dimarts, 28 d’octubre del 2025

EN EL DIA DE TODOS LOS SANTOS

 

En la festividad de Todos los Santos y

conmemoración de todos los fieles difuntos.

 

            Sabido es que estas festividades, tan ligadas entre sí mueven la sentida devoción de todo el mundo cristiano y no cristiano. Dejaremos aparte e mimetismo que lleva a celebrar algo así como un carnaval que nada tiene que ver con el sentido cristiano del recuerdo de aquellos que nos precedieron y que ya están cabe el Padre Dios o esperan nuestras oraciones para poder gozar de esa gloria de la eterna presencia y compañía ante el Señor y todos los Santos.

            Nosotros aprovecharemos esta ventana para reflexionar, evangelio en mano, la Palabra que la Iglesia nos propone en la Misa de ambos días.

 

            Hoy, miércoles, anticipamos la reflexión correspondiente al día de Todos los Santos, y con San Mateo, nuestro colaborador comentará las BIENAVENTURANZAS. Leamos, pues, primero al evangelista: 

 

San Mateo 5, 1-12b

 

            “Viendo la muchedumbre, subió al monte; se sentó, y se le acercaron sus discípulos.
            Y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:                

            -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
            -Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
-Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
            -Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

            -Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
            -Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
            -Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
            -Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
            -Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los Cielo.”

 

***

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

       San Mateo comienza el cap. 5 de su Evangelio subiendo a una montaña, incluso la hemos buscado y allí hemos edificado una Basílica de las Bienaventuranzas, rebajando el lugar a nuestra altura. En realidad, san Mateo intenta dar a Jesús un lugar propio de la divinidad. Una Teofanía, cuyas palabras van a tener un valor eterno, semejante a la Teofanía del Sinaí. Primero nos va a definir qué es la pobreza como conciencia de lo que Jesús nos dirá después: “sin mí no podéis hacer nada (Jn. 15, 5). Ser pobre no es no tener nada. Para el evangelio la pobreza es la consecuencia de las siguientes bienaventuranzas (entonces, cumplido ese programa, es cuando seremos pobres y ricos a la vez. Pobres de todo egoísmo y ricos de gracia). El Sermón de la montaña es el nuevo decálogo, al que Jesús no le quita ni una coma:

      Los que sufren, por ver el sufrimiento de los demás, los que sin violencia piden justicia por tanto ultraje ante aquel que es tratado violentamente; los que prestan ayuda a cambio de nada porque son buenos, porque su alma y su mirada son limpias; los que trabajan por La Paz entre hermanos en este mundo, que, como Caín, matan a cuantos no piensan como ellos, todo ello a costa de su seguridad. Entonces “será sal de la tierra” y “luz del mundo”.

      Pero el centro y lo más importante de este “Sermón” es aquello que no le quitará ni una jota: el grado de cumplimiento de la Ley del Sinaí. “Os han enseñado (como Ley suprema) que se mandó a los antiguos: no matarás, pero yo os digo…”, y sigue de más a menos lo que no puede hacer un cristiano y, así, todos los demás mandamientos.

    Me toca a mí pedir perdón por pararnos en las bienaventuranzas y no concluir e insistir en la escuela de santidad en que Jesús insiste y le da la máxima importancia.

    Celebramos a todos quienes fueron “Salud y Luz” del mundo,  aquellos que encontraron su vocación y su camino, que al vivir como Jesús nos enseña en el Sermón de la montaña, como juez supremo que dicta sus leyes de amor y que dieron respuesta a las situaciones que encontraron en el camino: en los enfermos, en los menesterosos, en los abandonados, en los tristes, en los solos, en los esclavos y esclavizados por ellos mismos; o en su encuentro con el Amor De Dios, como los místicos, como san Juan de la Cruz, o la hermana Pobreza, como San Francisco. O como San Carlo Acutis que encontraba en la Eucaristía “la autopista para ir al cielo” y acompañaba a los pobres con ropa y alimentos y su compañía.

