dimecres, 3 de juny del 2026

CORPUS. SE DECÍA QUE ESTE DÍA RELUCE MÁS QUE EL SOL, PERO...

 

            Estoy  seguro de que la festividad del Corpus es para nosotros algo más que un desfile meramente recordatorio de unas costumbres seculares ni tampoco una mera exhibición de un tesoro como lo es nuestra custodia. Ero confieso que la profundidad del misterio eucarístico cada año pierde fuerza. Es triste comentar que somos pocos quienes nos incorporamos a la fila de acompañantes. ¿Por qué? Con afecto, Miguel Mira 

 El Museu de la Seu, Museu dels Borja – Iglesia Colegiata de ...

Comentario al Evangelio en la Solemnidad del Corpus Christi,

por D. Joaquín Núñez Morant
Pasaje bíblico:

Juan 6, 51-58

La tradición de las procesiones y la catequesis

 

Donde vemos una gran catequesis es en las grandes procesiones de las ciudades de la Corona de Aragón. Se trata de una gran historia de la salvación, que comienza con la expulsión de nuestros primeros padres, Adán y Eva, del Paraíso por haber pecado.

Continúa con una serie de personajes que aparecen en la Biblia —como Abraham, Noé y Moisés, entre otros—, pasando por profetas y evangelistas, para llegar finalmente a la Custodia que guarda la Sagrada Hostia. ¡El Salvador, la promesa del Padre, se cumple!

Sin embargo, eso no es lo que hoy se expone; actualmente predomina un hecho meramente cultural. A mayor espectáculo, menos catequesis. Únicamente se salvan las procesiones de las parroquias de pueblos pequeños o de parroquias menores.

 

La doctrina paulina y la primitiva comunidad cristiana

 

San Pablo es la fuente escrita más antigua que tenemos sobre la Eucaristía, datada alrededor de los años 53-55. El Evangelio de Marcos es posterior. San Pablo nos transmite la práctica habitual de la comunidad primitiva de Jerusalén en los años 30-40, cuyos miembros se reunían para celebrar «la Cena del Señor», a la que llamaban ágape o comida de amor. Esto nos confirma plenamente la fe de aquella comunidad en la presencia real del Señor.

De este modo, la doctrina paulina de los años 50 nos muestra lo que sabía y practicaba la comunidad cristiana respecto a la «Memoria del Señor» (Lc 22, 19). Así, Pablo afirma en su Primera Carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-29) que Jesús «tomó el pan diciendo: “Esto es mi cuerpo”» y, tomando el cáliz, dijo: «Esta es mi sangre».

En el mismo sentido, Pablo pregunta en 1 Cor., 10, 16: «El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?». Con ello afirma que no se trata de un simple recuerdo, sino de participar del único pan que nos hace un solo cuerpo, relatando la institución con las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo», «Esta es mi sangre».

Por consiguiente, la indignidad al comulgar no es de tipo puramente moral, sino que consiste en «no discernir el Cuerpo del Señor»; es decir, en no saber a quién se recibe. Hoy en día, esto es lo más frecuente en esas extensas filas que se forman en bodas, entierros u otras ocasiones en las que se participa masivamente en una Misa.

 

El testimonio de Juan y la crisis de fe

 

Por otra parte, encontramos el testimonio del Evangelio de Juan (Jn 6, 51-58). Parece que en la comunidad joánica se experimentaba una crisis de fe —no una crisis de la Iglesia institucional, sino de los propios oyentes de Cafarnaúm—, quienes se preguntaban: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

En el versículo 66 se añade: «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él». Ante esta deserción, Jesús no dulcifica su lenguaje, sino que lo repite hasta cinco veces; si no fuera una verdad literal, no habría tenido necesidad de insistir con tanta firmeza en esta realidad.

De ahí que siempre se requiera una catequesis, la cual no debe ser de tipo estrictamente académico, sino carismático, capaz de llegar tanto a la razón como al corazón. Hoy se necesita una catequesis urgente sobre esta verdad, y no podemos escudarnos en una falsa prudencia. Tarde o temprano, la catequesis encontrará su momento oportuno.

 

San Agustín: el amor que hace unidad

 

Casi cuatrocientos años después, san Agustín —el gran catequético de estilo dulce que no riñe ni amenaza— define la Eucaristía en su acción pastoral como «el amor que hace unidad». Agustín jamás separa la teología de la vida, ni el sacramento de la comunidad.

Sostenía que era preferible llorar fuera que comulgar en pecado dentro de la comunidad, refiriéndose no propiamente a una falta moral, sino, como indicaba san Pablo, al hecho de comulgar «sin discernir» adecuadamente el Cuerpo del Señor.

Él afirmaba con contundencia: «Sé lo que recibes; hazte lo que recibes». El pan consagrado es el Cuerpo histórico de Cristo, pero ese Cuerpo se extiende místicamente: somos nosotros, el Cuerpo Místico. Por ello, su pastoral era directa y clara: «No puedes comulgar y vivir dividido, peleado con tu hermano». La Eucaristía se celebra en el amor auténtico, no en la mera perfección litúrgica, puesto que él despreciaba el ritualismo vacío.

Lo verdaderamente esencial para él era el ordo amoris: poner a Dios en primer lugar, al prójimo después y a uno mismo de manera ordenada. Bien harían en escuchar esto los tradicionalistas que son fieles al rito, pero tal vez menos al ordo amoris. San Agustín repetía su famosa máxima: «Ama y haz lo que quieras». Un corazón bien ordenado por la gracia de la Eucaristía no requiere mil normas externas para actuar rectamente.

Su labor pastoral comenzaba por inflamar el deseo: predicaba la belleza de Cristo y la profunda miseria de vivir sin Él, hasta que los propios fieles exclamaban con fervor: «Lo quiero». Era un pastor brutalmente honesto, que prefería una Iglesia pequeña y verdaderamente enamorada a una multitud tibia y descuidada.

Reflexión final: más allá de la cabalgata cultural

En nuestras iglesias actuales vemos cada día menos fieles; no reconocerlo sería de ciegos. Aunque se observen miles de asistentes dispuestos a participar en las convocatorias del papa León XIV, no debemos engañarnos. El Santo Padre posee la virtud de atraer y enseñar con un estilo muy agustiniano, pero todo corre el riesgo de quedarse en «pintura al agua»: ante el primer chaparrón, todo se borra si no se acompaña de la catequesis pertinente.

En este feliz día del Corpus Christi de este año —uno más en el transcurso de nuestra vida—, cabe preguntarnos: ¿sabemos realmente lo que recibimos y somos verdaderamente lo que recibimos? ¿O acaso nos quedamos simplemente contemplando una hermosa cabalgata?

Una vez más, debemos pedir la gracia de saber a quién recibimos, para poder vivir con Él y ser plenamente como Él. Que María, Madre del Buen Consejo, nos acompañe siempre en este camino.

            Xàtiva, 3 de junio de 2026.

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