divendres, 16 d’agost de 2013

A TÍTULO PERSONAL, por MIGUEL MIRA MANZANARO



NUESTROS PATRONOS


I. Sant Feliu



  Como cada año, desde hace muchos, subí hasta la ermita de nuestro Patrón para oir Misa.
            Recuerdo que fue el Abad Don Juan Vayá, cuando todavía yo pertenecía a la juventud de Acción Católica, quien en una reunión en que –entre otros- estaba presente D. Rafael Soler (q.e.p.d.) lanzó la idea de promover la Cofradía “dels feliuets”, con tal de conseguir reorganizar la festividad de nuestro patrono, de tan escasa devoción en esta ciudad. La idea no cuajó tal cual, pero sí que se formó una junta, que presidió el propio Sr. Soler, desde la cual se reinició la celebración en la antigua Catedral Visigótica de la fiesta de St. Feliu con celebración de la Eucaristía y un popular desayuno a su terminación.
Desde la ermita de San José se pasaba hasta St. Feliu un pequeño armonio, que funcionaba mediante un fuelle que se accionaba con los pies, gracias a la maestría de la recordada Amparo Granero (q.e.p.d.). El templo se llenaba a rebosar; y el calor ambiente era como para ofrecerlo en sacrificio…
            También recuerdo que durante los primeros años de esa recuperación, se montaba un tenderete junto a la puerta de la casa anexa, donde podías encontrar desde bocadillos hasta limón o café granizados. El Sr. Soler, de su peculio particular, proveía de bocadillos a los residentes en el Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y allí subían a la celebración. La llamada se hacía desde el Bellveret mediante algunos cohetes y, desde la espadaña del templo, muda durante tantos años, mediante el toque de la campana. Luego se rifaba incluso una tarta. El almuerzo en los aledaños reunía a casi todos los asistentes a la Misa; se sacaban las sillas al exterior y el ambiente de cordialidad era envidiable.
La Banda de trompetas y tambores de la Cruz Roja realizaba un pasacalle por la ciudad de buena mañana al tiempo que sonaban los cohetes desde el Bellveret… También hubo que suprimirlo por falta de liquidez.
En aquel momento también nos atrevimos a sacar a San Félix en procesión. No recuerdo muy bien si aquella “aventura” duró tres o cuatro años. La verdad es que los portadores del anda no pasábamos de un turno y, lógicamente, éramos los mismos durante toda la vuelta general. Esta circunstancia y la escasa asistencia de fieles nos desanimaron; y, así, se nos ocurrió que podríamos celebrar esta procesión conjuntamente con la de la Virgen de la Seo. Pensamos que la mayor asistencia el día de la Patrona permitiría que se efectuaran relevos en las andas e intentaríamos consolidar la coparticipación. Al Sr. Abad, a la sazón D. Juan Vayá, no le pareció mal la idea y allá que nos lanzamos; pero la verdad es que nos sentimos y, en general, se nos trató, como un pegote postizo. Los portadores de la Virgen se relevaban como de costumbre e iban sobrados. “Els feliuets” anduvimos como con la cruz a cuestas, pegados a barra durante todo el recorrido. Dos años duró la intentona y el bueno de nuestro patrón volvió a su altar, donde permanece casi en el anonimato. Díganme: ¿Cuántos FELIX o FELIU conocen ustedes en Xàtiva? Los hay; pero podemos contarlos con los dedos de una mano. Así somos los setabenses. ¿De verdad somos así?
            Y pasaron los años; y, poco a poco, como tantas cosas en nuestra ciudad, aun manteniéndose la costumbre de celebrar la Misa mañanera, ha ido decayendo. Y, poco a poco, como caen en picado tantas cosas en nuestra ciudad, así también la celebración de nuestro patrono, fruto de  una apatía que, según algunos, es congénita y que yo me resisto a admitir, porque no entiendo que podamos pasar indiferentes ante aquello que es nuestro, tan nuestro como el patrón de Xàtiva. Indiferencia que es ampliable a la Misa Solemne de la tarde. ¿Falta de motivación? ¿Puede más el signo laicista de los tiempos que el signo de la fe? ¿Todo aquello ya no vale? Habría que reflexionar.
            2.013: Asistencia discreta a la Santa Misa en la ermita; este año hizo menos calor; este año hubo menos calor que el anterior, y que al anterior, y que el anterior, etc. Ya ustedes entienden el juego de palabras. Los educadores “junior” atendieron –como desde ya hace más de un decenio- el mini tenderete con la intendencia. No creo que con las ganancias puedan pagar ni media beca para el campamento: así de exigua fue la venta de “bocatas” y bebidas. Es cierta la incomodidad que supone el no poderse sentar con una mínima comodidad: las sillas fueron sustituidas por bancos que no se pueden sacar al exterior; es cierto que a las nueve de la mañana ya aprieta el calor; y es cierto… que estamos fríos. Muy fríos. Porque tampoco por la tarde, como ya he dicho, se pueden echar las campanas al vuelo al ver la asistencia a la Misa Solemne en la Colegiata…
            Pero San Felix seguirá en su altar, revestido con su roja dalmática y apoyado en el instrumento de su martirio. Y seguirá protegiéndonos a pesar de nosotros mismos, que tal vez nos entretendremos en otros legítimos menesteres antes que recordar el significado de aquella rueda de molino.
            Y esto que ahora digo, se repetirá un poco más abajo: no asistimos ni los de casa. Se echan en falta presencias de significativa relevancia.
II
La Mare de Deu de la Sèu
            La víspera. Rosario solemne a la Virgen. Misterios gloriosos.
Hasta el presente, no me detuve en años anteriores a reseñar en este espacio una crónica al uso; pero 2013 resulta ser un año especial. Ya saben: Año Santo Jubilar. No entraré a comentar este extremo, aunque sea el que motiva la excepción a la regla. La decisión del Sr. Abad de bajar de su camarín la preciada imagen de Nuestra Señora, obra del genio de Mariano Benlliure (quien se pasó un pelín con el betún de Judea, no hay por qué negarlo, pero que nos esculpió una oba maestra) que vino a sustituir a la antigua escultura gótica destruida durante la Guerra del 36 por aquellos salvajes iconoclastas, hacía prever una reacción popular de simpatía y cariño hacia La Mare de Deu de la Seu, como en otras ocasiones fue más que patente. Así fue en el año de la Coronación (1.973) o al final de la Santa Misión en el Año Santo Mariano (1.988).Ciertamente que corren otros tiempos; ciertamente que para agasajar a la Virgen no es necesario escoger imagen; pero les digo la verdad: jamás esperé llevarme decepción tras decepción. Ya en el año 2.000, en aquel peregrinar de la imagen titular parroquia por parroquia, salvo el primer día en su tránsito hasta la de San Pedro y en su visita al Cementerio, el verdadero fervor popular, qué quieren que les diga…, fue más bien escaso y la asistencia poco menos que testimonial. Y la apatía que se viene observando desde hace algunos años –a mi modo de ver- volvió a ser protagonista. ¿Estuvieron ustedes en el Rosario el día 4? Pues a pesar del incentivo de ver de cerca la guapísima imagen morena de la Virgen, la asistencia de fieles no fue mayor que en años anteriores. Había sitio de sobra, siendo así que no hace tantos años tenías que andar listo para poderte sentar aunque fuera en los escalones del altar de Jesús Nazareno. En cuanto a la imagen de la Mare de Deu, no se distinguía bien a pesar de estar encendidas todas las lámparas del altar mayor. Según me indica nuestro vice-presidente, Antonio Verdeguer, del grupo de Alets de la Virgen, se hicieron algunas pruebas sin el resultado apetecible, por lo que hubo de desistirse del empeño.
Se cantaron los misterios gloriosos por el Coro Parroquial. Y, al finalizar, después de la Salve Regina, se interpretaron dos estrofas de los Gozos de la Virgen. Es de agradecer que se recuperen, aunque quizá merecerían de mayor asesoramiento musical en éste como en los demás aspectos atinentes a la intervención coral en las solemnidades. No puedo cantar dos versos seguidos del himno a la Virgen, tal es el nudo que se forma en mi garganta y me emociona aun más escuchar y cantar las estrofas. Desde hace algún tiempo se le encomienda el canto del solo a una buena soprano, que lo es del Còr Polifònic; y aun no pudiéndole hacer demasiados reproches, está clarísimo que su música fue escrita para la voz de un tenor, y se nota la diferencia. De otra parte, no sé por qué se nos tiene que privar de oir la segunda estrofa. Pero, en fin…, lo dejaremos ahí.
A pesar de las circunstancias especiales concurrentes, nada nuevo de qué alegrarnos. Rebus sic estantibus. Las cosas siguen como estaban... pero en declive.
La Fiesta. En la madrugada del día 5 de Agosto, a las seis de la mañana, se oía el antiquísimo tòc del retorn desde el campanario de la Seo. Digo que se oía porque yo viví cerca de la Colegiata durante mi infancia y buena parte de mi juventud y, con el balcón abierto, se tenía el gozo de escuchar el constante rumor del agua de la fuente gótica y el toque de las campanas, ya fueran las de Santa Clara, ya fueran las de la iglesia colegial. Supongo que esa tradición habrá quedado reseñada en los anales de nuestras costumbres, pero ya hace muchos años que a esa temprana hora permanecen silentes aquellas campanas que llamaban a los hijos ausentes de esta Xàtiva histórica, augusta, bella, rica, pero no por eso, en ocasiones, menos extraña.
La Misa. No hablo de la Eucaristía de las ocho de la mañana conocida como  “de las camareras”, siempre muy concurrida. Hablo de la Misa Solemne. Como en el Rosario, más de lo mismo. Poco interés. Asistencia a lo sumo discreta para una tan gran ocasión. Incluso ausencias perceptibles para quienes desde bien jóvenes participamos en estos actos, desde los sacerdotes (a algunos se les echó de menos la víspera…) a las autoridades. De éstas, tan solo asistieron el señor alcalde con su esposa y los dos tenientes de alcalde. Y eso que era una ocasión muy especial...    
A pesar de la cercana presencia de La Moreneta, no hubo ninguna reacción afectiva destacable. Cierto que el altar lucía un magnífico arreglo floral, lo que está muy bien; pero, sin duda, la Virgen agradece más otro tipo de flores.
La procesión. Bastante puntualidad. Asistencia de fieles: más o menos, la acostumbrada. El vendedor de cirios no hizo su Agosto; ya nos molesta hasta llevar una vela encendida en la mano y, así, pocos fuimos portando candelas. Pocas niñas con el vestido de su Primera Comunión. Ni un solo niño. Una buena representación de las comisiones falleras con los tradicionales atuendos valencianos. Las Señoras Camareras “no activas” y los “alets” precedieron la santa imagen; y la Junta, con teja y mantilla, presidiendo, además de la junta de alets, clero y autoridades, éstas precedidas de “la cobla”. Acompañaba la banda de la Sociedad Musical La Nova. Al parecer, los turnos de portadores se cubrieron sin problema, pero no hubo bofetadas por conseguir el ticket. Del orden y de la organización prefiero no hablar.
A la salida de la imagen, esta vez por la puerta principal del templo para iniciar el recorrido de cara al sol poniente (es el protocolo), tímidos aplausos de la escasa gente que allí había. ¿Qué fue de aquel esperado “fervorín”? El amigo Ricardo Ortega, cámara en ristre, se dirigió a mí y, con su vehemencia congénita, mostraba su decepción ante la actitud de la gente: ni un canto, ni un aplauso, ni vítores ni aquella desbordante alegría del año 88. Esa fue, también para mí, una de tantas decepciones. Después, por las calles, durante el trecho entre la Colegiata y la Pl. del Españoleto, gente, sí, pero no más que otras veces. A partir de ahí, algunas casas abiertas –como se acostumbra-, algunas colgaduras –pocas- y expectación sin mayor relevancia, hasta llegar a la plaza de San Jaime, primero, y a la de la Bassa, después, donde se concentraba, si quieren ustedes, el mayor número de espectadores. Allí estaban, cerca del antiguo lavadero, las monjitas del Asilo, alegres sus rostros, viendo la procesión. Calle de San Francisco: gente en algún balcón y contamos como seis o siete personas sentadas a la puerta de las casas. Mayor número de curiosos (perdonen por llamarles así) en la Plaza de San Francisco; pero –otra decepción- ni un alma en la calle de Moncada; salvo un par de familias asomadas al balcón, ni siquiera estuvieron presentes las madres dominicas. Ni una sola casa abierta al paso de la Virgen. Y una anécdota: La procesión discurría lentísima, pero cuando la imagen estaba a la altura de San