En el día de la Inmaculada, en tiempo de Adviento, tan cerca ya la
Navidad, pienso que no estaría mal, si me lo pemitís, hablar un poco de Dios.
Entre amigos. Reflexiones en reclusión.
Me place compartir unas notas
nacidas en la obligada intimidad del confinamiento. En la coincidencia de las fiestas de San Vicente Ferrer y
de San Jorge, y meditando sobre un sermón y unos momentos de oración reflexiva,
escribí esto:
1.-
En la hora intermedia.
Un par de minutos antes de las dos
de la tarde, en 13 TV conectan con la Capilla de la Inmaculada de la Catedral
de Toledo, donde aparece expuesto sobre el altar en un sencillo ostensorio, el
Santísimo Sacramento, y una voz en of reza una parte de la hora sexta o
intermedia. A veces, comienza con una oración; a veces, con un himno. Sigue con
parte de la salmodia que corresponde al día y con unos párrafos de una
epístola, y acaba con otra oración. Siete u ocho minutos. Pues bien, hoy ha comenzado con un himno
del que solo he podido memorizar los versos finales:
”Que el hombre no te obligue, Señor, a
arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la
tierra”.
Y esa súplica me ha dejado pensativo; me ha recordado de
algún modo la última parte del sermón que el lunes, fiesta de San Vicente
Ferrer, pronunció en la Catedral
Metropolitana el Padre dominico D. Vicente Grau.
Francamente,
sin ser catastrofista, me pregunté si es que, como algunos piensan, el buen
Dios se estará hartando de tanto desprecio, como en tiempos del profeta Isaías,
y llegará a arrepentirse de habernos creado con tal grado de libertad que nos
hemos vuelto tan arrogantes como para permitirnos cometer tantos desvaríos,
tantos excesos, tantas tropelías… en aras a nuestra autosuficiencia, a nuestro
egoísmo insaciable, ensoberbecidos por lo listos y autosuficientes que somos.
¿Aquí qué pinta Dios? Somos los amos y estamos exprimiendo la creación de tal
modo que, al final, su quejumbrosa explosión ha llegado al tope y el verdadero
dueño de todo cuanto ha sido creado ha venido en permitir que se hayan desbordado nuestras débiles
capacidades y nos estamos viendo enredados en nuestra propia red de vanidad y
soberbia prepotente. Y juro que he llegado a sentir miedo. No porque Dios nos haya
abandonado a nuestro albur, que eso de antes ha sido una simple propuesta
discursiva, sino porque ni siquiera los más sabios epidemiólogos del mundo han
sido, pese a sus privilegiadas mentes sorprendidos por la naturaleza. ¡Hasta
dónde estará de tanta insensatez! Y, además, ha dejado al descubierto, como un
sarpullido, la inutilidad de doctrinas e ideologías, mero fruto de la pandemia
del orgullo incontrolado, de la irresponsabilidad, de la autocomplacencia y chulería de los presuntos
dueños de la verdad. Y ante este
espectacular fracaso, comprendo que no surja en ninguna parte un San Vicente
que llene de aceite una lámpara extinta y prenda la llama de la salud, como
hizo en Agullent, o que no alcancemos a ver cómo el lirio de la Virgen de la
Seo se inclina en la capilla del setabense convento de Santa Clara en 1.600.
Cierto que aquellas pestes
medievales fueron muy virulentas tal vez por las carencias de la época, como,
v.g., la deficiencia en la higiene o el
atraso en la ciencia, y hoy las causas son bien otras, visto que la higiene
rebosa por todos nuestros poros y no hablemos de los extraordinarios avances de la medicina.
Me parece que somos víctimas de
nosotros mismos, y me parece también que
sólo será la naturaleza, por la voluntad y misericordia de Dios, que nos mira
triste (si es que a Él se le puede atribuir un gesto de pesadumbre), la que nos
saque del atolladero, porque si esperamos que nos liberemos de estas cadenas nosotros
mismos, con nuestro narcisismo, estamos listos. Y no hablemos de las personas
que han muerto por el simple hecho de no merecer un respirador... Es tremendo,
escalofriante. Y me inquieta.
