dimecres, 20 de maig del 2026

"Y SOPLANDO SOBRE ELLOS, DIJO...

 ...RECIBID EL ESPÍRITU SANTO"

 

            Al leer el pasaje del Evangelio de San Juan, cap. 20: 19 – 23,  solemos recordar, como tantas veces hemos escuchado, que ahí, en el último versículo,  “a quienes les perdonareis…, etc.” radica la institución del sacramento de la reconciliación. No obstante, a mí personalmente me ha llamado la atención el enfoque del que parte y desarrolla su comentario nuestro amigo D. Joaquín, que es precisamente la primera parte del propio versículos, es decir, “Recibid el Espíritu Santo…” centrándose clara y apreciablemente en una atenta y vehemente reflexión sobre la importancia de un legado que se extiende no solo al Colegio Apostólico, sino que nos alcanza a todos, reitero: “Recibid el Espíritu Santo”.            Pero leamos el texto de San Juan. 

            “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»

            Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

            Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»

            Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

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Comentario al Evangelio en la Solemnidad de Pentecostés, Juan 20: 19-23.

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Con qué alegría y solemnidad celebramos este día, la que el año pasado, el 7 de junio, el Papa León XIV, con gran entusiasmo, nos decía: “El Espíritu creador, que hemos invocado con el canto “Veni creator Spiritus”, es el Espíritu que descendió sobre Jesús, el protagonista silencioso de su misión, “El Espíritu está sobre mí (Lc.4,18)”. “En Jesús vemos y de Jesús escuchamos que todo se transforma porque Dios reina”.

    “Me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos…” (Lc.4,18-19). Continúa el Papa, “Como el amor nos hace familiar el olor de una persona querida, así reconocemos el perfume de Cristo. Es un misterio que sorprende y nos hace pensar”. ¡El Papa continúa con gran entusiasmo la acción del Espíritu en todos!

    Seguiríamos leyendo lo que dijo el Papa León, con gran entusiasmo, pero quisiera que consideráramos una realidad: Estando presente, como nos dijo Jesús, el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en nuestra propia vida, los bautizados y aún aquellos que  no lo son, tenemos una fuerza que ignoramos, que nos empuja a tener misericordia con quien la necesita. Nuestras ideas al intentar dar solución a problemas ajenos, a preocuparnos por el bien de los demás, a luchar contra tanta injusticia; el motor que nos mueve es: “vendremos a él y haremos morada en él” (Jn.14,23).

    La realidad es que es el gran ignorado, siendo el más presente. El “sin mí no podéis hacer nada”, que solo lo atribuimos a Jesús, es el “defensor, que Jesús pide al Padre que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn.14,16-17). Sin embargo, aunque “esté siempre con nosotros”, San Agustín le rezaba así: “Respira en mí, oh Espíritu Santo. Para que todos mis pensamientos sean santos. Actúa en mí, oh Espíritu Santo. Para que mi trabajo sea santo, para que no ame sino lo que es santo. Fortaléceme, oh Espíritu Santo, para que defienda todo lo que es santo. Guárdame, pues, oh Espíritu Santo. Para que siempre sea santo” y otra oración que como él, rezan los agustinos y el Papa León. “Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior para que no me apegue a las cosas materiales, sino que busque siempre las realidades del Espíritu. Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre”.

    Esta Fe en la presencia continua en nuestra vida, nuestras obras y pensamientos, del Espíritu Santo, “que está con nosotros”, al que hemos de atender para luchar contra nuestros egoísmos, nuestra vanidades y nuestros caprichos sin sentido o seguir la fuerza que el Espíritu nos orienta hacia todo lo que es santo. Si nuestra oración comienza pidiendo, como San Agustín, lo que son nuestras necesidades, diarias u ocasionales y lo vamos haciendo presente con una pequeña jaculatoria “Espíritu Santo ayúdame”, no dudemos de su presencia.

   Feliz día de Pentecostés, con el deseo del Papa León. Que María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros.

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            Hasta pronto, amigos. Saludos, Miguel Mira