dijous, 14 de març del 2019

PRIIMERA MISA ESTACIONAL 2019






                                                                         




Un corazón quebrantado, Tú no lo desprecias





            Ayer, 13 de Marzo, a las ocho de la tarde, acudimos a la Iglesia de los Santos Juanes, a la celebración de la eucaristía que es la primera de este ejercicio, a la que seguirán, en miércoles sucesivos, la que se han de ofrecer los miércoles de Cuaresma.

            Concelebraron los párrocos de las cinco parroquias de la ciudad y los señores canónigos de la Colegiata, así como el señor vicario de Nuestra Señora de la Merced y Santa Tecla.

            Animó la Santa Misa el coro parroquial, como siempre, con su reconocido entusiasmo y perfecta ejecución de los cánticos escogidos, que ayudaron a nuestra personal integración en el culto que se estaba celebrando. De verdad, cantores de los Santos Juanes ¡Lo hacéis bien!

            Ésta fue la monición de entrada:

La perspectiva que se nos presenta en el tiempo de la Cuaresma es el Camino del Calvario hasta la Cruz; pero también nos transmite la gozosa esperanza de la Pascua. El camino hacia la cruz nos parece duro; y lo es. Cada uno de nosotros sabemos de esas cruces particulares del afán de cada día; pero nuestra mirada ha de estar puesta en la resurrección; en aquel sepulcro vacío del tercer día. Nos lo recuerda hoy  Jonás y nos lo recuerda Jesús en la liturgia de la palabra. Además, hemos de ser conscientes de que la Cuaresma no es un paréntesis que se abre el Miércoles de Ceniza y se cierra el Viernes Santo: la Cuaresma es un signo de admiración que nos ha de conducir esperanzados, primero, hasta  Emaús, y siempre  hasta Pentecostés.

            El templo estaba lleno de fieles. Asistieron algunos (pocos) cofrades de las distintas asociaciones de Semana Santa.

            Como particularidad, he de señalar la formación de un mural al pie del altar mayor, compuesto de ocho piezas decoradas que fueron colocando en su lugar cada uno de los seglares participantes en las lecturas, oración de los fieles y moniciones, hasta quedar a la vista un paisaje sugerente del camino a recorrer desde la barca de la Iglesia hasta el triunfo dela cruz. Esa imagen se recogía en la estampa que se repartió al final de la Misa, con la reproducción al dorso del versículo que sirve de título a esta crónica: Un corazón quebrantado, Tú no lo desprecias.
                                         

            Don Raul Jiménez, Cura de esta parroquia y de Nuestra Señora de la Merced, pronunció una enjundiosa homilía, siendo su soporte tres significativos verbos, tres llamadas de Dios, tres andanadas a propósito del ejemplo del pueblo ninivita, como se lee en la profecía de Jonás:

¡Levántate! ¡Vete! ¡Predica!

            Las reflexiones del celebrante, aunque fueron dirigidas a todos, intentaron interpelar especialmente a los distintos cofrades presentes, exhortándoles a vivir con el espíritu de conversión al que claman las lecturas del día y, en general, las de toda la Cuaresma.

            Si he de destacar un detalle que nos afecta a los hermanos, cofrades y congregantes, no es otro que el ejemplo de aquel tesoro: Cristo, que se nos regala en un precioso baúl, contenedor en el que nos fijamos porque tal vez su riqueza nos deslumbra, pero  en cuya contemplación nos quedamos encandilados ¡sin decidirnos a abrirlo! Y es dentro de él donde está ese tesoro que debería ser el signo indeleble  de nuestra vida y nuestra fe cristiana.

            Así pues, materia de reflexión la hubo. De nosotros depende todo lo demás. Sería un especial signo del testimonio al que estamos llamados que cada parroquia a la que está previsto peregrinar se viera desbordada por cofrades, hermanos y congregantes. Sería señal de que nos vamos decidiendo a abrir el baúl. 