Roguemos a Dios para que, como le
prometió a Abraham en Sodoma, mire a la humanidad y aunque solo encuentre una
sola de sus creatura que permanezca
íntegramente fiel a su creador,
no se arrepienta de su obra y la destruya; o como en Egipto, haga pasar de
largo al ángel exterminador. Ten en cuenta, Señor, que nuestros dinteles están
protegidos por tu propia sangre. E ilumina a esos médicos e investigadores
sacrificados y maltratados por las circunstancias y por la impaciencia de
muchos, para que consigan pronto los remedios curativos y preventivos que
permitan rehacer este desbarajuste incomprensible que ya sobrepasa todas las expectativas.
Hoy, ocho de Diciembre, día de la
Inmaculada, parece que ese deseo está a punto de ser realidad. O, al menos, así
queremos creerlo.
En todo caso, ¡Mare de Deu, misericordia! Escucha
nuestro clamor, por lo que más quieras.
2.-
La religiosa y el iceberg.

En esa hora sexta o intermedia, ayer 24 de Abril, la meditación corrió a cargo de una religiosa.
Me pareció una monjita enérgica, competente. Me ha llamado la atención,
primero, que era una mujer guapa y joven; segundo, el hábito azul Inmaculada
con que vestía. Pude leer su nombre en la nota sobreimpresionada: Hermana
Verónica; tercero, el nombre de su orden: “Iesu Communio” de la que es
Superiora. Su perfecta vocalización y lo trascendente de su mensaje me
cautivaron. Aunque me tachéis de presuntuoso, la verdad es que la meditación
siguió una línea similar a la de mis reflexiones del punto anterior, solo que
sin epítetos. Estos han sido sustituidos por una sola palabra: prepotencia. El final de su
reflexión, sin duda, fue mucho mejor que el mío. Cum laude. Ha comparado la
vírica situación actual con el
hundimiento del Titánic. Sí, ese, el buque tan perfecto que sus constructores
afirmaron que “no le hundiría ni Dios...”, pero, a su pesar, apareció el
iceberg, y ocurrió lo que ya sabemos y que la monjita ha descrito crudamente,
con énfasis en la descripción de los errores humanos cometidos…
Nuestro “virus coronado” viene a ser, según ella, como el
iceberg que ha golpeado y agrietado nuestra embarcación, y estamos luchando
denodadamente para librarnos del
gigantesco y monstruoso témpano. Pero
resulta que la pandemia tan solo es la parte emergente del iceberg, que
representa una octava parte de su volumen; las otras siete permanecen
sumergidas y estamos tratando de destruir esa parte meramente visible. Con los
medios con que contamos es lo máximo que podemos hacer ¿Y qué pasa con el
resto? ¿Cómo destruirlo? Sólo hay un modo de derretir el hielo: es necesaria
una potente y efectiva fuente de calor de la que el hombre parece haberse
olvidado, el Amor: Dios. Cristo Resucitado.
**
Al principio he nombrado al Padre Grau. Y ¿qué es lo que éste
dijo en su sermón ante el Cardenal Cañizares y el cabildo catedralicio, con el
brazo levantado y el índice de su mano derecha apuntando al cielo? Después de relatar las
múltiples intervenciones de San Vicente ante circunstancias similares a la
actual, se preguntó qué haría nuestro santo patrón en este momento histórico, y afirmó sin dudarlo,
con rotundidad: lo mismo que hacía entonces, es decir, llamar a la conversión y
al santo temor de Dios.
Está claro:
Dios, así pues, ¡No es prescindible!
Comentario final:
Cuando se escribieron estas
notas, no podíamos ni soñar en algún remedio contra este desastre. Hoy, gracias
a Dios, vemos como por un resquicio, una temblorosa llama que quiere alumbrar la
esperanza de la humanidad. Sabéis que me refiero a esa carrera por ver quién vende y quién
compra primero su vacuna… Y me ha parecido oir que se avanza en la obtención de
un medicamento eficaz para tratar la enfermedad… Confiemos
en ello, Dios mediante.
Vuestro, Miguel Mira