    San Agustín en su conversión exclama “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera” (libro de las Confesiones). Sus obras y teología ha configurado la historia de la cristiandad durante estos últimos quince siglos, y aún están vigentes. Un santo que ha enseñado a santos. Nos dice sobre la santidad como vocación, pedida todos los días cuando rezamos el Padre nuestro, “hágase tu voluntad” “ser santos porque nuestro Dios es Santo” (Lv. 11,44 y 45). En él, lo más importante es el amor, como centro de sus enseñanzas. Según él, un amor ordenado a Dios y al prójimo nos conduce a la plenitud, y reconocer humildemente nuestras limitaciones y depender en todo de Él. Saber que hemos de buscar el bien de los demás y vivir con amor y servicio. Hemos de dedicar tiempo para la oración y la reflexión para profundizar en la fe y crecer en la santidad. De otra manera, y eso lo explica, nuestras parroquias o nuestras pequeñas comunidades están muertas y no son Sal y Luz para nosotros mismos. Participamos de la mediocridad imperante de esta sociedad que nos envuelve, “estamos a la puerta y ni entramos ni dejamos entrar”.

   Feliz día de Todos los Santos, “la multitud que nadie podría contar… de toda nación… en presencia del Cordero, vestidos con ropas blancas y con palmas en las manos” (Ap. 7, 9).* Que el Señor nos bendiga y la Virgen de la Esperanza nos llene de su gracia.

***

(*)Apocalipsis 7:9: Versículo:, “Después de esto miré y apareció una multitud tomada de todas  las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía  contarla. Estaban de pie delante del trono y del ...

“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos.”

            Personalmente, recomiendo la lectura de esta parte del Apocalipsis, por hermosa literariamente y por la profundidad de su significado. Creedme, no dejéis de hacerlo. Es la primera lectura del día 1.

***

Mañana, jueves, insertaremos el comentario correspondiente al

Día de Difuntos. Saludos, Miguel Mira

             

 

dimecres, 22 d’octubre del 2025

Parábola del fariseo y el publicano

 

SEMANA XXX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C


            “Dijo también a algunos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás, esta parábola:

La parábola del fariseo y el publicano, c.1910 

            «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro publicano.
            El fariseo, erguido, oraba así consigo mismo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano.
            Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano.”
            Pero el publicano, de pie y lejos, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.”
            Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Comentario

Por D. Joaquín Núeñez Morant

            San Lucas nos da a entender que en toda comunidad,  desde la primera hora, se dan conductas impropias y actitudes viciadas. Los miembros de las primeras comunidades cristianas proceden de distintos lugares, cada cual con sus historias y circunstancias diversas, pero, sobre todo, coexisten en mayor número los de origen judío como judíos eran los apóstoles y el mismo Jesús. Es muy difícil, en tales circunstancias, eludir la tendencia judaizante, tendencia que aun a estas alturas incluso se dan en nuestras comunidades de hoy.

            Lucas, de origen griego, es quizá quien más lo nota y, por eso, quiere educar a su comunidad de entonces y a nuestras actuales comunidades. El Evangelio está vivo y tiene su fuerza inspirada para transmitir su enseñanza siempre. De ahí que San Agustín trate en su obra de enfatizar sobre el valor perenne y actual de la Escritura. En “Las Confesiones” nos describe cómo el Evangelio nos permite entender el valor espiritual para aplicarlo a nuestra vida. Insiste en la fuerza del Evangelio para su tiempo -y hoy para nosotros-, siendo siempre Jesús el centro. Su amor y su gracia son la fuente de nuestra salvación. Por eso, como valor perenne, San Lucas nos presenta cómo el cristiano ha de ser humilde y saberse pecador, pero los vanidosos y soberbios no soportan ser sorprendidos en ningún tipo de falta. Todos conocemos a personas, conscientes o enfermas, que son insoportables por su orgullo vanidoso, y, lo que es peor, usen como argumento el yo valgo más que los demás, soy más perfecto presumiendo de ello a todas horas, venga o no a cuento, a  lo que se acumula, además, la envidia, convirtiéndose en esclavos de su falta de libertad.

     Gracias a Dios, también hay quienes, siendo del montón, así lo reconocen y se saben necesitados del Amor de Dios, y aun siendo necesarios, muchas veces, esperan que se les mande para hacer lo que saben hacer.

            El modelo de humildad es el mismo Jesús cuando nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). Él es nuestro Maestro, nadie más. Pero en la Iglesia, a lo largo de los siglos, muchos han pretendido proponerse como maestros: los herejes, y otros cuyos seguidores hoy los admiran y veneran como si fueran el Mesías; es ésta una imagen poco cristiana, porque Jesús nos advierte: “No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque  vuestro Padre es el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, Cristo” (Mateo, 28,8-1).

            Que nuestra oración comience siempre glorificando a Dios: Padre nuestro…,  santificado sea tu Nombre.         Pongámonos a su servicio para que su voluntad, que seamos santos, se cumpla en la tierra. Su voluntad no es caprichosa, es siempre la misma: “Sed Santos como vuestro Padre celestial es Santo” (Mateo 5, 48).

Esa sintonía de intenciones en la oración, une a quien parece perfecto y a quien se tiene por pecador. Busquemos “el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará como añadidura” (Mateo, 6,33), lo que quiere decir que Dios providente sabe lo que necesitamos y que se lo hemos de pedir en unión con nuestra comunidad. ¿Creéis que en nuestras comunidades parroquiales, los que nos conocemos en las misas de los domingos, son capaces, alguna vez, de orar y pedir unos por otros?

    Feliz domingo para todos/as. Seamos sensibles a las necesidades de los demás y  tengámoslos presentes en nuestra oración. Que la Madre de todas las Gracias nos cuide y nos proteja.

***

Mi reflexión.- 

        Estos últimos domingos se nos presentan reflexiones que insisten sobe el tema  de la oración y se nos plantean preguntas comprometedoras. El pasado domingo Jesús se pregunta si en su segunda venida encontrará en la tierra a alguien con fe. Dos mil años después quienes cumplimos el precepto dominical nos planeamos la misma cuestión. Recuerdo que no hace tanto tiempo, en 2007, cuando el culto de La Seo se trasladó en su mayor parte a San Francisco, los sábados y domingos, en la Misa vespertina la asistencia era tal que incluso se ocupaba la bancada lateral; y, progresivamente, llegamos a la actualidad y cuando los optimistas ven el vaso medio lleno, objetivamente resulta estar medio vacío. Solo ocasionalmente casi suele cubrirse el aforo. También es evidente que la media de edad de los asistentes no es precisamente halagadora.

    En el Evangelio que antecede nuestro colaborador, quien por cierto insiste en la actitud judaizante; es decir, le damos más importancia a las normas y rezos rutinarios que a la oración, ese hablar con Dios en la intimidad en la oración personal y tratar de escucharle, en vez de pedir y pedir y pedir. Y cuando se reúne la comunidad habría que responder a la pregunta que el reverendo nos plantea: ¿Creéis que en nuestras comunidades parroquiales, los que nos conocemos en las misas de los domingos, son capaces, alguna vez, de orar y pedir unos por otros? Digo yo: ¿Cómo ha de ser eso, si, salvo en el momento de dar la Paz, a veces, no sabemos ni quien se sienta a nuestro lado?

    La cosa no está ara bromas y pienso que todos debemos comprometernos a renunciar al individualismo excluyente y convertir nuestros rezos en un verdadero clamor para decirle al Señor "¡Aquí estamos para hacer tu voluntad!" (Salmo 40).

