Entramos en la semana XIII el ciclo A en el tiempo ordinario de la litrgia. La Iglesia nos propone el Evangelio de San Mateo 10, 37-42 (el pasaje sobre las exigencias del seguimiento y la hospitalidad: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí...").
TEXTO
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.
Y el que no toma su cruz, y sigue en pos de mí, no es digno de mí.
El que hallare su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí, la hallará.
El que os recibe a vosotros, a mí recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta en nombre de profeta, recibirá trato de profeta; y el que recibe a un justo como justo, recibirá trato de justo.
Y cualquiera que diere a uno de estos pequeñuelos un vaso de agua fresca solamente, en nombre de discípulo, en verdad os digo, que no perderá su recompensa."
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Hoy nuestro colaborador nos ofrece un comentario que no tiene desperdicio. No miréis su extensión; no hay que tener prisa.
COMENTARIO
Por D. Joaquín Núñez Morant
No olvidemos que San Mateo es un judío que escribe a una comunidad judeocristiana; esto nos ayudará a comprender todo el Evangelio de este Domingo XIII del Ciclo A. El primer bloque, que nos parece tan duro, se refiere en su totalidad a un lenguaje tribal: padres, hijos y demás familiares; es decir, a la pertenencia a una tribu con todo lo que ello significa. Jesús no está pidiendo que odiemos a nuestra familia. Él mismo, en la Cruz, se preocupa por su Madre (cf. Jn 19, 26-27). El cuarto mandamiento sigue vigente y el amor a los padres es santo. Las voces del Papa Francisco y de León XIV nos urgen a cuidar de nuestros mayores. De lo que se trata es de renunciar a la tradición de los antepasados, al «siempre se ha hecho así». Cuando Jesús nos envía a la mies — que es mucha, ayer y hoy—, nos está sacando: a ellos, de la Ley Mosaica; y a nosotros, no de verdades pasadas, sino de vicios adquiridos y de normas humanas que la Iglesia ha ido incorporando a lo largo del devenir histórico. Jesús nos enseñó solo una oración vocal; sin embargo, nosotros hemos ido sustituyendo la vida por prácticas religiosas. San Agustín tuvo que elegir a Cristo por encima de lo que su madre le decía que debía ser: un buen retórico cristiano. Amar a «padre y madre» más que a Jesús es preferir la costumbre, la comodidad y la tribu antes que a la Verdad que nos mira y nos llama. «Perder la vida es ganarla». Hay un psiquiatra judío, Viktor Frankl, que hace suya esta frase de Jesús como la mejor teoría de curación para los males psíquicos. Él sobrevivió en Auschwitz al olvidarse de sí mismo y darse a los demás, y es testigo de cómo aquel que se miraba solo su propio problema sucumbía. Él, al asumir como propio el sufrimiento de los demás, sobrevivió y terminó desarrollando su carrera en los EE. UU., convirtiéndose en una autoridad internacional. Por su parte, San Agustín buscó la Verdad durante treinta años para su propia satisfacción. La mies está llena de gente aferrada a su vida, instalada en su zona de confort, bajo el lema «a mí que no me compliquen»; están muertos en vida. Quien se da sin miedo es el que ya la ha perdido; ya no tiene nada que perder porque Cristo es su vida. El judaizante defiende sus creencias diciendo: «Cumplo la Ley para salvar mi vida»; al intentar encontrarla, la pierde. Agustín la buscó para hallar su vida en la retórica, el sexo y el poder, y estaba muerto hasta que la perdió por Cristo y empezó a vivir. El verdadero encuentro con su vida ocurrió cuando Jesús lo invitó a perderla por amor. San Agustín lo resume en una frase conocida por todos: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Solo nos queda preguntarnos: ¿qué parte de nuestra vida nos cuesta perder por Él? San Mateo concluye este fragmento: «Y cualquiera que dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fresca solamente por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mt 10, 42). No nos pide quemarnos en la hoguera; nos pide un vaso de agua. Porque el Reino no se juega en lo grande, se juega en lo pequeño hecho por amor. San Agustín lo entendió tarde: «¡Tarde te amé!». ¿Por qué tarde? Porque se pasó la vida buscando la Vida en las cosas grandes: la fama, la filosofía y los placeres. San Agustín la encontró en las enseñanzas de un Ambrosio que lo acogió. En su teología, el agua simboliza el sacramento y la gracia purificadora que nos es dada por el Espíritu Santo, mientras que la figura del obispo representa la guía, la acogida y la correcta doctrina. Nuestro Padre tiene sed. Tiene sed de nosotros. Tiene sed en el pobre: «Tuve sed, y me disteis de beber» (Mt 25, 35). Feliz domingo. Que la Palabra del Señor nos llene de su gracia y nos abra los ojos para ver quién nos necesita, sacándonos de nuestro egoísmo y enseñándonos a perdernos para encontrarnos. Que nuestra Madre del Camino nos acompañe.
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A título personal: ¡Cómo se nos olvida aquel grito de Jesús! ¡Tengo sed! Buen motivo para pensar en si somos capaces de abandonar esa zona de confort a que se refiere el comentario. Sí, es verdad, la mies sigue siendo mucha, hermanos/hermanas portadores…
Un cordial saludo, Miguel M ira

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