dimarts, 7 de juliol del 2026

EL SINDROME DE SAREPTA

 


            En el Libro de los Reyes (17, 8-16) se relata esta hermosa historia que resumo:

            El profeta Elías anuncia una gran sequía y, por mandato de Dios, primero es alimentado junto al torrente de Querit por cuervos. Cuando el torrente se seca, Dios lo envía a Sarepta, donde encuentra a una viuda recogiendo leña. Elías le pide agua y también un poco de pan. Ella responde que solo le queda un puñado de harina y un poco de aceite, con los que piensa preparar la última comida para ella y su hijo antes de morir de hambre. Elías le pide que primero le prepare una torta para él y le asegura, en nombre del Señor, que la harina y el aceite no se agotarán hasta que vuelva la lluvia sobre la tierra. La mujer confía en la palabra del profeta, actúa como él le ha dicho, y desde entonces ni la harina de la tinaja ni el aceite de la alcuza se acabaron, tal como había anunciado el Señor por medio de Elías.

            Pues bien, se da el caso que el día de la Purísima Sangre, en su homilía, D. Joaquín Núñez puso énfasis al comentar la importancia de andar siempre cogidos de la mano y puesta nuestra completa confianza en la palabra del el Señor. Concretamente, afirmó vehementemente que aun hallándonos, como diría Santa Teresa, en tiempos recios, era impertinente al referirse a que la mies es mucha, que eso de que faltan operarios, no es admisible, porque si los que “somos” (refiriéndose a los sacerdotes) actuáramos acordes al amor y a la palabra, cogidos de la mano del Señor con verdadera convicción, ¡¡sobrarían operarios!!  Es claro que no acabó ahí y, como ya dije hace unos días, hubo para todos y os aseguro que a mi amigo Chimo se le entiende todo.

            Bien, pues ocurre también, que anteayer en su homilía, el Sr. Abad, no utilizó la expresión “tiempos recios”, pero claramente se refirió al momento que atravesamos y nos comentó cómo en una reciente reunión de sacerdotes, uno de ellos les sorprendió al decirles que estaban padeciendo del síndrome de Sarepta, por aquello de que como la gente acude menos a la iglesia y se advierte un desapego a las cosas de la religión, pues con limitarse a “lo de siempre”, con celebrar una novena o un triduo cuando toque, una procesión al patrón, y, así, sucesivamente, seguirían esperando al momento en que, acabada la harina y el aceite, se cerrarían las puertas, y punto.

            Como vemos el paralelismo es indudable. Personalmente, pienso que si cada cual llevara bien cogidas las riendas e hiciera caso, como aquella pobre viuda al “enviado” de Dios, ni se le acabaría la harina ni el aceite ni tendría que cerrar las puertas. Pero los laicos también tenemos que reaccionar, es absolutamente necesario y me pegunto si será posible olvidarnos de que no van a venir los cuervos a alimentarnos como a Elías, que el alimento que necesitamos lo hemos de elaborar con  nuestra propia dedicación  esfuerzo y coherentemente con aquello que decimos creer. Alguien podría decirme, como me lo dijo una vez aquel padre Renovat, sí uno de los dos curas de Burundi que pasaron aquí con nosotros dos años. ¿Qué e dijo? Pues al quejarme yo de la falta de asistentes a un determinado acto, con aquella sonrisa que le era propia, se volvió hacia mí y con toda serenidad, comentó: No se queje ¿recuerda que a Jesús los suyos le dejaron solo y seguimos de camino? ¡No hay que perder la confianza!

            Os aseguro que procuro mantenerme firme en la fe y, como susurraba el recordado D. Antonio Polo, después de consagrar, al levantar la forma, le pido: “Señor, auméntame la fe”.

            Pero, ojo, no podemos caer en la tentación de pensar que el camino lo debe hacer uno solo. Recordad que se nos está repitiendo una y otra vez la importancia de la que se llama sinodalidad, es decir, que nuestra postura ha de ser la contraria de individualidad; es de todo punto preciso que caminemos juntos. Considero de interés ampliar un poco este concepto y os invito a leer este resumen:

            La sinodalidad es un concepto fundamental en la Iglesia Católica actual, impulsado de manera muy profunda en los últimos años, que se refiere esencialmente a "caminar juntos" (del griego syn, que significa "juntos", y hodos, que significa "camino").

            Más que un cambio de leyes o normas, la sinodalidad describe un estilo, una forma de ser y de actuar de la Iglesia. Se asienta sobre varios pilares clave:

            Corresponsabilidad: Reconoce que todos los miembros de la Iglesia (fieles laicos, consagrados, sacerdotes y obispos) comparten la responsabilidad de su misión, cada uno desde su propio lugar y vocación.

Escucha activa y diálogo: Implica un proceso continuo de consulta, discernimiento y escucha mutua para abordar los retos del mundo contemporáneo.

            Participación y comunión: Busca superar el clericalismo o las decisiones puramente verticales, fomentando espacios donde se pueda deliberar conjuntamente, aunque se mantengan las funciones propias de la autoridad eclesiástica en la toma de decisiones final.

En la práctica eclesial contemporánea, este término ha cobrado un protagonismo histórico debido a la convocatoria del Sínodo de la Sinodalidad iniciado por la Santa Sede, concebido como un proceso de consulta global que ha invitado a comunidades parroquiales, diócesis y realidades laicales de todo el mundo a reflexionar juntos sobre cómo dinamizar la vida y la misión de la Iglesia.

                                                  **********

            Confío en que haya sido de interés esta reflexión. Quedamos a la espera del próximo comentario dominical.

            Un abrazo, Miguel Mira