Sabemos cómo en el decir popular “tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”
También sabemos que allá por el año 90/91 del siglo pasado, tras los acuerdos alcanzados entre la Iglesia y el Estado, por conveniencias de tipo económico, por evitar los largos “puentes” que se sucedía en un corto periodo de tiempo, después de Semana Santa, las fiestas de La Ascensión y la del Corpus Christi pasaron a celebrarse el domingo inmediato siguiente a la fecha tradicional. Es claro que hay localidades donde la tradición se mantuvo por razones históricas y de arraigo irrenunciable, como por ejemplo en Toledo, se mantiene la festividad del Corpus y se celebra con toda solemnidad. En lo que a nosotros nos afecta, tanto La Asunción como el Corpus los conmemoramos en domingo y este próximo la Iglesia nos señala uno de los días que luce más que el sol.
Pienso que es interesante recordar cómo en el cap.1 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, en el versículo 11, aparecen dos personajes que inquieren a los apóstoles con esta pregunta ¿Galileos, qué hacéis ahí parados mirando al cielo? Asombrados como estaban ante el hecho que acababan de presenciar, aquellos ángeles les despiertan y animan a moverse como momentos antes les ordenaba el Maestro, como leemos en el Evangelio de San Mateo, cap. 28, versículos 16 al 20 que parta esta festividad nos propone la Iglesia:
“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verle, le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»
COMENTARIO,
Por D. Joaquín Núñez Morant
Mateo nos presenta su catequesis de la despedida de Jesús con unas notas muy interesantes para sus oyentes de entonces y para todos nosotros hoy.
Hemos de ir con sus discípulos de entonces y quienes queremos serlo ahora. Se nos convoca a Galilea donde se inició la vida pública de Jesús. Vida que se va descubriendo y nos va acercando a la vida de Jesús; nos va enamorando y como Tomas, estamos dispuestos a “dar nuestra vida por Él” (Jn.11:16). En último término Jesús nos enamora.
Se nos convoca en un lugar concreto, “el monte de las Bienaventuranzas” el estilo de vida de quien se hace seguidor de Jesús y queremos ver su Resurrección, sólo si vivimos el hombre nuevo se nos abrirán los ojos para poderlo ver y hacer que los otros lo vean a través de nuestra vida.
Vivir las Bienaventuranzas, tiene una que nos da luz en este día “ser limpio de corazón”. San Agustín dice que esta bienaventuranza significa “tener una intención simple. No buscar con el corazón dos cosas”. “No amar a Dios por interés, sino por Él mismo”. Un corazón sucio es un corazón dividido. Amar a Dios… y también tu vanidad. Eso es doblez de corazón. El corazón se limpia por la fe, “cree para que entiendas, y entenderás para que veas”. La fe te lava porque te arranca del amor egoísta y te clava hasta el Creador. Y su frase famosa “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
Al verlo, nos dice San Mateo, se postraron, pero algunos vacilaban, dudaban. Esta es la palabra más importante “dudar”. Siempre irá unida a la palabra “fe”, de tal manera que quien lo tiene todo claro, quien tiene una fe inamovible no es de fiar, es una roca con corazón de piedra, pero no es humano. San Agustín tiene una frase que nos aclara: “Señor te doy mi fe rota, mi sí a medias, mi noche. Haz tú lo que yo no puedo”. El fariseo del Templo es el que no duda y tiene una fe muerta (Lc. 18, 14).
Nos envía a “hacer discípulos de todos los pueblos… bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles: guardad todo lo que os he mandado (enseñado). “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
No os dejaré huérfanos, os acompañaré en esa misión a la que os envío. La misión de todo cristiano es “hacer discípulos“ y hoy más que nunca. La muestra son nuestras iglesias que no rebosan de fieles de una cristiandad sociológica; sea como sea, ser discípulo es “enseñar todo lo que el Señor nos ha mandado”.
Es San Juan de la Cruz quien dará fin a esta reflexión. “El que tiene Caridad, está predicando siempre, aunque calle con la boca. Porque el amor es obras y esas obras dan voces”. El mandato misionero es: “Cristo no se fue, se multiplicó. Ahora vive en ti para seguir bautizando, enseñando y abrazando al mundo desde dentro de cada discípulo”.
Feliz en este día que “reluce más que el Sol” contemos que Jesús se ha ido a prepararnos sitio donde gocemos eternamente con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; Dios uno y verdadero. Nuestra Madre del Amor Hermoso nos acompañe siempre.


Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada