dimecres, 26 d’agost del 2026

¿DE QUÉ CRUZ HABLAMOS...?

 

Domingo XXII del tiempo ordinario ciclo A.

 

            Santo Evangelio según San Mateo, 16, 21-27.

 

            “Desde entonces comenzó Jesús a decir a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer  mucho de los ancianos, de los sacerdotes y de los escribas; y ser muerto y resucitar al tercer día.

            Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti mismo; que no te acontezca esto de ninguna manera.

            Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Eres mi tropiezo, porque no poner las cosas en la mira de Dios, sino en las de los hombres.

            Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por mi causa, la hallará. Porque ¿de qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo y pierde su alma? ¿O qué recompensa obtendrá el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su padre con sus ángeles y entontes pagará a cada uno según sus obras”.

 

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

  El domingo pasado concluía el Evangelio con la siguiente frase “Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.” Este mandato aparece en otras citas evangélicas. Nos sirve incluso para nosotros, ¿Sabemos qué entendemos por Mesías? Aquellos judíos, incluso los apóstoles, tenían un concepto muy claro sobre el Mesías, hijo de David. El restaurador del Reino. Dominador de los romanos. Una idea distinta de lo que en realidad era Jesús.

“Tu eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”, afirmación inspirada por Dios.

   Jesús va explicando su destino en Jerusalén donde padecerá mucho por parte de los ancianos un tradicionalismo que concentra todo el poder que esclaviza al pueblo; el Templo es un lugar de pacto económico donde se compran los favores de Dios, un Dios terrible que juzga y castiga. Una idea que está presente entre nosotros, cuando judaizamos. Contra los Sumos Sacerdotes a los que les desmonta el negocio, los que recogen el dinero de los cepillos, con monedas purificadas que venden los cambistas a cambio de las monedas impuras romanas de curso legal.

   Jesús dice a sus discípulos “debo ir a Jerusalén” donde está el centro del poder, un poder perverso, tanto de los judíos como de los romanos, cambiar todo tipo de poder, origen de muerte, de guerras y de injusticias. Iniciar unos tiempos nuevos, frente a los viejos que son tiempos de egoísmo; un tiempo en el que quien posee riquezas es porque está bendecido por Dios. Allí, a manos de la estrategia, estructura social, “ha de sufrir, ser muerto”, pero ese no es el final, el final será victorioso, “al tercer día resucitará”. ¿Qué significa al tercer día?, no es una medida de tiempo, significa: “inmediatamente después”. El seguir a Jesús, que es Camino, Verdad y Vida, sólo se puede seguir con la fe en Él. Nadie de nosotros tiene experiencia de qué es resucitar.

   Ante estas ideas, Pedro le dice falto de fe, “No lo permita Dios”. Jesús lo dice y nos dice a cuantos pensamos en una Iglesia donde lo más importante es el “como siempre”, en el “antes era más bonito”, en una Iglesia acomodaticia para tener paz con todos, en el no molestar “ejerciendo la caridad”, “Apártate de mí Satanás”; es porque no rezamos bien el Padre nuestro cuando decimos “venga a nosotros tu reino” y “ hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo”.

    “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Qué difícil nos suenan estas palabras de Jesús; creemos que negarnos a nosotros mismos es algo extraño a nosotros, la Cruz somos nosotros, nuestros egoísmos, nuestras cobardías, nuestros miedos, descubrir quiénes somos en realidad, sacudiéndonos lo que nos ata, la Cruz no nos la da  Dios, Él nos ayuda a arrastrarla. Cuántas veces nos han cargado cruces de otros insoportables, o nos las hemos inventado nosotros, víctimas de espiritualidades que ignoran el amor de Dios. Dios solo quiere humildad y mansedumbre, incluso para consigo mismo. Ahora entenderemos cuando Jesús nos dice: “Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará”. Una frase que significa: cuando uno ama como Dios nos ama, olvidando nuestro egoísmo, nos reflejamos con el mismo amor que Dios nos tiene, somos quienes de veras hemos de ser.

   Para san Agustín, la frase de Jesús es una profunda lección de interioridad y desapego. Sostiene que el verdadero amor a uno mismo consiste en “odiarse” a uno mismo en este mundo, es decir, negar nuestros deseos egoístas, aquello que nos despersonaliza. Es purificar nuestro yo real para, por amor de Dios, ser quien en realidad somos. (el tema lo trata en muchos de sus sermones).

 ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma?. Esta frase convirtió a San Francisco de Borja, conversión que valió para aprobar por el Papa Pablo III (el papa Farnesio) la Compañía de Jesús.

    Feliz domingo, olvidémonos de nosotros mismos, eso que nos costaría mucho de definir, para encontrarnos en el amor de Dios. Que la Virgen del buen consejo nos lleve de su mano.

***

            Dice D. Joaquín que “nos costaría mucho de definir olvidarnos de nosotros mismos para encontrarnos  en el amor de Dios” De definir no creo que nos cueste nada, porque ya lo hemos oído unas cuantas veces y abemos de qué se nos está hablando. Pienso que lo que nos cuesta es de asumir consecuentemente con la fe que decimos profesar.

            Me uno a la invocación a la Virgen del Buen Consejo, en súplica de que nos dé la capacidad de atención y  discernimiento y que esta palabra que se nos ofrece caiga sobre terreno fértil y no “com si sentirem que plou”.

            Un propósito: como ayer (lunes 24 de agosto) se decía en el evangelio de San Mateo cuando Bernabé  le preguntaba irónicamente a Felipe si de Nazaret podía salir algo bueno: que seamos capaces de hacer lo mismo que Felipe y proclamar delante de quien quiera que nos interpele aquello de ¡Ven y verás!

            Hasta la próxima. U n abrazo, Miguel Mira