    Hasta la próxima semana, pero repito: el blog es de todos y sería interesante que formuléis algún comentario. Saludos cordiales, Miguel Mira 

       

 

 

divendres, 17 d’octubre del 2025

EL JUEZ INJUSTO

 

Ya estamos en la Semana 29ª del Tiempo Ordinario Ciclo C, en la que leeremos el siguiente Evangelio: San Lucas 18, 1-8

 

            “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

—«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

"Hazme justicia frente a mi adversario".

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:

"Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara"».

Y el Señor añadió:

—"Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?".

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Qué mal se ha explicado y se explica este pasaje del evangelio de Lucas. Tan mal que si uno se para a pensar, descubre que el abandono de las prácticas religiosas tiene su origen en confundir rezo con oración, petición con oración.
            Nos importa poco el juez y la viuda, nos importa más dar respuesta a la pregunta de Jesús: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
            Compara al juez injusto con Dios, juez supremo y justo; el argumento es el mismo que encontramos en Mt.7,11: “si siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo se las dará a los que se las piden? En este texto, el objeto de la petición no es la necesidad o el problema personal de cada uno, sino el ser, antes que nada, como Dios y tratar a los demás con el mismo amor con que Dios nos ama. Nuestra relación con Dios es lo que San Ambrosio nos  propone como actitud ante Dios: reconoce su indignidad, se siente pecador y necesita sentirse amado de Dios. Cito a San Ambrosio, el maestro de San Agustín, por encontrarlo en el siglo IV; no es cuestión de nuestros místicos del Siglo XVI o que solo los místicos son los que nos enseñan a orar. San Ambrosio considera que la oración es fundamental para la vida espiritual de los creyentes. Su discípulo san Agustín, al comentar la frase “pedid y se os dará”, la aplica a pedir el Espíritu Santo. Él afirma que el Espíritu Santo habita en los creyentes, transformándolos para vivir una vida virtuosa. Jesús nos dice: “vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14:23). En la promesa de Jesús destaca la intimidad con Dios tenida en la oración con fe y buscando la voluntad de Dios en cada uno de nosotros. El Papa León XIV, como buen hijo de san Agustín, nos ha hablado de la oración, nos pidió que orásemos “para crecer en la compasión por el mundo”, “para aprender de Jesús a mirar a la humanidad con compasión y actuar para aliviar el sufrimiento de los más débiles”, “profundizar en la oración, en la relación con Cristo, y dejarse transformar por su amor” (Dicho en la 10ª Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación en el 2025). Esa es nuestra oración: “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6:33). Lo malo es que nosotros buscamos las añadiduras.
Preferimos los rezos, incluso aquellos que nos llegan en forma de cadena, que son una blasfemia porque no podemos jugar con las cosas santas. Jesús nos dice: “no tiréis lo santo a los cerdos”, o a los perros (Mateo 7:6). Preferimos rezar y pedir con rezos milagrosos, que resultan ser mentiras y, así, como la oración nos pone en la presencia de Dios en nosotros, que nos puede llevar a una transformación espiritual, ayudándonos a crecer en la fe y a vivir según su voluntad, los rezos de petición formulados por nuestro egoísmo, tienen el resultado de lo que nos dice Santiago (Sant.4,3) “pedís y no obtenéis porque pedís mal, para satisfacer vuestros apetitos”. Concluimos: la oración de petición ha de ser humilde y confiada al Padre providente que sabe más que nosotros lo que nos conviene.
            Feliz domingo. Que nuestra Madre de la Misericordia nos enseñe a rezar el Rosario meditando la vida de identidad de su Hijo, para que nosotros también lo vivamos, no como una monótona repetición de avemarías, sino como una vida compartida con Ella. 

    HASTA PRONTO. SALUDOS, m. MIRA 

 

dijous, 9 d’octubre del 2025

NUEVE MÁS UNO.

 

DOMINGO XXVIII, ciclo C del Tiempo Ordinario

 

            Evangelio según san Lucas 17, 11-19

            “Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

—«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».