            Vuestro, Miguel Mira.




dimarts, 18 de setembre del 2018

RAUL Y JOAN


En el Tabor
Por Miguel J. Mira

         El domingo16 de Septiembre de 2018, asistí en la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced y Santa Tecla a un importante evento; ya saben: después de muchos años de servicio pastoral del querido D. Juan Aguilar, ese afable y servicial jienense convertido a socarrat, que –contra toda lógica- cuenta que en su tierra le dicen ¡que ha perdido el acento…!, el Cardenal Arzobispo ha tenido a bien nombrar Cura Párroco de esta comunidad que peregrina en Xàtiva a quien ya era su Vicario desde hace algunos años. D. Raul Jiménez Sanchis, que habrá de entendérselas, en un dos por uno, con ese entrañable “Raval” de sus entretelas, del que se enorgullece sin duda San Juan de Ribera, y la complejidad de una iglesia de probada solera histórica, sus tradiciones y sus costumbres. A ambas las preside María, la Madre de la Iglesia, bajo la atenta y filial mirada de Jesús en el lisostrotos, de espinas coronado, y en la Cruz que nos redime.
         Quería y quiero decir que estuve en la solemne Misa, a la que presidieron el Vicario Episcopal, el Sr. Abad, los Párrocos de San Pedro y Nuestra Señora del Carmen, el Rector del Seminario Menor y otros sacerdotes invitados, con Raul y con Joan. Joan Huguet, recién ordenado y vinculado desde ya hace dos años a la Parroquia de los Santos Juanes, donde también ejerció su diaconado aparte de su tarea con los Junior Llum y Sal…
         Ambos han de compartir tarea y trabajo no les va a faltar, porque la mies es mucha…Más que bienvenidos, bienhallados…, porque ya estabais aquí.
         El acto de entrada de estos dos sacerdotes a esta Parroquia fue largo. Comenzó a las ocho y cerca estuvo de darnos la media; pero no hubo tiempo para distraerse. La ceremonia fue ágil y muy bien preparada la liturgia que, como no podía ser menos, animó el Coro de los Santos Juanes, coro que al decir de Raul, “donde va, la arma”. Muy adecuada la música escogida, en el ofertorio, donde el coro dio paso al órgano y a un violín, y al canto del Ave María por una conocida contralto setabense, ayudándonos todos a rezar.
         Estuve muy atento; incluso me emocioné en algún momento, en especial, en la dexología, oyendo el grave y solemne “per ipsum, cum ipso et in ipso!  (Por Cristo, con él y en él, del texto en la lengua llana) y, al final, me vino al pensamiento, cuando vi, al darme la comunión, la cara feliz y sonriente de Raul, y al oir tanto a él como a Joan sus palabras de saludo y agradecimiento, que, mutatis mutandis, ambos se encontraban en un nuevo Tabor; pero supe enseguida que no iban a tener la tentación de plantar sus tiendas allá arriba; supe que tienen los pies en el suelo; que bajaron al llano del quehacer diario y que ahí han de dejarse la piel por ambas feligresías, con sus problemas, con sus afanes, con la mano en el arado, con seriedad y competencia; e incluso, en ocasiones teniendo que actuar como dice aquella vieja máxima: “suaviter in modo, fortiter in re”; caridad y autoridad.
         Empieza una nueva etapa en La Merced. El Santísimo Ecce Homo, no me cabe duda, con su inagotable misericordia, hará fructificar ese esfuerzo que prometisteis ambos: Cura y Vicario. Sois un buen tándem. La Madre, en sus advocaciones de La Merced y  Fátima, la misma que estuvo, con su dolor y su esperanza, al pie de  la Cruz, os bendiga a ambos.    

dimecres, 12 de setembre del 2018

PENSAMIENTOS, por MIGUEL J. MIRA

            Casi de forma habitual, acostumbro a oir la Santa Misa en “La 2”. El pasado domingo, el celebrante aprovechó en su homilía un relato de Rabindranath Tagore, tomado de su libro “Ofrenda Lírica”, relato que en mis tiempos de actividad impartiendo con mi esposa Cursillos Prematrimoniales, incluíamos en el tema sobre espiritualidad conyugal, para resaltar la importancia de corresponder a la total entrega del buen Dios cabe nosotros, en justa reciprocidad, con nuestra propia entrega.
            El relato es éste.
      
         Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto, tú me tendiste tu diestra diciéndome: «¿Puedes darme alguna cosa?». ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!

  
       Otro relato sobre un ejemplo relativo a la actitud propia del amor fraterno, de la virtud de la caridad con mayúsculas, que también solíamos introducir en el tema, lo tomé del libro “El valor divino de lo humano”, de Jesús Urteaga, inserto en el Capítulo VI, también significativo a la hora de adoptar decisiones de cara al servicio a los demás. Es éste: 

   
“Me lo contaron los hombres”

       «Allá en la montaña —me gritan— vive un hombre de Dios. Le hemos visto rezar en la noche y fatigarse durante el día. Ve allí, a la montaña. Si mañana estás aquí, verás a las doce lucir una estrella». Ese hombre de Dios —me enteré después— baja muy de mañana al pueblo que se encuentra al pie de la montaña. Trabaja con ilusión, sin olvidar a su Dios. Al terminar su labor comienza la ascensión pina y dura, con su borrico de carga; cuando más fuertemente pega el sol, se encuentra todos los días junto a la fuente clara de la montaña. Su boca pastosa se aliviaría con el agua, pero  puede siempre más su amor, y siempre, cada día, ofrece ese pequeño dolor, se lo ofrece a su Padre-Dios. El cielo, en recompensa, con la luz del mediodía, dibuja entre las nubes una estrella. Así todos los días. Han pasado unos meses, y un pequeñuelo se ha acercado a contemplar la vida de aquel pobre anciano. Un muchacho sin años, que pide aventuras, le quiere imitar. Pero el anciano le disuade: «No podrás, pequeño, sufrir esta vida». Pero él insistió tanto, que trataron de poner su tesón a prueba un solo día. Rezaron de noche a su Dios. Y muy de madrugada bajaron con leña en el  borriquillo al trabajo duro del amanecer. Los dos trabajaron, el viejo y el niño. Terminaron la labor, y de nuevo, tirando del jumento, iniciaron la subida. El  pequeño jadea, se cansa y sonríe. ¿No podrá más? Las piedras, sujetas en falso, le hacen perder el equilibrio, y rueda alguna vez con pequeños gritos. Se levanta, sacude su alforja y sigue adelante. Ahora se le van los ojos hacia la fuente. Será un buen descanso. El muchacho mira al agua y mira al viejo.  —Si el viejo no bebe, ¿podré beber yo? Y en el viejo, otra duda:  —¿Me mortificaré, Señor? ¡No beberá el niño si no bebo yo! Indecisión. ¿Mortificación o caridad? Una de las dos ha de postergarse en aquel momento. Y pudo más la caridad.  —Beberé para que él se atreva a beber. Y el viejo se acercó a la fuente y bebió de ella. . Al muchacho se le escapó un grito de alegría y se volcó en las aguas. Los dos ahora descansan. Pero el buen viejo reflexiona:  —¿Me sonreirá hoy también el cielo con su  estrella? Y, con temor, levantó  lentamente  sus ojos a las nubes. En el cielo, aquel día, lucieron dos estrellas...
         Tal vez nos parezcan hermosos estos relatos; sería interesante que no se quedaran en la anécdota de lo bello; tal vez hemos leído u oído reiteradamente refelciones sobre esas virtudes evangélicas…
         No deberíamos quedarnos en la mera contemplación de lo hermoso… ¿No os parece?