dimecres, 16 de setembre del 2026

LOS VIÑADORES DE ÚLTIMA HORA

 

            Estimados amigos:

            Seguimos leyendo y reflexionando con San Mateo las palabras de Jesús. En este Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A, se nos ofrece la la parábola de los obreros de la viña, y el texto es el siguiente:

 

San Mateo, 20, 1-16.

 

            «Porque el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña.

            Habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

            Salió luego hacia la hora tercera y vio a otros que estaban en la plaza desocupados, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo."

            Y ellos fueron. Salió de nuevo hacia la hora sexta y la novena e hizo lo mismo. Salió finalmente hacia la hora undécima y encontró a otros que estaban allí y les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?"

            Dícenle: "Porque nadie nos ha contratado." Él les dice: "Id también vosotros a la viña."

            Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros."

         Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno.

         Al venir los primeros, pensaron que recibirían más; pero ellos también cobraron un denario cada uno.

            Al recibirlo, murmuraban contra el propietario,

diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora y los has igualado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor."

            Pero él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último tanto como a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

 

Comentario

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Hoy aclararemos las matemáticas de Dios. Jesús nos propone una parábola famosa que, vista con los ojos de nuestra lógica humana, puede parecer nos injusta. Sin embargo, si recordamos la diferencia entre la justicia divina y la justicia humana, comprenderemos que para Dios un denario representa algo mucho mayor: la gloria eterna.

            En la parábola, varios viñadores van llegando a lo largo de la jornada: unos al amanecer, otros a media mañana, y así hasta caer la tarde. Al anochecer, el dueño de la viña llama al capataz para pagarles. Para sorpresa de muchos, todos reciben exactamente el mismo pago: un denario.

Si aplicamos las matemáticas divinas, esto es plenamente justo. Lo que provoca el conflicto es nuestra lógica egoísta. Si solo se cuentan las horas trabajadas, los primeros trabajadores tienen razón en quejarse según la justicia humana. Pero Dios no paga un salario: Dios se regala a sí mismo. El Doctor de la Gracia, San Agustín, argumenta en su Sermón 87: «Dios no mira cuánto tiempo has trabajado, sino con cuánto amor lo has hecho». Los que llegaron al amanecer creían tener derechos adquiridos, olvidando que el solo hecho de ser llamados ya era una gracia. Mientras la justicia humana compara («yo más, él menos»), la justicia divina da a todos lo mismo: el Reino completo. San Agustín también comenta, en su Sermón 112, que los murmuradores se parecen al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo: sirven, pero no aman. Y quien no ama, aunque trabaje mucho, se queda fuera. Los del atardecer representan a los últimos, a los pecadores, a los que llegan tarde. Los del amanecer podemos ser nosotros, los que estamos aquí desde siempre. Nuestro peligro es creernos con más derechos por antigüedad, olvidando que todo es un don.

            A veces, hay quienes se dicen cristianos y exclaman: «He perdido el tiempo; de haberlo sabido, hubiera vivido de otra manera». A ellos, San Agustín respondería —y nosotros debemos enseñar— que es un grave error medir las cosas de Dios con criterios comerciales. El verdadero cristiano no se "sacrifica" con amargura. Quien se lamenta por haber trabajado todo el día revela que su motor no ha sido el amor, sino el temor o el orgullo. El argumento definitivo de Jesús resuena con fuerza: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis asuntos?, ¿o vas a tener envidia porque yo soy bueno?». Sus palabras son duras, y nos toca a nosotros dulcificarlas enseñando a los de dentro; recordándoles que al primero al que Jesús le abrió las puertas del paraíso fue a un asesino —el buen ladrón— que le pidió esa gracia en la cruz. Lo hizo porque el dueño de la viña es infinitamente bueno y misericordioso.

            Feliz domingo. Sea cual sea la hora a la que hayamos llegado a su viña, el Señor se nos dará entero. Tomemos la mano de la Madre de las Gracias.

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