Al verlos, les dijo:

—«Id a presentaros a los sacerdotes».

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:

—«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?».

Y le dijo:

—«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

***


 

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            “Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea; así comienza el evangelio de este domingo. Samaria era una tierra despreciada por los judíos por ser tierra de herejes pecadores.

            Estamos ante una escena simbólica que mueve a la humildad, a no sentirnos más o mejores que otros. “Entra en una aldea” insignificante donde le esperan nueve y un leprosos; muchos para una aldea sin nombre. Una aldea que en la Biblia aparece como un lugar despreciable. Los leprosos no son diez, son tres por tres, que indica totalidad. San Lucas enseña, a su comunidad y a las nuestras, que todos somos pecadores; el samaritano era despreciado por ser impuro y despreciable, doblemente poseído por el pecado. Todos ellos desde lejos, como manda la ley, a gritos le piden a Jesús:

            “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

            Al verlos, les dijo:

            Id a presentaros a los sacerdotes.

            Van a cumplir con la Ley, para que los sacerdotes certifiquen que están curados. Ahora viene el nudo central del pasaje: la Ley mata, nos dice San Pablo, pero el espíritu da vida (2ª Cor.3.5-7). De la comunidad pecadora, los nueve, nos importan poco, nunca sabremos si su falta de fe impidió que la Misericordia de Jesús los curara. El evangelio, sin embargo, lo da por supuesto: “¿no han quedado limpios los diez? los otros nueve, ¿Dónde están?” y así resalta cómo al despreciable y despreciado samaritano es precisamente su fe

la que lo ha curado, lo ha perdonado, lo ha separado de aquellos que son incapaces de experimentar el amor de Dios, creen que la obediencia a la Ley ha sido su cura. La del samaritano, la del seguidor de Jesús, ha sido su salvación, una fe que es mezcla de amor, agradecimiento y reconocimiento de la propia pequeñez ante la grandeza de Dios.

           

 

El samaritano nos enseña que el amor de Dios es individual; nos ama a todos, pero uno a uno, la fe no es colectiva, es una respuesta de cada uno de nosotros. Los nueve van a presentarse a los sacerdotes, no obedecen a Jesús, sino a la Ley, al rito, a lo religioso, no tienen conciencia de sí, no son libres, compran su salud, no deben nada a nadie, solo a su cumplimiento. Nosotros también queremos comprar nuestra salud a cambio de cumplir los ritos, no nos fiamos del amor de Dios, nos fiamos de nuestro esfuerzo, queremos cobrarle a Dios nuestros rezos, sacrificios y promesas cumplidas.

            El samaritano se ve curado, en ello ve el amor de Jesús y asombrado se pregunta: ¿Cómo yo siendo samaritano he sido amado por un judío y se han perdonado mis pecados?, pecados de los que no tenía conciencia por no tener la lista de la Ley judía. Quizá, aturdido y admirado por el amor de Jesús vuelve atrás para echarse a sus pies. San Lucas enseña a su comunidad varias cosas, las mismas que nos enseña a nosotros: ser agradecidos por un amor inmerecido, por ser objeto de un amor gratuito lleno de misericordia, el que nosotros hemos de tener con todos, el saber perdonar generosamente sin esperar nada a cambio, como no sea alegría agradecida, porque esa es la fe en el amor de Jesús. Él se nos regala a cambio de nada.

            Perdonar es lo propio de su amor. ¿No han quedado limpios los diez?, ¿no ha vuelto más que ese extranjero para dar gloria a Dios? Nos enseña a aceptar a todos, en este caso, a quien nos da ejemplo de una fe confiada.

            No dudemos de su amor a todos nosotros cuando nos diga “Levántate, tu fe te ha salvado”.

            Feliz domingo, Jesús nos enseña a ser fieles a su Palabra y a su misericordia, la misma que hemos de tener con todos.

***

            Se inserta este comentario tal día como un 9 de octubre, el de la conquista para el cristianismo del Reino de Valencia.

