresponde a la vigésimo séptima semana del tiepo ordinario, ciclo A.
Como siempre, merece la pena
parase unos momentos a pensar ¿me veo yo implicado? La conclusión a la que
llega el páter es muy clara…
TEXTO
«Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre de guardia. Luego la arrendó a unos viñadores y se fue de viaje.
Cuando se acercó el tiempo de la cosecha, envió a sus siervos a los viñadores para recoger los frutos que le correspondían.
Pero los viñadores agarraron a los siervos: a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo apedrearon.
Volvió a enviar a otros siervos, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
Por último, les envió a su hijo, diciendo: “A mi hijo lo respetarán”.
Pero los viñadores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: “Este es el heredero; matémoslo y quedémonos con su herencia”.
Así que lo agarraron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el señor de la viña, ¿qué hará con aquellos viñadores?».
Le respondieron: «Destruirá sin piedad a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a su debido tiempo».
Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído en las Escrituras: “La piedra que desecharon los arquitectos ha llegado a ser la piedra angular; esto ha sido obra del Señor, y es admisible y maravilloso a nuestros ojos”?
Por eso os digo que el Reino de Dios os será quitado a vosotros y será dado a un pueblo que rinda sus frutos».
COMENTARIO
A las alturas en que vive la Iglesia en Europa, este pasaje evangélico debemos leerlo, ante todo, en clave profética. No olvidemos que el día de nuestro bautismo se nos recordó nuestra dignidad: somos sacerdotes, profetas y reyes en esta viña que es la Iglesia, de la cual no somos dueños, sino simples administradores. El Dueño, como nos recuerda Jesús al final del relato con la cita del Salmo 118, es la Piedra Angular.
La decadencia actual no surge de la noche a la mañana; es el fruto acumulado de siglos de malos administradores que creyeron ser dueños de la viña. Nos encontramos en el momento exacto en que el Dueño nos invita a detenernos. No para ver cómo seguimos inercialmente, sino para convertirnos en arquitectos que toman como fundamento exclusivo la Piedra Angular: Cristo. Se trata de dejar de lado otras ocupaciones accesorias para sanear la Viña, devolviéndole la vida en favor de todos —no de privilegios de la jerarquía ni del clero—, para que vuelva a dar frutos abundantes de santidad.
Comienza el texto evangélico dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo; hoy, esa advertencia resuena para todos nosotros, los que nos consideramos fieles a su voluntad. El momento actual nos exige no caer en lamentaciones estériles ni disimular nuestra realidad, sino plantearnos una pastoral centrada exclusivamente en predicar a Cristo, antes de que el peso de nuestra propia indolencia nos lleve a descuidar o abandonar la Piedra Angular.
Hemos afirmado que somos profetas y que portamos en nuestra vida la Vida de Cristo. Profetas, testigos y mártires comparten una misma raíz. Ya san Pablo VI nos recordaba en la exhortación Evangelii Nuntiandi una verdad luminosa: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos". ¡Lástima que a veces pasemos por alto esta enseñanza o nos hagamos los sordos! Solo así, recuperando el testimonio, encontraremos la verdadera fuerza profética que se nos ha confiado.
Todo se nos ha dado: la viña, el cercado, la torre, los sacramentos y la Palabra. Nosotros —escarmentados en cabeza ajena por el ejemplo de los israelitas— debemos recordar que el Evangelio no es un documento del pasado; está vivo y es el mismo Jesús quien nos habla cuando se proclama. Nosotros somos los viñadores, los administradores, jamás los propietarios. Caer en el dominio sobre la Viña es repetir el pecado multisecular que Jesús ya reprochó en su tiempo.
A veces, tristemente, ponemos más cuidado en las estructuras que en las almas. El Dueño viene a buscar uvas... y encuentra solo hojas: reuniones, papeles, burocracia, pero escasa conversión real. Y cuando alguien recuerda con humildad que la Viña no es nuestra, a menudo se intenta callarle: "No hables de eso", "Eso no se toca". Se genera así una crisis de esperanza. San Agustín, en su Sermón 87, nos lo advertía con claridad: "La viña es la Iglesia, los viñadores somos nosotros. ¡Ay si nos creemos dueños de la viña!". Y añadía en el Sermón 46: "Hay pastores que se apacientan a sí mismos y no a las ovejas, y cuando una se pierde dicen: 'No es asunto mío'". San Agustín predicaba esto en los siglos IV y V, lo que demuestra que el peligro de la autocomplacencia clerical es antiguo.
Remate y Conclusión:
Sin embargo, frente a la sombra del desánimo, la viña sigue viva. Hoy hay quienes la riegan con paciencia y cariño: el sacerdote o el laico que visitan a un enfermo, el catequista que enseña el Evangelio sin buscar aplausos, el cristiano anónimo que sostiene su parcela con la oración. Cuando se cultiva así, el secarral vuelve a ponerse verde.
Vivamos un feliz domingo sabiendo que el Dueño de la Viña confía en nuestras manos su obra, con la certeza de que un día vendrá a recoger los frutos de amor y entrega que espera de nosotros. Dejemos que sea Él quien nos tome de la mano para seguir cultivando juntos su heredad. Que la Virgen del Buen Consejo nos acompañe en nuestro Caminar y en cultivar la Viña del Señor.