dissabte, 21 de març del 2020

EN EL DIA DE LA POESIA


Deu ens guarde…



        Estos días de retiro forzado o forzoso, como queráis, nos dan tiempo para pensar, recordar, escribir, leer… y rezar.

        Quiero poner en valor (como ahora se dice) algo que por cotidiano se pasa por alto con toda naturalidad, pero que no tiene por qué quedar en la sombra:

        La Junta Directiva de la Hermandad de Portadores ejerciente hoy día (nos quedan unos meses de vigencia) puedo aseguraros que ha llegado a ser un grupo cohesionado que se reúne para departir y poner en común nuestras cosas nazarenas con envidiable familiaridad, contrastar discrepancias, aunar voluntades, compartir confidencias…, todo con la mirada siempre puesta en nuestro objetivo fundamental: Cristo, sí, ese Cristo que cargó su cruz, nuestra cruz, y que en ocasiones nos llama la atención por nuestros humanos despistes.

        Esa familiaridad ha propiciado en estos días de reclusión mayor que el whats-app eche humo. Uno comenta, el otro dice, alguien pasa una foto o un video con el mensaje del Papa…

        Una de esas fotos es la del brazo de la Mare de Deu de la Seu, con ese lirio de nuestra salvaguarda histórica, muestra de su santa misericordia en la hora difícil de la peste. Ese lirio que en estos momentos quisiéramos volver a sentir como libranza y garantía de nuestra salud. Y esa fotografía que nos pasó Juanvi Martí es la que se publicó anteayer en este blog.

        Pero en ese intercambio de “chats” surgió una iniciativa al hilo de las peticiones desde la basílica de la Virgen de los Desamparados, reclamando de todos los fieles que en sustitución de la presencia en las calles de tanta gente que rinde pleitesía a la mareta durante las fiestas de San José, colgaran de los balcones cobertores o estampas de María o de Cristo según las advocaciones de cada población. Pues bien, a Elena se le ocurrió comentar la posibilidad de colocar en el balcón de la floristería en la plaza de S. Francisco una de las colgaduras con la imagen de Jesús Nazareno que normalmente se muestran durante la Semana Santa. El aplauso unánime dio lugar a la imagen que se ve en la fotografía.




        Era lógico que se le dieran las gracias enseguida, pero Elena contestó:

        “La fe mueve montañas y moverá nuestros corazones para dar el mismo FIAT que dio María. EL PADRE NUNCA ABANDONA.

Por favor no deis más las gracias. Por lo que representa, la hemos puesto entre todos y cada uno de los creyentes del mundo y es para darnos apoyo y soporte a los que ni creen. Pero no importa: Él siempre ha creído en nosotros. Dadle las gracias  a Él. Es el Único que se las merece.

Todos juntos con SU ayuda venceremos. Somos muchos. EL nos ama.

Como ha dicho el Papa Francisco rezad y confiad”.


        


    En la plaza no hay nadie, nadie en las calles, pero Xàtiva no está desierta, no: nosotros estamos despiertos...

    Sigamos, pues, rezando y como pide la señora presidenta en un correo, unamos nuestra voz emocionada a las doce de la mañana  y recitemos la oración que se propuso ayer en el blog.

                                         ***

        Pero hoy es el día de la poesía y pienso que no por conocido es menos asumible este soneto de Lope de vega:



¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
 
 
  ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?
 
  ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,        
pues no te abrí!  ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
 
  ¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,              
verás con cuánto amor llamar porfía!
 
  ¡Y cuántas, hermosura soberana:
Mañana le abriremos -respondía-,
para lo mismo responder mañana!




        Vuestro, Miguel Mira

       


divendres, 20 de març del 2020

CON TODA EL ALMA. MIGUEL MIRA


 Mare de Deu, misericordia!!

         A ese clamor del pueblo setabense respondió Nuestra Madre de la Seo en 1.600, librando a nuestros antepasados de la peste. Cuatrocientos años después, no hemos podido salir a la calle en rogativa; hoy día sería impensable por los riesgos de los que la ciencia médica nos alerta y la autoridad civil nos alarma. Pero eso no nos impide que cada cual desde casa, desde nuestra reclusión o confinamiento, gritar el “Mare de Deu, misericordia”.


         Como dice la oración “Bajo tu amparo…”, jamás se ha oído decir que quien acude a su protección haya sido abandonado por Ella.
         Pienso que podríamos convenir en que, desde nuestro común confinamiento, a una hora determinada, invocáramos la protección de la Virgen todos los portadores/as de Nuestro Padre Jesús Nazareno, rezando la siguiente oración:

         Virgen Santa de la Seo, Madre de Dios y Madre nuestra. Tú que moviendo tu santa mano y el hermoso lirio de tu pureza  nos libraste en otro tiempo de aquella peste mortífera, acudimos a Ti suplicantes.
         A una voz, clamamos de nuevo: Madre de Dios, ¡¡misericordia!!
         A Ti, que eres salud de los enfermos y consuelo de los afligidos,  clamamos de nuevo, seguros de que has de interceder ante tu santísimo Hijo, para que nos libre de este mal sobrevenido.
         Concédenos entereza, paciencia, fortaleza de espíritu y coraje para mantenernos firmes en la fe, en la esperanza y en el amor.
         No nos desampares en este trance.
         Mare de Deu, MISERICORDIA!!

-La fotografia ha sido cedida por Juanvi Martí Arquimbau

dilluns, 6 de gener del 2020

LO CONTARÉ A MI MANERA


…Y EL NIÑO DIOS NOS SONREIRÁ…

            …Como a ese pastorcillo que solo pudo ofrecerle su canto de amor.
            Lo hemos escuchado una y otra vez estas Navidades y las anteriores y las anteriores… y, seguramente, en las venideras
            En paralelo, paro mientes, y os lo cuento a mi manera, en una leyenda muy hermosa, que el Papa Francisco relató en su homilía durante la Misa de Nochebuena y quiero compartir  por ser óptima para sacar conclusiones en este tiempo litúrgico que ya va concluyendo, ocurrió que:
            En una noche sin posada y en un humilde pesebre, María dio a luz al Salvador, al Mesías, al Señor, y el cielo, en jubilosa eclosión, clamó en boca de una legión de ángeles el cántico anunciador de la buena noticia; y, en la noche, llegó primero a los más humildes y sencillos de la tierra, a los pastores que velaban a la guarda de su ganado; y ellos fueron los primeros en dar respuesta, los más diligentes en acudir jubilosos al Portal para ver a su Rey; y le traían presentes, humildes como ellos, pero amorosamente improvisados por la premura de la llamada de aquellos ángeles; y se agolpaban a las puertas de aquel pesebre, donde  María tenía en brazos al recién nacido. José se hacía cargo de los regalos de aquella inquieta turba: una hogaza, unos huevos, una tórtola, un queso, unas bayas…, y la Virgen se asombraba de tanto parabién; pero se dio cuenta de que allá, en un rincón, uno de aquellos pastores se esforzaba por ver al Niño, pero no se acercaba; y es que no llevaba nada en sus manos y no se atrevía a acercarse, sin duda, por no quedar mal. María quiso ayudar a su esposo que no daba abasto, y llamó al pastorcillo; éste se acercó y Ella le puso a Jesús en sus brazos. Podéis imaginar la sorpresa de aquel muchacho, que cuando sintió a Dios en sus manos, desbordó en ternura con un desbordante sentimiento de amor agradecido;  pero no se reservó para sí ese gozo. Enseñaba a sus compañeros aquella criatura hermosa que se le había confiado para que le besaran y vieran la grandeza de aquel que habían venido a adorar atendiendo el canto de los ángeles que le glorificaban en lo alto.
            Quizás nosotros podríamos compararnos con aquel pobre pastor de la leyenda que nos contó Francisco. Y quizás debiéramos pensar que sabiendo como sabemos que María, aunque a veces nos acercamos a ella sin nada importante que ofrecerle, ha puesto a Jesús en nuestros brazos para que proclamemos ante todos y ante todo que el mayor presente que agrada a su Hijo es nuestro corazón limpio, y ese viejo tambor de nuestra ajetreada vida, que va mostrando  a los demás que el Salvador, el Mesías, el Señor, ha nacido para todos; y nuestro esfuerzo en ponerlo de manifiesto con nuestros actos de amor ante cuanto nos rodea, podrá alcanzar a ver  cómo el Niño Dios nos mira y nos sonríe…
            Vuestro, Miguel Mira. FELIZ AÑO.

dilluns, 2 de desembre del 2019

ADVENIMIENTO...




