Una entrevista interesante
Con D. Enrique Bonete Perales
Catedrático
Como saben, acabado el forzoso internamiento a causa de la pandemia, el primer Pregón de la Semana Santa se celebró en 2022 en la Iglesia de San Francisco, pronunciándolo Don Enrique Bonete Perales, catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Salamanca, aunque es oriundo de L’Alcudia de Crespíns, nos fue recomendado por nuestro amigo Rvdo. D. Juan Aguilar, a quien Dios haya, y amigo de quien fuera Abad de la Colegiata D. José Canet.
Por razones que ahora no vienen al caso, se mantiene entre nosotros una buena amistad y, de vez en cuando, comparte conmigo alguna de sus publicaciones. Recientemente presentó en Valencia su último e interesante libro “Querido profe, me invaden las tinieblas”
El pasado día 20 de enero, “La Vanguardia” publicó una entrevista, que D. Enrique ha tenido la amabilidad de enviarme por whatssApp, que he leído y, la verdad, aunque trata de una cuestión de la que normalmente solemos huir, me parece de vital importancia, porque nos compromete en algo que, queriendo o sin querer, en algún momento de duda o de ansiedad, preocupados, entiendo que incita a la reflexión.
La base de la entrevista es el citado libro. Quiero compartirla con vosotros, amigos lectora de este modesto blog.
-“En enero del 2017 recibí un correo de Nuria, una alumna que había
tenido en clase de ética diez años
atrás. Ahora tenía 33 años, le habían
diagnosticado un cáncer de colon de pronóstico grave.
-¿Qué quería?
-Recordaba mis clases de tanatoética, había
guardado y releído los apuntes, y me dijo que le ayudaban porque estaba muy angustiada.
-¿Qué le respondió?
-Escríbeme cuando quieras y yo te responderé. Le conté que estaba escribiendo un libro
que le sorprendería, “El morir de los sabios”.
-¿Sobre cómo mueren los filósofos?
-Sí. Me pidió que fuera compartiendo con ella lo que escribía. A partir de ahí se fue entablando una relación cada vez más íntima, al
mismo tiempo que intelectual.
-Eso implica una gran responsabilidad.
-Muchísima. En algún momento me habló del
suicidio. Yo le respondía siempre desde la luz
de los filósofos. Después de esos intercambios,
no volvió a mencionarlo.
-¿Qué le contó?
-Le hablé de Schopenhauer, que decía que no
debíamos temer a la muerte porque es como dormirse, perdemos la conciencia.
-¿La convencía?
-Lo discutíamos. Ella tenía pánico a desaparecer.
Entonces hablábamos de Montaigne: el
miedo nace del apego al yo, a los bienes, a los
afectos. Vivir es ir despidiéndose.
-¿Era creyente?
-No, pero tenía mucho interés. Hablamos de
Unamuno, de la posibilidad de que, si Dios existe, haya otra vida.
-¿Qué decía ella?
-“Ojalá eso fuera verdad, profe”. Ahí se estableció
una inquietud, un anhelo. Me decía:
“¿Y usted cree en la resurrección de Jesucristo; eso es posible?”. Tenía muchísimas dudas
y cuanto más frágil estaba, más inquietudes.
-La filosofía les llevó a una honda relación.
-Yo le explicaba con sinceridad lo que creo, y ella sus dudas profundas sobre el futuro que
le esperaba. Fue una conexión que aún me
conmueve… y también me alegra.
-Explíquemelo.
-Me alegró que, de un modo providencial, pudiera
escribirme con ella. Nos respetábamos
en un diálogo entre una chica que no es filósofa y un filósofo, una atea y un creyente. Estoy
convencido que al final tuvo serenidad.
-Eso ¿Por qué?
-“Ya no tengo tanto miedo a la muerte, profe –me decía–. No sé si Dios existe o no, pero en
todo caso, si existiera habría otra vida; y si no,
no tengo miedo a nada, ha merecido la pena”.
-¿Por algo en concreto?
-Se reconcilió con sus padres. Se sintió querida. Arregló cosas pendientes.
-Hay correos estremecedores...
-Mucho. “Profe, me invaden las tinieblas y tengo miedo. Disculpe mi pesimismo; a veces
Ahoga, especialmente durante las noches
cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio inquietante”.
-Se lo sabe usted de memoria.
-Durante una época los releí de manera obsesiva: “en realidad se podría decir que la oscuridad
mental es algo así como mi estado más
duradero. Una constante compañera”.
-Te deja sin habla.
-Y sigue: “Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los sabios que usted tanto estudia. Sin sus correos, profesor, estaría perdida”. La filosofía puede ser una terapia real. Epicuro
decía: “Vana es la palabra del filósofo que no cura el sufrimiento del alma”.
-El miedo a la
muerte se puede serenar. Pensamos que moriremos de viejos.
-Claro, como Nuria, pero mueren a diario bebés,niños, jóvenes. Vivimos inmersos en la finitud.
-Pero nosotros solo queremos no sufrir,
estar tranquilos y que no nos pase nada.
-Exacto, es un deseo legítimo, pero no es real. La filosofía
nos enseña a integrar la muerte en la vida. Es extraño, pero cuanto más se piensa en la muerte, más se aprovecha la vida; y cuanto menos se piensa en ella, más insatisfechos.
-¿En esencia?
-Hay que vivir el presente amando. Todo lo demás
es secundario. La felicidad consiste en
hacer el bien sabiendo que en cualquier momento
podemos morir. Mi alumna me decía:
“Profe, cuánta razón tenía Séneca”.
-¿A qué se refería?
-“Me he pasado la vida proyectando sobre el futuro y no he sabido vivir el presente. No he
sabido vivir, profe. ¿Y ahora qué?”.
-¿Usted pensaba que se curaría?
-Sí, pero ella sentía que no. La muerte es una maestra. “¿Qué es lo más importante de la vida?”, nos pregunta. Al morir lo sabemos: haber amado.
Un día dejé de recibir sus correos,
insistí, pero nunca contestó. Murió. El silencio fue sobrecogedor. Le dediqué “El morir de
los sabios”.
-¿Y usted cómo lo vivió?
-Leía sus correos y lloraba. Era obsesivo. Estuve
a punto de destruirlos, pero los guardé y
prometí no volver a leerlos. Recé mucho por ella, se metió en mi alma.
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