dimecres, 12 de setembre de 2018

PENSAMIENTOS, por MIGUEL J. MIRA

            Casi de forma habitual, acostumbro a oir la Santa Misa en “La 2”. El pasado domingo, el celebrante aprovechó en su homilía un relato de Rabindranath Tagore, tomado de su libro “Ofrenda Lírica”, relato que en mis tiempos de actividad impartiendo con mi esposa Cursillos Prematrimoniales, incluíamos en el tema sobre espiritualidad conyugal, para resaltar la importancia de corresponder a la total entrega del buen Dios cabe nosotros, en justa reciprocidad, con nuestra propia entrega.
            El relato es éste.
      
         Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto, tú me tendiste tu diestra diciéndome: «¿Puedes darme alguna cosa?». ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dárteme todo!

  
       Otro relato sobre un ejemplo relativo a la actitud propia del amor fraterno, de la virtud de la caridad con mayúsculas, que también solíamos introducir en el tema, lo tomé del libro “El valor divino de lo humano”, de Jesús Urteaga, inserto en el Capítulo VI, también significativo a la hora de adoptar decisiones de cara al servicio a los demás. Es éste: 

   
“Me lo contaron los hombres”

       «Allá en la montaña —me gritan— vive un hombre de Dios. Le hemos visto rezar en la noche y fatigarse durante el día. Ve allí, a la montaña. Si mañana estás aquí, verás a las doce lucir una estrella». Ese hombre de Dios —me enteré después— baja muy de mañana al pueblo que se encuentra al pie de la montaña. Trabaja con ilusión, sin olvidar a su Dios. Al terminar su labor comienza la ascensión pina y dura, con su borrico de carga; cuando más fuertemente pega el sol, se encuentra todos los días junto a la fuente clara de la montaña. Su boca pastosa se aliviaría con el agua, pero  puede siempre más su amor, y siempre, cada día, ofrece ese pequeño dolor, se lo ofrece a su Padre-Dios. El cielo, en recompensa, con la luz del mediodía, dibuja entre las nubes una estrella. Así todos los días. Han pasado unos meses, y un pequeñuelo se ha acercado a contemplar la vida de aquel pobre anciano. Un muchacho sin años, que pide aventuras, le quiere imitar. Pero el anciano le disuade: «No podrás, pequeño, sufrir esta vida». Pero él insistió tanto, que trataron de poner su tesón a prueba un solo día. Rezaron de noche a su Dios. Y muy de madrugada bajaron con leña en el  borriquillo al trabajo duro del amanecer. Los dos trabajaron, el viejo y el niño. Terminaron la labor, y de nuevo, tirando del jumento, iniciaron la subida. El  pequeño jadea, se cansa y sonríe. ¿No podrá más? Las piedras, sujetas en falso, le hacen perder el equilibrio, y rueda alguna vez con pequeños gritos. Se levanta, sacude su alforja y sigue adelante. Ahora se le van los ojos hacia la fuente. Será un buen descanso. El muchacho mira al agua y mira al viejo.  —Si el viejo no bebe, ¿podré beber yo? Y en el viejo, otra duda:  —¿Me mortificaré, Señor? ¡No beberá el niño si no bebo yo! Indecisión. ¿Mortificación o caridad? Una de las dos ha de postergarse en aquel momento. Y pudo más la caridad.  —Beberé para que él se atreva a beber. Y el viejo se acercó a la fuente y bebió de ella. . Al muchacho se le escapó un grito de alegría y se volcó en las aguas. Los dos ahora descansan. Pero el buen viejo reflexiona:  —¿Me sonreirá hoy también el cielo con su  estrella? Y, con temor, levantó  lentamente  sus ojos a las nubes. En el cielo, aquel día, lucieron dos estrellas...
         Tal vez nos parezcan hermosos estos relatos; sería interesante que no se quedaran en la anécdota de lo bello; tal vez hemos leído u oído reiteradamente refelciones sobre esas virtudes evangélicas…
         No deberíamos quedarnos en la mera contemplación de lo hermoso… ¿No os parece?