Comentario al Evangelio en la Solemnidad de la
Santísima Trinidad
Evangelio según San Juan (Jn 3, 1-6. 16-18)
Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío.
Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Contestó Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu».
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
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Este es el comentario de D. Joaquín Núñez Morant
Las lecturas de este día solemne nos ofrecen las condiciones esenciales para vislumbrar el gran misterio de la Santísima Trinidad. En primer lugar, la fe fundacional que la Iglesia abraza desde sus orígenes a través de San Pablo; en segundo lugar —y sobre todo—, la humildad reverencial de Moisés ante la presencia de un Dios que desborda todo conocimiento humano.
El camino de la humildad: San Agustín y el tratado De Trinitate.-
San Agustín, el Padre de la Iglesia latina que más profundamente consagró su vida a la búsqueda de Dios desde la adoración y la humildad, dedicó quince años a la redacción de su célebre tratado De Trinitate. Él es el maestro idóneo para enseñarnos la reverencia de Moisés y la certeza de Pablo ante este misterio que todos anhelamos comprender. Con sabia lucidez, el santo de Hipona afirmaba: «Hemos hablado de Dios, pero seguimos balbuceando. Amemos, pues, aquello que no alcanzamos a comprender del todo».
A veces, la mejor catequesis trinitaria consiste en declarar con sencillez: «Esto es lo que creemos». No pasa nada si el entendimiento no basta; el amor de Dios no depende de nuestra capacidad para explicarlo, sino del santo respeto con el que lo reverenciamos. Agustín nos enseña a renunciar a la obsesión de resolverlo todo. Su premisa fundamental era clara: «Si Dios es Amor, entonces tiene que ser comunidad».
El amor verdadero no existe en el aislamiento. Requiere, por naturaleza, de un amante, un amado y el amor mismo que los une.
Las huellas de la Trinidad en el alma.-
Lo más brillante del De Trinitate es que San Agustín no se refugia en fórmulas abstractas. Al contrario, busca las huellas del Creador en el ser humano, recordando que fuimos modelados a su imagen y semejanza. Para ilustrarlo, nos regala dos analogías imperecederas:
· La estructura del alma: Memoria, entendimiento y voluntad. Son tres potencias distintas, pero constituyen una sola mente y jamás operan de forma aislada.
· -La dinámica del amor: El que ama, lo amado y el acto mismo de amar. Cuando amas, se activan tres realidades indisolubles: tú, el objeto de tu afecto y el lazo invisible que te une a él.
El santo reconocía que, aunque estas analogías son hermosas, apenas nos asoman a la inmensidad de la Trinidad sin llegar a agotarla.
Del concepto a la vida: El Espíritu Santo como comunión.
Para Agustín, el Espíritu Santo es el Amor subsistente entre el Padre y el Hijo. No es un objeto ni una fuerza impersonal: es una Persona. Por eso, cuando el Espíritu desciende sobre nosotros (como narra Juan 20, 22), no nos otorga una simple fortaleza externa; nos introduce en la intimidad divina y nos hace partícipes del flujo de amor eterno entre el Padre y el Hijo.
Si desterramos la dimensión trinitaria de nuestra existencia, corremos el riesgo de reducir a Dios a un legislador solitario que solo emite órdenes. San Agustín se mostraba inflexible con quienes pretendían transformar la fe en un frío código moral, un vicio en el que con frecuencia cae la piedad popular.
Este es un misterio exigente que demanda horas de oración comunitaria y una catequesis madura. En esta misma línea agustiniana se movía el papa León XIII, quien prefirió hablar menos de moralismo jurídico y actuar más desde la caridad viva, recordando que la paz es siempre fruto del diálogo y no de la condena entre adversarios.
Dejarse poseer por el Misterio.
Nuestra actitud actual debe reflejar la humildad amorosa de Agustín. Al concluir las páginas de su tratado, tras tres lustros de esfuerzo, el santo confesaba: «He buscado con todas mis fuerzas y, sin embargo, cuando creo rozar algo de su esencia, se me escapa. Porque Dios es infinitamente grande».
La humildad no es una claudicación intelectual; es el reconocimiento de que la razón no puede abarcar lo que solo el amor es capaz de sostener. La Trinidad es el misterio supremo, no porque Dios juegue a esconderse de nosotros, sino porque la Trinidad es Dios siendo Dios. Si cupiera en argumentos humanos, ya no sería Dios, sino una criatura de nuestra imaginación.
Por eso la Iglesia jamás ha condicionado la fe a la comprensión previa; su invitación es otra: «Cree por amor, y el amor te conducirá al corazón del misterio». Esta aceptación mística es la que nos capacita para perdonar cuando la lógica lo niega, amar cuando las fuerzas flaquean y rezar cuando faltan las palabras. El misterio es el que nos posee a nosotros, y no al revés. Esa es la dinámica que santificó a Agustín y la que está llamada a santificarnos a nosotros.
Conclusión: Vivir el enamoramiento de Dios.
San Agustín lo sentenciaba sin rodeos: «Nadie puede dar lo que no tiene». Es imposible comunicar a Dios si no se convive con Él. El gran drama del cristianismo contemporáneo es que nuestra vida no siempre testifica lo que profesamos; manejamos una fe hecha de conceptos abstractos, pero vacía de experiencia vital. Hay quienes culpan a la crisis social de los males del mundo, cuando la verdadera crisis habita en nuestro propio vacío del amor divino. La Trinidad permanece inmutable; somos nosotros los que nos distanciamos de ella. Los teólogos no fabrican santos; los santos se forjan cuando confiesan, con los hechos de su vida, su total enamoramiento de Dios. Como nos recuerda el Evangelio de hoy: «El que cree en mí no será juzgado» —es decir, el que me ama y me conoce—; mientras que «el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios», pues ha elegido vivir al margen de esa comunión de amor.
¡Feliz día de la Santísima Trinidad! Que San Agustín interceda por nosotros...
...ante la Madre del Buen Consejo.
Gracias por vuestra atención. Hasta pronto. Feliz domingo. Saludos cordiales, Miguel Mira


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