            ...Venida o llegada, especialmente si es esperada y solemne.

            Si buscamos en el diccionario de la palabra advenimiento, esa es la primera acepción que nos aparece reflejada en él.
            Hemos iniciado el tiempo de adviento, es decir, en la liturgia católica, el período de cuatro semanas que preceden a la Navidad, al advenimiento de nuestro Dios, al que esperamos con toda solemnidad.
            Podríamos pensar: bien, nada nuevo; así es cada año… No obstante, habréis podido observar cómo desde hace algunos años las homilías que escuchamos (quiero pensar que no solo las oímos), se detienen, por lo general, en la llamada de atención sobre la desviación del sentido de esta festividad, de este acontecimiento, que ya no sabemos, bueno, muchos parecen no saber o no querer recordar, que tiene una significación en grado sumo importante, porque es, nada más y nada menos, la recreación de la acción generosa de Dios dando vida humana a su Hijo primogénito sobre todo lo creado. Antes al contrario, lo importante parecen las guirnaldas, los escaparates, los viernes negros, los espumillones, la purpurina, y las lucecitas, esos millones de lucecitas, hermosas, llamativas, sí, pero que más que mostrarla, con su pretencioso iluminar, ocultan la verdadera LUZ. Alguien, acertadamente, ha criticado que todo eso, toda esa parafernalia anunciadora de un acontecimiento no está acompañando una FIESTA, sino que quiere anunciar que estamos en tiempo de NAVIDAD.
            Lo de los regalitos, vale, claro es que lo agradece el comercio y quien se siente obsequiado; pero, tras ese derroche de generosidad material, deberíamos reflexionar si esa es la manera más idónea de celebrar la Navidad o es la excusa ante una costumbre puramente pagana. Ya saben: aquella majadería del solsticio… No quiero decir que todo el mundo actúe ajeno al verdadero significado del Adviento, de la Navidad o de la Epifanía. No. No es eso; es que parece que se está perdiendo, quizás se ha perdido la perspectiva, a causa de una exaltación del dios “consumo”, mezclando churras con merinas.
            Y, precisamente, ayer las lecturas de la Misa nos recordaban la necesidad de ser morigerados en nuestra actitud de espera… y, vale, desde Isaías hasta hoy, ni te cuento.
            Por la mañana, los domingos tengo costumbre de abrir el televisor por La 2 y asistir virtualmente a la celebración de la eucaristía. Ayer se celebró desde la capilla de un colegio de la orden de Jesús y María, en Madrid. Lógicamente, cantaron los coros de adultos e infantes (una gozada, que a mí me ayuda a sumarme al acto íntimamente). Celebró la Misa, cono otros dos religiosos, un padre jesuita y su homilía fue una de esas que capta tu atención por su certero enfoque, Su planteamiento y sus conclusiones. Y nos ofreció una visión del panorama en que estamos insertos con un ejemplo para escolares:
            En un aula, mientras el profesor está impartiendo clase, los alumnos están atendiendo, tomando apuntes, contestando preguntas disciplinadamente; pero en un momento dado el maestro tiene que salir de clase y ruega que sigan en los deberes y se comporten. Cuando sale el profesor, al instante, los alumnos eligen a un compañero para que vigile por ver si aquél vuelve y dé la voz de ¡Que viene!; y mientras va armándose el barullo, que si la espera es larga sigue in crescendo y tiene que intervenir la dirección del centro para acallar  el alboroto. Nosotros hemos estado atentos a la celebración de la Navidad mientras no se ha interrumpido la clase por esa amalgama de llamadas externas y atrayentes filigranas, lucecitas y escaparates maravillosamente decorados… y estamos esperando que el vigía nos grite ¡¡Que viene, que viene!! Sin embargo, esa no es una actitud cristiana. Nuestra actitud debería ser la de desear que el profe llegara pronto para seguir aprendiendo y, entonces, gritaríamos nosotros: ¡Ven! ¡Ven! Ven, Señor, no tardes. ¡Ven que te esperamos!
            Así pues, desde este pequeño espacio, os deseo que la espera de la llegada de Jesús sea corta, feliz, llena de claridad, porque frente a las lucecitas refulgentes quien viene a nosotros es LA LUZ.
            Un abrazo, Miguel Mira

ADVENIMIENTO...




