UN
DÍA CON Y PARA EL CORO
Convendrán
conmigo en que después de tres años de vida condenados a la catacumba
pandémica; después de sufrir restricciones hasta en el modo de respirar;
coartados en nuestros hábitos y encorsetados por normas y más normas,
esperábamos que 2022, levantado el cerco, sería como una explosión en todos los
ámbitos; y lo ha sido, pero menos. Refiriéndonos al ámbito de la Semana Santa,
hemos visto a la gente cohibida, temerosa. La asistencia a los actos litúrgicos
no ha pasado de discreta; y no es que para fortalecer nuestra fe católica sean
imprescindibles las procesiones, pero siendo como son una parte de nuestro
patrimonio religioso-popular-cultural, si en la calle hubo numerosa
expectación, en los desfiles procesionales fue parca la respuesta, incluso en algún
caso fueron decepcionantes. No fue así en nuestro caso, porque cumplimos
dignamente. Sin llegar a la ciclo génesis explosiva, calladamente, cumplimos,
pero ojo: todo es mejorable, no nos vengamos arriba. Dicho esto, quisiera poner
en valor dos aspectos significativos: de una parte, cuando una hermana o hermano portador se
acerca al anda, mira el rostro de Jesús y siente la mirada serena e
interpelante del Nazareno; y cuando acerca el hombro y lo ciñe a la almohadilla
asume el carácter de cirineo, queriendo manifestar el sincero deseo de aliviar
a Cristo en la llevanza de la Cruz. Y eso emociona, aunque esa íntima emoción
no se externalice.
En
cierto modo, de otra parte, somos celosos de nuestras tradiciones y, así, alguna se perdió y se ha
recuperado; pero hay una que hemos procurado conservar y, gracias a Dios, no se
ha perdido: el motete, ese canto polifónico cuyo origen se pierde allá por el
siglo XIII, y que nos recuerda pasajes bíblicos como el “Eram”, tomado del
profeta Jeremías ,11, 18-20, o Isaías, 53, 7-8, música que al escucharla nos
remueve el ánimo…
A
fuer de ser sincero, quería llegar a este punto, porque si bien,
tradicionalmente, ese motete se ha venido interpretando, año tras año, durante
la procesión de penitencia del Jueves Santo, por un magnífico grupo de esforzados músicos y
cantores de nuestra ciudad, que son ya parte inseparable del culto a Jesús
Nazareno desde inmemorial, de unos años a esta parte, gozamos de la
extraordinaria y totalmente desinteresada colaboración de un grupo excepcional
de cantantes, que nos acompañan también el Viernes Santo. Vinieron y vienen de
la mano de nuestro hermano portador D. Francisco José Perales Ferre, y su participación capta de
tal modo la atención que, a su paso, enmudecen hasta los susurros de la gente
que, expectante, tras el toque del clarín, espera ver a Jesús cuando camina
hacia el Calvario.
Y
nosotros queremos agradecer esa impagable colaboración. Para ello, excepción
hecha de los años de confinamiento, invitamos a este grupo a comer con nosotros
y gozar de ese modo de su compañía y departir en una jornada festiva.
Ya
otros años lo hicimos, pero cabe dejar constancia del evento celebrado el
pasado día 4. Pensamos que podría ser interesante o bien subir al Castillo o
visitar el complejo hípico “La Font del Saladrar”, en llosa de Ranes, que
regentan nuestro hermano portador Rafa Aparicio y sus hermanos Luís y Vicente.
Ni qué decir tiene que Rafa recibió la sugerencia no solo de buen grado, sino
muy satisfecho y contento de la idea. Así pues, tras los preparativos
logísticos, hechas las reservas de plaza por quienes lo tuvieron a bien, se
organizó el siguiente “protocolo”: a iniciativa de Paco Perales, fuimos
convocados para asistir a la una del mediodía a casa del hermano portador
Marcos Soriano, donde se halla como en la propia la imagen de Jesús Nazareno,
que talló el escultor Rodilla, es decir, la de traslado, por decisión de la
señora clavariesa Gracia Rovira Granero; y allí fuimos acudiendo. Sería, poco
más o menos, la una y media, nuestros amigos del coro, ante dicha imagen,
engalanada como de fiesta grande, cantaron nuestro motete. De tal modo lo vivimos que a más de
uno le subió un nudo a la garganta o se le nublaron los ojos o ambas cosas. Les
dimos las gracias y ya dispusimos la
marcha hacia La Llosa.
El
mismo ambiente cordial y distendido nos acompañó en El Saladrar, donde Rafa y
Luís nos recibieron con los brazos abiertos y con unos buenos cubos con cerveza
bien fría. A quienes quisimos nos acompañaron a ver las punteras y vastas
instalaciones del club, algunos pudieron acariciar a preciosos y dóciles ejemplares que asomaban sus nobles cabezas a
través de las abiertas rejas de su cuadra; otros, mayores y niños, en el
recinto de un enorme picadero cubierto, tuvieron ocasión de montar un dócil
animal, ayudados por una amable monitora. En lo que a mí y a mi esposa
respecta, nos acompañó Luis y nos explicó detalladamente aquellas amplias y
excelentes instalaciones. Me llamó la atención aquella gran piscina, su agua
siempre manando, procedente del manantial propio de la finca y que da nombre al
paraje…
Y
así, al dar fin el recorrido, nos sentamos a la mesa los más de cuarenta
comensales, que degustamos cada cual según lo elegido, gozando de nuevo de la
atención de los anfitriones y de las camareras que sirvieron la comida.
Lógicamente, entre amigos y en tan grata compañía, se alargó la sobremesa; ya
servido el café, la señora presidenta entregó a nuestros invitados sendas
cazuelitas de arnadí como recuerdo del día de su agasajo.
Desde
aquí, vaya nuestro reconocimiento más sincero y cordial a colaboradores tan
extraordinarios, con el deseo de que podamos repetir nuestra común
participación el próximo Viernes Santo y, si es posible, un día de asueto tan
cordial afable y fraternal como lo fue el día cuatro de Junio de dos mil
veintidós en
“La Font del Saladrar”.
Gracias
Rafa, Luís y Vicente. Sabéis que se os quiere.
Vuestro,
Miguel J. Mira.