Francisco comenzó una ligera llovizna; cuatro gotas fueron suficientes para que los portadores apretaran el paso, aligerando la llegada a Santa Clara. Puertas abiertas; gente dentro como se acostumbra; pero ni una representación de la comunidad franciscana… Otra decepción. (Vale: donde he venido diciendo “decepción”, ustedes pónganle el calificativo que mejor les cuadre). Salida de la imagen, recomposición del cortejo y cesación de la llovizna. Siguieron la lentitud y los "cortes" cada dos por tres. Por la Plaza de la Trinidad y la calle del Ángel se discurrió con escasa expectación: un par de casas abiertas, como ocurrió también al pasar por la calle de San Pedro  (excepcionalmente, al estar en obras la calle del Pintor Rusiñol o “del Barranc”). Las monjitas del convento de la Consolación se vieron, así, privadas de la cercanía de la imagen de la Mare de Deu. Plazas de Alejandro VI y Benlloch: la misma tónica, como al final de la calle de San Pedro, ya anochecido. Y a partir de la Plaza de San Pedro, seguimos en diminuendo, tanto en cuanto a acompañantes (incluso solo quedó hasta el final una sola niña “de comunión”) como en cuanto a expectantes. Llegada a la Plaza de la Seo, tras el desvio por Mercat y Matilde Ridocci, con recibimiento de fuegos de artificio –prohibidos, por cierto, en esa plaza- y, quizá por precaución, apenas un alma en ese tramo de la entrada. No obstante ello, es cierto que La Sèu estaba llena y, ahora sí, la explosión de aplausos y vítores a la Señora fue notable. Quiero decir que se notó, no que fuera para nota.
Si solo un tercio de las personas que estaban en la Colegiata hubiera desfilado en la procesión, hubiera sido un exitazo. Pero, claro, es más cómodo esperar sentados. Ya sé que no es obligatorio participar en ese largo deambular por las calles y plazas de la vuelta general; pero, de verdad, ¡cómo somos! Llámenme criticón, pero son tantas las cosas que no me cuadran…
            Día 6. “El Besamano”. El colofón de la fiesta grande, a iniciativa del Sr. Abad, propició que un buen número de fieles pudiera acercarse hasta el pie del altar del crucero, donde se había colocado la imagen de Nuestra Señora. Esa imagen esbelta, de elegancia singular, guapa, con mirada de madre orgullosa de llevar en brazos a Jesús y de mostrarlo ante todos como la mayor obra de amor de nuestro buen padre Dios.        Serio su rostro, pero no adusto. Con sus preciosos labios cerrados, pero insinuando una sonrisa, esperaba nuestro beso de afecto y devoción. Y a fe que no faltaron, ahí sí, setabenses que acudieran a presentarle sus cuitas, sus problemas, a ofrecerle su corazón de hijos y a pedirle la salud, el trabajo, la cohesión en la familia…¡tantas cosas! Y, claro es, a posar un instante junto a la Madre y obtener un recuerdo gráfico. ¿Y por qué no el día anterior?
            Me dicen que durante el día, hasta la hora de la Misa vespertina, hubo un continuo flujo de gente. En la Eucaristía había en La Sèu mucha asistencia, casi llena estuvo la basílica; y, al finalizar, nuevamente se formó la fila de devotos. Yo me fui poco antes de las diez de la noche y todavía quedaban fieles esperando su turno. Buen trabajo de alets y camareras procurando el buen orden del acto.
          Sé que María, nuestra Madre, nos quiere y nos guarda y ruega por nosotros. Pero no sé si estará demasiado contenta con nuestras actitudes; no ya por estas circunstancias más o menos extrañas o inusuales, sino por el día a día. Como bien dijo el Sr. Abad en la Misa del día 6, no es lo propio que hagamos de la Mare de Deu “Reina por un día”. Lógicamente, no podemos entrar en el fuero interno de cada cual, pero lo acaecido debería hacernos reflexionar profundamente, comenzando –claro es- por los de casa, muchos de los cuales brillaron por su ausencia. Por ejemplo: cofradías... o representaciones parroquiales  ¿Dónde estaban? Y un largo etcétera.
            De la Novena, a la que he asistido la mayor parte de los días, me abstengo de comentarios.
            Como siempre, vuestro, MIGUEL MIRA