            ...Venida o llegada, especialmente si es esperada y solemne.

            Si buscamos en el diccionario de la palabra advenimiento, esa es la primera acepción que nos aparece reflejada en él.
            Hemos iniciado el tiempo de adviento, es decir, en la liturgia católica, el período de cuatro semanas que preceden a la Navidad, al advenimiento de nuestro Dios, al que esperamos con toda solemnidad.
            Podríamos pensar: bien, nada nuevo; así es cada año… No obstante, habréis podido observar cómo desde hace algunos años las homilías que escuchamos (quiero pensar que no solo las oímos), se detienen, por lo general, en la llamada de atención sobre la desviación del sentido de esta festividad, de este acontecimiento, que ya no sabemos, bueno, muchos parecen no saber o no querer recordar, que tiene una significación en grado sumo importante, porque es, nada más y nada menos, la recreación de la acción generosa de Dios dando vida humana a su Hijo primogénito sobre todo lo creado. Antes al contrario, lo importante parecen las guirnaldas, los escaparates, los viernes negros, los espumillones, la purpurina, y las lucecitas, esos millones de lucecitas, hermosas, llamativas, sí, pero que más que mostrarla, con su pretencioso iluminar, ocultan la verdadera LUZ. Alguien, acertadamente, ha criticado que todo eso, toda esa parafernalia anunciadora de un acontecimiento no está acompañando una FIESTA, sino que quiere anunciar que estamos en tiempo de NAVIDAD.
            Lo de los regalitos, vale, claro es que lo agradece el comercio y quien se siente obsequiado; pero, tras ese derroche de generosidad material, deberíamos reflexionar si esa es la manera más idónea de celebrar la Navidad o es la excusa ante una costumbre puramente pagana. Ya saben: aquella majadería del solsticio… No quiero decir que todo el mundo actúe ajeno al verdadero significado del Adviento, de la Navidad o de la Epifanía. No. No es eso; es que parece que se está perdiendo, quizás se ha perdido la perspectiva, a causa de una exaltación del dios “consumo”, mezclando churras con merinas.
            Y, precisamente, ayer las lecturas de la Misa nos recordaban la necesidad de ser morigerados en nuestra actitud de espera… y, vale, desde Isaías hasta hoy, ni te cuento.
            Por la mañana, los domingos tengo costumbre de abrir el televisor por La 2 y asistir virtualmente a la celebración de la eucaristía. Ayer se celebró desde la capilla de un colegio de la orden de Jesús y María, en Madrid. Lógicamente, cantaron los coros de adultos e infantes (una gozada, que a mí me ayuda a sumarme al acto íntimamente). Celebró la Misa, cono otros dos religiosos, un padre jesuita y su homilía fue una de esas que capta tu atención por su certero enfoque, Su planteamiento y sus conclusiones. Y nos ofreció una visión del panorama en que estamos insertos con un ejemplo para escolares:
            En un aula, mientras el profesor está impartiendo clase, los alumnos están atendiendo, tomando apuntes, contestando preguntas disciplinadamente; pero en un momento dado el maestro tiene que salir de clase y ruega que sigan en los deberes y se comporten. Cuando sale el profesor, al instante, los alumnos eligen a un compañero para que vigile por ver si aquél vuelve y dé la voz de ¡Que viene!; y mientras va armándose el barullo, que si la espera es larga sigue in crescendo y tiene que intervenir la dirección del centro para acallar  el alboroto. Nosotros hemos estado atentos a la celebración de la Navidad mientras no se ha interrumpido la clase por esa amalgama de llamadas externas y atrayentes filigranas, lucecitas y escaparates maravillosamente decorados… y estamos esperando que el vigía nos grite ¡¡Que viene, que viene!! Sin embargo, esa no es una actitud cristiana. Nuestra actitud debería ser la de desear que el profe llegara pronto para seguir aprendiendo y, entonces, gritaríamos nosotros: ¡Ven! ¡Ven! Ven, Señor, no tardes. ¡Ven que te esperamos!
            Así pues, desde este pequeño espacio, os deseo que la espera de la llegada de Jesús sea corta, feliz, llena de claridad, porque frente a las lucecitas refulgentes quien viene a nosotros es LA LUZ.
            Un abrazo, Miguel Mira