            Felicidades a todos quienes damos gracias  a Dios por ello.

            Saludos cordiales, Miguel J. Mira. 

La 'mocadorà' que enamorará a los valencianos este 2024 ... 

dijous, 2 d’octubre del 2025

Y HACEMOS LO QUE TENEMOS QUE HACER...

 

            Hoy, Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos propone el siguiente texto del Evangelio de San Lucas (17, 5-10):

 

            “En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

—«Auméntanos la fe».

            El Señor contestó:

—«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:

"Arráncate de raíz y plántate en el mar".

Y os obedecería.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice:

"En seguida, ven y ponte a la mesa"?

¿No le diréis:

"Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"?

¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid:

"Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer"».

 

COMENTARIO

Por D. Joaquín Núñez Morant

 

            Quizá, muchos de nosotros hemos pedido lo mismo y de la misma manera que lo que Lucas pone en boca de los apóstoles: “Auméntanos la fe”.

Jesús, con una forma de hablar ejemplarizante, dice: “Si tuvierais Fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería.

            Digo que es una forma de hablar, porque la fe o se tiene o no se tiene, se tiene una creencia que puede ensancharse o puede que no. Podemos recitar el Credo mil veces, pero esto no aumenta nuestra creencia. La fe es lo que hace exclamar a San Agustín: “¡tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!… Tú estabas en mí y yo fuera.” O a San Juan de la Cruz, que la fe es el “medio de unión del alma con Dios”, es decir, considera que la fe es fundamental para llegar a la unión con Dios. Para Teresa de Ávila, la fe es la forma de conectar profundamente con Dios. Es una experiencia de la impronta de Dios en nuestra vida, así la definen los grandes Santos y místicos. La teología la define como una virtud teologal que perfecciona la inteligencia y la voluntad del ser humano, permitiéndole conocer y amar a Dios.

     De forma práctica, es el motor fundamental de la Caridad en la Iglesia, ya que impulsa a los creyentes a amar a Dios y al prójimo, a servir con las mismas entrañas de Dios, a trabajar por la justicia social, a vivir en comunidad y solidaridad.

     Lo que sigue del evangelio, cuando habla del dueño (en este caso Dios) o del que sirve, viene a enfatizar sobre la importancia de la persona de fe que se goza en servir, no a su dueño, sino a su Padre. Solo desde una fe enamorada, -pues de esto se trata- se comprende el razonamiento de Jesús, como enseña Lucas a su comunidad y también a nosotros.

    Si hemos de examinar desde el amor de Dios nuestras comunidades, caeremos en la cuenta de que todos nos conocemos, nos saludamos y a veces juzgamos desde el más radical desconocimiento, simplemente por suposiciones. No servimos al Señor, ignoramos al Señor si carecemos de la fe que nos orienta a la caridad amorosa con los demás. La comunidad se construye interesándose por los demás, porque la fe nos empuja hacia quienes son nuestros hermanos. Si estamos atentos, conocemos que los grandes conocedores-amantes de Dios, comparten “su tesoro” haciendo grupo, comunidad de alegría. Así, san Agustín hace comunidad de amigos, característica de los agustinos; el año 386, después de su conversión, reúne a un grupo de amigos compartiendo sus bienes dedicándose a la oración y al estudio. Allí escribió su “Regla de vida para los hermanos”*. Regla que han seguido las demás reglas, válida hasta hoy.

   Quizá no advirtamos la virtud que acompaña la fe. El Señor concluye; “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”; reflexión de acción de gracias con la más hermosa humildad, que nos engrandece

________________

*(Xavier Picaza, Historia y Doctrina de los Padres de la Iglesia)

_____________________________

            Feliz domingo a todos/as celebremos nuestro amor a quien más nos ama sirviéndole en nuestro amor a los hermanos. Que la Virgen del Magnificat nos haga decir con ella: “derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes.

***