SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR...
Comentario al Evangelio del Domingo XV del tiempo ordinario ciclo A. San Mateo 13, 1-9.
Aquel mismo día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar.
² Y se reunió ante él mucha gente, tanto que entró en una barca y se sentó, y toda la gente estaba de pie en la ribera.
Y les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: «He aquí, el sembrador salió a sembrar.
Y al sembrar, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;
pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.
Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron.
Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.
El que tiene oídos para oír, oiga».
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Esto es lo que nos dice nuestro amigo y colaborador D. Joaquín Núñez
Damos hoy comienzo a un nuevo capítulo, el 13 de Mateo, que nos trae, seguidas, siete parábolas. Hoy nos propone, ya de todos conocida, la parábola del Sembrador: “Salió el sembrador a sembrar”.
Él les habló mucho tiempo, lo traduciremos como siempre, sin medir el tiempo, como hemos de hacer nosotros, sembrar sin ningún cálculo, sin pensar si la tierra es buena o es un pedregal, o son espinos o es aparentemente buena. El sembrador no siembra en invernadero, sale al campo abierto, camino, pedregal, espinos… tierra buena, todo. Jesús nos enseña saliendo, tira semilla caiga donde caiga; nosotros pesamos tantas cosas, nos acobardamos y nos sentimos fracasados. Sin embargo, El Sembrador se arriesga al desperdicio, tira semilla hasta donde pisan todos. El Padre es así, “hace salir su sol sobre buenos y malos”(Mt.5,45). Hemos de sembrar también nosotros, aunque tengamos la seguridad de que la semilla se va a perder. Tener esa seguridad es tener bien cierto que el Sembrador ha fracasado, casi casi una blasfemia, no podemos hacer responsable a Dios de nuestros fracasos o cansancios, de nuestras prisas. La semilla va fermentando y tomando tierra y echando raíces, necesita su tiempo y oportunidad, su humedad, su respuesta a la gracia.
La parábola, ésta y todas, es código para humildes. El soberbio oye un cuento de campo. El pequeño oye que el Reino de Dios es así: gratuito, arriesgado, manso. San Agustín se convirtió con una frase; porque siendo pequeño ya, roto, la semilla entró y germinó. El Sembrador siembra con gratuidad, con riesgo, con paciencia y sin controlar el resultado porque es manso y humilde. Sabe que la Vida está en la semilla, no en el sembrador.
Este es el momento de actuar nosotros hoy, actuar como el Padre manirroto. Un Padre que ve a su hijo camino pisoteado y tira semilla igual. Que lo ve lleno de espinas pero continúa sembrando semillas. ¿Por qué?, porque no puede no amar. Porque su Amor no es inversión, es derroche. “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo” (Jn.3,16), ¿o eso no fue un derroche?. Lo clavaron, lo perdimos y justo ahí, brotó la Vida. Donde el hombre de hoy ve “pérdida”, Dios dice “Misericordia”.
No quisiera terminar sin que San Agustín nos muestre cómo el Sembrador fue “manirroto” con él. Desde pequeño, su madre Mónica, estuvo sembrando en su corazón de piedra, su fe. La Verdad que buscó en saberes humanos. Sembraron los cristianos de Milán junto a su obispo san Ambrosio. A la vuelta a África con un hermoso plan de retiro, el Señor lo fue dirigiendo para ser el Agustín que nos dejó sus Confesiones, semilla viviente a lo largo del tiempo, sus escritos, para enseñar la Fe contra todos los herejes, enseñanzas válidas contra los herejes de hoy, con mucha paciencia, sin ninguna violencia, no como enemigo sino con el amor que él experimentó por parte de Dios; hasta en eso nos enseña frente a los que se presentan como enemigos. Amar como él se siente amado. Ojalá aprendiéramos a tratarnos de la misma manera. Amor al pecador pero no al pecado. Esa es la mejor semilla para sembrar en este mundo tan solo y tan violento, aunque sembremos en tierra dura como un camino o un pedregal o entre espinas de aquellos que oyen con entusiasmo y aplauden sin saber que todo pasa con la mínima dificultad. La semilla de san Agustín no esperó verla crecer, pero sabía que crecería hasta llegar al Cielo.
Feliz domingo de Buen Sembrador, sembremos para cumplir la voluntad de Dios. Nosotros que hemos sido sembrados cuando todavía somos camino, pedregal y tierra buena. Que nuestra Madre del Buen Consejo, nos lleve de la mano.
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Hasta pronto. Saludos cordiales, Miguel Mira



