Hoy, 2 de noviembre, recordamos a todos los
Fieles Difuntos.
Me he detenido un buen rato a pensar sobre el modo en que el tiempo y nuestra propia actitud cambian costumbres inveteradas y surgen hábitos que incluso desvirtúan esa atención bien merecida por quienes nos antecedieron, y he querido plasmar aquí las “conclusiones” a las que he llegado:
Recordar a quienes ya no están no supone anclarse en la ausencia, sino mantener viva la luz de su presencia en nuestra memoria. Cada nombre pronunciado en silencio, cada flor llevada al camposanto, cada oración y cada recuerdo compartido es un puente invisible que vence al tiempo y desafía al olvido, recordándonos que el amor verdadero no muere con la vida.
La muerte solo tiene importancia en la medida en que nos obliga a mirar el valor de lo transitorio. En este día de memoria, los ausentes vuelven a habitar nuestros pensamientos, no con la tristeza del adiós, sino con la gratitud de todo lo compartido.
Hoy es un día para mirar hacia atrás cuando al rezar lo hacemos con ternura y gratitud. Quienes nos precedieron no solo dejaron en nosotros una huella imborrable que guía nuestros pasos; su recuerdo es el refugio donde el tiempo se detiene y el afecto permanece intacto, porque sabemos que ellos están velando por nosotros cabe el Padre.
Me permitirán que a estos pensamientos contraponga esta otra visión importada e impertinente según mi modo de pensar:
Frente al estrépito festivo y efímero de las modas importadas que transforman el dolor y la memoria en un disfraz comercial, el Día de los Fieles Difuntos nos invita al recogimiento de la pausa. No necesitamos antifaces ni artificios para asomarnos al misterio de la ausencia; nos basta la serena cercanía del recuerdo, la llama discreta de una vela y el silencio respetuoso en una íntima oración que honra a quienes nos legaron la vida y el ejemplo. Porque la muerte, más que un motivo de juego, es el umbral donde la memoria familiar se ennoblece.
Lo otro… ¡Qué pena!
Quiero acabar estos comentarios entonando este cántico, que compuso como canto litúrgico el sacerdote compositor guipuzcoano Don Cesáreo Gabaráin Azurmendi (1936-1991), aunque este himno le impactó al teniente general José María Sáenz de Tejada y el músico militar Tomás Asiain realizó la adaptación formal para banda y marcha militar, que se interpreta en actos solmenes de la milicia, como es, por ejemplo el homenaje a los caídos por la patria el día de las Fuerzas Armadas.
Recuerdo haber oído este precioso poema musicado por primera vez en la Colegiata en unas exequias oficiadas por el querido abad D. Manuel Soler.
No sé por qué no lo entonamos en todos los funerales, si para eso fue escrito.
LA MUERTE NO ES EL FINAL
1.- Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos
carne de un ciego destino.
Tú nos hiciste, tuyos somos.
Nuestro destino es vivir
siendo felices contigo
sin padecer ni morir.
2.- Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza,
en tu palabra confiamos,
con la certeza que tú
ya le has devuelto la vida
ya le has llevado a la luz.
3.- Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo.
Nos regalaste la vida
como en Betania al amigo.
Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque, muriendo, vivimos
vida más clara y mejor.
***
Coda: ¿Se acuerdan cómo en ese día cada sacerdote celebraba tres misas seguidas y en todas durante el día el templo siempre estaba a rebosar…?
Con un sentido afecto, ruego a Dios que no me permita olvidar a mis familiares, a mis amigos, a mis compañeros difuntos ni a aquellos otros de los que nadie se acuerda al rezar en la iglesia esta tarde.
Afectuosamente, Miguel Mira
