EL BAUTISMO DE JESÚS
Este próximo domingo la Iglesia conmemora un hecho extraordinario: el Bautismo de Jesús en el Jordán que narran los tres sinóptico, si bien en esta ocasión leeremos a San Mateo. Es el momento en el que se manifiesta la Trinidad: el Hijo (Jesús), el Espíritu Santo (en forma de paloma) y la voz del Padre. Estamos en desde San Mateo 3,13-17, cuyo esto es el siguiente:
“Entonces
Jesús vino de Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él.
Pero Juan se le oponía,
diciendo: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”
Jesús le respondió: “Déjame
ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan consintió.
Apenas fue bautizado Jesús,
salió del agua; y en ese momento se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios
bajar como una paloma y posarse sobre él.
Y una voz del cielo decía: “Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco”.
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Comentario
Por D. Joaquín Núñez Morant
La riqueza del fragmento del evangelista San Mateo, llamado del Bautismo del Señor, se oscurece por una tradición que subraya un hecho circunstancial, que en realidad carece de importancia, cuando resulta, en realidad, ser de la máxima consideración.
Si nos asomamos a la escena, veremos una larga fila de personas que motivadas por la predicación de Juan el Bautista quieren recibir un bautismo de Purificación, muy común en las religiones de oriente, pero que no es mandamiento de una ley judía.
La frase “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”, como afirma Jesús en (Mt.9,12-13), (Mc.2,17), (Lc.5, 31-32), es central, como vemos que repiten los sinópticos. Partiendo de ese axioma, Jesús se mezcla en un grupo de gentes quienes se consideran pecadores, a quienes la sociedad judía consideraba “impuros”. Es un escándalo que Jesús se mezcle con esos “pecadores”, y, sin embargo, Jesús vemos que trata con Misericordia e inclusión, más que en juicio, más que juicio y exclusión.
El bautismo de Juan llama a conversión al ponerse Jesús en la fila es para identificarse con los pecadores y mostrar su solidaridad con ellos, cosa que no es extraña, porque la vemos a lo largo de los evangelios y que nos sirve a nosotros de ejemplo para ser más acogedores y menos juzgadores, sobre todo con aquellos que buscan la conversión o la renovación.
Este bautismo colectivo purificador, al margen de la Ley judía, es el momento clave que marca el inicio del ministerio público de Jesús y que tiene el gran aval de la revelación de la Santísima Trinidad.
La Iglesia Católica, al celebrar el bautismo de Jesús, considera que lo más importante no es el bautismo, lo más importante es: “Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él”; item más: “Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Vemos que este bautismo de purificación es meramente una circunstancia y no lo trascendente. Fijémonos en que Dios no escoge, igual que en el nacimiento, un momento solemne en un marco más sagrado para consagrar el inició de la Misión de Jesús, escoge un lugar, el Jordán, en medio de un rito ajeno a la Ley, toda una intención de la que Jesús dará testimonio a lo largo de su vida evangelizadora.
Lo más importante es, pues, que el plan de Dios se inicia entre pecadores a los que quiere redimir por amor, celebrando un rito ajeno a la Ley, como es, como ya hemos visto, un bautismo de purificación, pero donde Él se introduce porque es el único que les/nos purifica por amor de Padre.
Pero el hecho, visto en su globalidad, realmente, es una Teofanía relatada por los tres sinópticos y siempre en imperativo.
Sí, podemos recordar nuestro propio sacramento bautismal, reiniciar con Jesús cuál es la voluntad de Dios nuestro Padre, no para juzgar, sino para cooperar a la salvación de nuestros hermanos.
Feliz domingo con el que cerramos el tiempo navideño, que antes duraba hasta el día dos de febrero, festividad de María Candelaria. Ella nos encamine a la Luz verdadera.
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Con afecto, Miguel Mira
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