UNA PREVIA:
Les prometo que a pesar de haber leído y publicado el comentario al Evangelio del Miércoles de Ceniza, este año se me ha venido encima casi sin darme cuenta. Pero ahí estamos; emprendemos el camino hacia la Pascua.
Desde hace algunos años, aunque en la Colegiata ese rito se celebra en la Misa Conventual, a las diez de la mañana, también se impartía la ceniza en la Iglesia de San Francisco en la vespertina. El Sr. Abad, D. Camilo Bardisa, prefiere no hurtarle las solemnidades a la Iglesia Colegial y anunció que la celebración de la tarde sería, pues, en dicho templo. Aunque el sentir de algunos, yo entre ellos, de entrada pensamos que la asistencia sería mayor en San Francisco, por proximidad y (no lo niego) comodidad, debo reconocer que tal opinión no era acertada. En la Colegiata, ayer, a las siete de la tarde hubo un más que aceptable número de fieles, bendito sea Dios. Incluso pudimos apreciar la concurrencia de algunas familias con sus hijos pequeños. Es una alegría ver que hay algún motivo para el optimismo. Sin duda, Dios proveerá.
Animada por el coro parroquial, la eucaristía fue concelebrada por el Sr. Abad con un canónigo y el vicario, asistidos por el diácono permanente de cuyo impecable servicio tenemos el privilegio de contar en esta Parroquia de Santa María. Fue gozoso comprobar la larga hilera de personas que se formó para recibir el sacramental así como la comunión. De la homilía de D. Camilo destacaré la idea de que estamos en un tiempo nada triste porque vamos en camino hacia la gran noche de Pascua; esperamos esa Resurrección que ha de animarnos a la conversión, a la reflexión interior, todo ello con una esperanza firme y el ánimo dispuesto a vivir como Jesús nos propone.
En fin, me complace haber comprobado esa buena respuesta.
De
otro lado, me viene a la memoria aquella fórmula exhortatoria en el momento de la imposición de la ceniza que pronunciaba
el sacerdote antes del Vaticano II: “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem
reverteris.”
(“Recuerda, hombre, que
polvo eres y al polvo volverás.”), basada en Génesis 3,19.
Sin embargo, después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, el Misal Romano, promulgado por el papa Pablo VI en 1969, introdujo una segunda fórmula alternativa. Desde entonces, el celebrante puede elegir entre las dos, la tradicional “Memento, homo…" o la nueva “Conviértete y cree en el Evangelio.” (cf. Marcos 1,15), fórmula ésta que es la habitual en nuestro tiempo.
Así pues, como se comentó en la “entrada” anterior de este blog, con San Pablo (Filipensses, 4,4), repito:
“Estad alegres en el Señor; os lo repito ¡Estad alegres!”.
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Y ahora vayamos al Evangelio del
PRIMER DOMINGO DE CUARESMA 2026
Evangelio según San Mateo, 4, 1-11.
TEXTO
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, di que estas
piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó diciendo:
—Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”
Entonces el diablo lo lleva a la
ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, tírate
abajo, porque está escrito:
“Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, y te sostendrán en sus manos,
para que tu pie no tropiece con las piedras.”
Jesús le dijo:
—También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios.”
De nuevo el diablo lo llevó a un monte muy alto y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
—Todo esto te daré si te postras y me adoras.
Entonces le dijo Jesús:
—Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían.
COMENTARIO
Por D. Joaquín Núñez Morant
Todos los años, el primer Domingo de Cuaresma comienza con las mal llamadas “Tentaciones de Jesús en el desierto”. (Mt.4,1-11), (Mc. 1, 12-13 ) y (Lc.4, 1-13). Este año es Mateo quien nos acompaña.
Los evangelios no son una narración histórica, sino una gran catequesis, una verdad más real que nos muestra la Verdad misma que es Jesús.
El desierto es el interior de cada uno, donde uno se encuentra, el silencio y la soledad donde uno se ve y analiza. Es un trabajo difícil y que el cristiano tiene que aprender, sí o sí, del que depende la capacidad de responderse a la pregunta de ¿quién soy yo? Una pregunta que a lo largo de una vida hemos de responder. Eso es lo que significa, en lenguaje bíblico, los Cuarenta opositores, días u horas, igual da.
Las tres pruebas son las que Jesús supera y nos invita a superar día a día. “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Nuestra relación con las cosas: “no sólo de pan vive el hombre”; con las riquezas y el poder: “no tentarás al Señor tu Dios”; o la relación con Dios: “Al señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto” (el Becerro de Oro del desierto).
Al presentar a Jesús como modelo, nos invita a nosotros a afrontar nuestras propias pruebas. No olvidemos que el “tentador” somos nosotros mismos, con nuestras propias debilidades, deseos y miedos. Y al “asomarnos al mundo”, vemos que lo que mueve la historia son precisamente esas luchas internas y externas que afrontamos: el deseo de poder, la búsqueda de seguridad, la tentación de poner algo o a alguien por encima de Dios, ignorando a un Dios padre misericordioso y providente. Jesús se presenta como modelo de mansedumbre y humildad de corazón.
Como catequesis, en los primeros siglos era un tiempo de preparación para los catecúmenos que se iban a bautizar la Noche de Pascua; un tiempo de formación y preparación para entrar en la comunidad cristiana. Es hermoso ver las catequesis que encontramos en distintas comunidades, pero la Iglesia ha ido acentuando más el aspecto penitencial, perdiendo la riqueza de valores teológicos. San Agustín es una fuente riquísima para entender la espiritualidad de la Cuaresma y la Pascua en los primeros siglos. Sus Sermones y escritos nos ayudan a profundizar en el sentido de este tiempo litúrgico.
Sus catequesis las encontramos a lo largo de su inmensa obra: Sermones 205-213, sobre la Cuaresma y la preparación de la Pascua. El Sermón 228 , sobre la Vigilia de Pascua y el “Tratado sobre el Evangelio de Juan”, no dudemos que es una gran síntesis de qué es lo más importante para el principio del siglo V. “La Cuaresma es un tiempo de purificación y de conversión… para que lleguemos a la fiesta de la Pascua con un corazón renovado.” (Sermón 205). “Un tiempo para sacudir el polvo de nuestras almas, para limpiar nuestro corazón y prepáranos para la Pascua”. Nos invita a vivir este tiempo con autenticidad, convirtiéndonos, reconciliándonos y acercándonos más a Dios. Para San Agustín la conversión es un proceso continuo. Nos invita a vivir este tiempo de oración, ayuno y limosna, como caminos para acercarnos más a un Dios que nos ama.
Leer a San Agustín, a quince siglos de distancia, es muy consolador; su estilo está lleno de una alegría esperanzada, sabiendo, por propia experiencia, la paciencia con la que Dios nos ama. Su estilo cuaresmal nos mueve a sabernos salvados, somos sus hijos amados. Quiere que seamos santos, Quiere que seamos libres siendo capaces de superar, como Jesús, las pruebas que tenemos en nuestro camino.
Feliz primer Domingo de Cuaresma. Hemos de ser como San Agustín, con su misma alegría, con la seguridad de que Dios nos ama. “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y fuera te buscaba”. No busquemos fuera a Dios, lo tenemos dentro. Que María de la Paciencia no lleve de la mano.

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